Sobre ciencia y filosofía…

Las ciencias son las ventanas a través de las cuales, la filosofía ve el mundo.

– Will Durant

No existe ciencia libre de filosofía. Lo que existe es sólo ciencia cuyo equipaje filosófico se sube a bordo sin examinar.

-Daniel Dennett

En algún momento de nuestras vidas, los seres humanos por lo general sentimos la necesidad de explicarnos tanto la existencia del universo como nuestro lugar dentro de él. Aparentemente hay una necesidad enraizada muy profundamente en nuestra particular psique de Homo sapiens de tener algo, lo que sea, que nos ayude a relacionar nuestras experiencias con el mundo de una manera que tenga un significado importante. Preguntas muy difíciles como “¿Por qué existe el universo?”, “¿Por qué estoy aquí?”, “¿Qué es la vida?”, “¿De qué se trata?” surgen de repente para intrigarnos. Nos impulsan a formarnos una ideología personal sobre lo que explica todas estas preguntas. A esta “ideología” se le ha dado el nombre, no de mi agrado, de “cosmovisión”. Suena como uno de esos latiguillos de marketing que se ponen de moda y de repente todos usan a la ligera, pero debo de admitir que es bastante práctico. Prefiero el alemán weltanschauung, pero resulta imposible dejar caer el término casualmente en una conversación sin parecer pedante.

Mi búsqueda personal me llevó a la conclusión de que una cosmovisión racional debe de ser coherente, lógicamente consistente y fiel a nuestras experiencias. Esto solo se puede lograr si no contradice ese vasto cuerpo de conocimiento sobre el universo que hemos ido acumulando a través de largos años de investigación científica. De hecho, para que una cosmovisión sea coherente y consistente con la realidad, necesita incorporar el conocimiento científico. De lo contrario, se queda corta. Einstein hizo muy famosa una frase, de esas tantas que dijo sin mucha precaución: “La ciencia sin la religión es aburrida, la religión sin la ciencia está ciega”. Digo sin mucha precaución, pues es una de muchas frases que escribió que dieron lugar a que se creara una confusión innecesaria sobre su propia cosmovisión, y a que hasta la fecha, muchos grupos lo sigan tratando de incluir en su bando ideológico. No es mi deseo apropiarme de la frase anterior, pero con algunos ajustes ilustra perfectamente mi convicción personal sobre el mejor método a utilizar para construir una cosmovisión sólida: “La ciencia sin la filosofía es aburrida, la filosofía sin la ciencia está ciega”.

Como dije anteriormente, mi búsqueda personal por la respuesta a las preguntas difíciles, me llevó a darme cuenta de esta realidad. La filosofía es una excelente herramienta, no solo para hacer preguntas sino para hacer las preguntas que importan. Pero cuando llega la hora de contestar dichas preguntas, como herramienta, la filosofía se queda corta. Para esto, la herramienta más adecuada es la ciencia, aunque luego de agregar un nuevo dato a nuestro conocimiento, la mejor herramienta para encontrar qué significa para nuestras vidas, es nuevamente la filosofía. Esto no fue obvio siempre, fue sólo con el paso de los años que nos dimos cuenta de que no todo lo podemos conocer en base a la razón pura, necesitamos otros métodos. Una de las grandes preguntas “¿de qué estamos hechos?” perduró durante unos cuantos milenios. Mientras que unos decían agua, otros decían fuego; otros decían aire, otros tierra; y algunos, más diplomáticos, pensaron que probablemente era una mezcla de los cuatro. Hubo alguien mucho más audaz, Demócrito, que razonó que en realidad estábamos compuestos por pequeñísimas partículas indivisibles a las que llamó “átomos”. Al final, la ciencia le dio la razón a Demócrito, pero para que esto sucediera tuvieron que pasar casi 2.000 años con sus respectivos avances tecnológicos. Nadie lo comprobó lógicamente, no fue un thought experiment, fue gracias a una forma diferente de indagar en la naturaleza: la ciencia.

Muchas veces se ha dicho que la humanidad ha recibido varias humillaciones a través de la ciencia, siendo dos las más notables. La primera es el golpe a nuestro ego que atestó Copérnico cuando nos sacó del lugar especial que ocupábamos en el centro del universo como la crème de la crème de la existencia. La segunda es la sufrida a manos de Darwin, cuando nuevamente nos sacó del nuevo nicho especial en el que la humanidad se auto-ubicó, al dar comienzo a la serie de descubrimientos que nos puso en tan solo una pequeña hoja de una pequeña rama del gran árbol de la historia de la vida. Aunque entiendo cómo muchas personas viviendo en las épocas respectivas en las que se dieron estos hallazgos pudieran haber interpretado las cosas como un insulto o una humillación a la dignidad humana, es mi opinión que Copérnico y Darwin únicamente nos bajaron de la nube en la que estábamos flotando para regresarnos a la realidad, y enseñarnos el camino correcto.  Aunque como brillantemente dijo alguna vez Einstein: “Existen sólo dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana.  Y no estoy seguro que así sea el universo”.  Es tal la terquedad del ser humano en ser especial, que muchos aún hacen caso omiso de lo que Copérnico y Darwin contribuyeron

Hace poco, me topé con un excelente artículo, escrito por Paul Graham, llamado How To Do Philosophy. Dentro de sus experiencias personales como estudiante de filosofía, cuenta sobre su experiencia con George Berkeley y su monismo:

The summer before senior year I took some college classes. I learned a lot in the calculus class, but I didn’t learn much in Philosophy 101. And yet my plan to study philosophy remained intact. It was my fault I hadn’t learned anything. I hadn’t read the books we were assigned carefully enough. I’d give Berkeley’s Principles of Human Knowledge another shot in college. Anything so admired and so difficult to read must have something in it, if one could only figure out what […] Twenty-six years later, I still don’t understand Berkeley. I have a nice edition of his collected works. Will I ever read it? Seems unlikely […] The difference between then and now is that now I understand why Berkeley is probably not worth trying to understand. I think I see now what went wrong with philosophy, and how we might fix it.

Este año tuve una experiencia muy similar a la de Graham, cuando me topé con un filósofo francés muy laureado en su época, incluso ganador del Premio Nobel de Literatura, llamado Henri Bergson y su obra La evolución creadora. Veo en Bergson casi exactamente lo mismo que Graham ve en Berkeley. Veo cómo la filosofía, al ignorar a la ciencia, al seguir manteniendo su ilusión de que posee sus propias verdades independientes, se convierte en pura literatura.  Veo cómo perdió el rumbo al creer que mientras más abstracto e incomprensible parece un concepto, más valor tiene y más digno de alabanzas es. Sería un poco menos drástico con Bergson, como sería con los antiguos griegos, si Bergson no tuviera todas las ventajas que ellos no tuvieron. Si Bergson no hubiese distorsionado totalmente tanto a la ciencia como a la filosofía. Si no hubiese querido pretender que la ciencia necesitaba de su mano salvadora para enderezar el camino.

En contraposición a Bergson, estuvo más de 40 años que él, Charles Darwin. Ambos tenían la misma pregunta: ¿Por qué existe tanta diversidad de seres vivos? Pero tomaron caminos muy diferentes. Lo primero que es digno de resaltar sobre El origen de las especies de Darwin, es que es una excelente muestra de lo inútil que resulta muchas veces el tratar de dibujar una línea clara entre la ciencia y la filosofía. Si bien es cierto que hay ciertas diferencias, sobre todo metodológicas entre una y otra, el establecer claramente en dónde termina una y dónde empieza la otra, es simplemente irrelevante. Claramente El origen es un libro científico sobre biología pero debido al tema que trata, las preguntas que responde, y las cosas que implica, muy pocos libros científicos han tenido tal impacto filosófico. La tesis de Darwin es muy inquietante, porque implica una concepción completamente diferente, enteramente naturalista sobre nosotros y sobre nuestros orígenes. Algunos filósofos ya la incorporan a sus respectivas cosmovisiones sin ningún problema, pero existen aún en la actualidad muchísimos otros tratando de realizar el difícil acto de malabarismo de rechazarla sin aparentar ser ignorantes ni prejuiciosos. Otros tantos, no se toman tantas molestias.

En El origen, Darwin construye un caso firme de una forma meticulosa y respaldado por una gran cantidad de evidencia muy reveladora.  Darwin no fue el primero en plantear la idea de la evolución, e incluso nos cuenta un poco sobre la historia de la idea en la introducción del libro. Pero sí fue el primero en acumular tanta evidencia tanto a favor de la teoría evolutiva como de su propia explicación de la selección natural y en confrontar con candidez las muchas dificultades que presentaba. En el capítulo seis, llamado Dificultades de la teoría, Darwin nos explica con lujo de detalles todas las cosas que pudieran invalidar su tesis, apelando a que futuras generaciones de científicos tomaran inspiración de su trabajo para contestar todo lo que él no pudo. Bergson, al ser un hombre que quiso meterse en temas científicos, pudo haber hecho esto, pero se aferró a su concepción vitalista y el resultado es un trabajo pseudo-científico y metafísico sin trascendencia.

No quiere decir esto, por supuesto, que estaríamos mejor si Bergson nunca hubiera escrito La evolución creadora. Dentro de la invalidez de dicho trabajo hay cosas que podemos rescatar, como podemos hacer incluso con Berkeley. Una de ellas, y talvez la principal es el argumento que he defendido a lo largo de este texto: que la filosofía no puede seguir peleada con la ciencia.  Poco a poco, las preguntas que van quedando, incluso las que sólo hace un par de décadas se seguían considerando enteramente filosóficas, han empezado a ser aclaradas poco a poco por la ciencia. Esto es ampliamente evidente en la filosofía moral y la filosofía de la mente, las que gracias a los avances en las ciencias cognitivas, en especial la neurociencia, están empezando a andar por el camino correcto. Cada vez se hace más difícil defender al dualismo y cada vez se hace más evidente que mente y cerebro son la misma cosa. Cómo ya ha sucedido en el pasado, con las grandes revoluciones o paradigm shifts, como se les llama en inglés, habrán muchos filósofos que se queden aferrados a sus posturas y las defenderán a capa y espada. Los que avanzarán, serán los que no vean motivo alguno para distanciar de tal manera a la ciencia.  Estos son, en mi opinión, tiempos muy decisivos para la filosofía.

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

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