La feliz desesperanza

Hace unas semanas, un amigo y compañero de clases me habló acerca de un libro que acababa de leer llamado La feliz desesperanza, de un filósofo francés de nombre André Comte-Sponville. Me comentó que le había parecido excelente y que estaba seguro de que yo también lo iba a disfrutar mucho. Unos días después me lo prestó y ahora que acabo de terminar de leerlo, puedo decir que tenía toda la razón. Es un libro extremadamente pequeño – consta de apenas 105 páginas de fuente grande – pero como bien dice la cita de Francisco de Quevedo que se encuentra en la contraportada: “Hay libros cortos que, para entenderlos como se merecen, se necesita una vida muy larga”. Aunque debo de aclarar que más que un “libro”, La feliz desesperanza es realmente una transcripción de una entrevista que se le hizo a Comte-Sponville el 21 de septiembre de 1992 y que salió al aire en la Radio Televisión belga el 11 de febrero de 1993. Me alegro que a alguien se le haya ocurrido hacer esta transcripción y publicarla en forma de libro, porque de lo contrario, dudo mucho que hubiera tenido acceso a esta amena discusión intelectual.

¿Por qué digo que este pequeño libro es tan bueno? De seguro no es porque esté totalmente de acuerdo con todo lo que Comte-Sponville dice o porque su pensamiento sea completamente nuevo para mí, sino porque creo que toca muchos aspectos positivos sobre el ateísmo que se deben de enfatizar más en la actualidad en conjunto con las razones por las cuáles las religiones son falsas y las críticas hacia sus dogmas. Uno de ellos, es el monopolio que las religiones creen tener sobre la “espiritualidad”, o esa creencia en que la única forma de darle un sentido o una importancia a la vida humana es a través de un ser que se la inyecta desde afuera. Comte-Sponville lo dice de la siguiente manera:

Para nosotros, lo esencial es nuestra capacidad de pensar, de pensamiento libre, lo que llamo el ‘juicio’; y nuestra capacidad de amar, de actuar, lo que llamo el ‘espíritu’. En el siglo pasado, Nietzsche constataba la muerte de Dios. Hoy en día el verdadero problema es el siguiente: ¿acaso, habiendo muerto Dios (o no consiguiendo nosotros creer en él), tenemos todavía razones para vivir? ¿O bien, al vaciarse las iglesias, ya sólo sabemos llenar la mañana del domingo acudiendo al supermercado? Usted habría podido constatar como yo que, cuando éramos jóvenes, la gente conversaba al salir de misa el domingo por la mañana; ahora, en cambio, va cada vez menos a misa y prácticamente sólo conversa, si es que todavía lo hace, cuando guarda cola ante la caja de los supermercados…Pues bien, permita que el ateo que soy le diga que una cosa no sustituye a la otra, ¡que los supermercados no sustituyen a las iglesias! Nada más lejos de mi intención que enviar a todo el mundo a misa…Pero ¿acaso la muerte de Dios implica fatalmente la muerte del espíritu? O bien ¿podemos encontrar, fuera de la realidad, una manera de asumir esta dimensión espiritual del hombre, sin la cual la humanidad ya no tiene ni valor, ni importancia, ni dignidad?

La respuesta de Comte-Sponville es que la religión, por mucho que diga que posee la solución al problema de la falta de sentido o de valor de la vida humana, no la tiene porque asigna valor a las cosas equivocadas. Realmente valora a la muerte, cuando lo que realmente merece ser valorado y apreciado es la vida. Asigna valor a lo que según sus creencias sucede después de la muerte y de esta manera denigra a la única vida que podemos decir con toda certeza que tenemos. Esto lo detecta desde el pensamiento de Platón, quien influyó enormemente en la filosofía del cristianismo y lo contrasta con la forma de ver el mundo de Michel de Montaigne:

Cuando Platón dice que filosofar es aprender a morir quiere decir que la vida no tiene importancia, que sólo cuenta la muerte, que sólo la muerte tiene valor. Para Montaigne es lo contrario; es la vida lo que tiene valor. La muerte sólo tiene importancia por lo que da a la vida -precisamente porque está condenada a la finitud-, por su urgencia, su rareza, su precio. Ya sabe lo que dijo André Gide, un gran lector y un gran admirador de Montaigne, mucho más tarde: ‘Una idea de la muerte no suficientemente constante no ha dado un precio suficiente al más pequeño instante de tu vida’. Mi vida, como cualquier vida, me parece algo tan preciado precisamente porque sé que voy a morir. Montaigne nos enseña a habitar la perspectiva de la muerte, a habitar la finitud de la vida. Pero ¡no para encerrarnos en la angustia! ¡Al contrario! Para aprovechar la vida tal cual es. Sencillamente, Montaigne dice poco más o menos: ‘Si amas la vida, o si dices amar la vida, y no aceptas la muerte, no amas la vida tal cual es, porque la vida incluye la muerte’. Dicho de otra manera, para Montaigne, filosofar es aprender a morir, porque filosofar es aprender a vivir. La muerte forma parte de la vida. De ahí esta despreocupación, esta indolencia. Me gusta esta bella palabra: ‘Y que la muerte me encuentre plantando mis coles, pero despreocupado de ella y todavía más de mi jardín imperfecto…’ No hay que encerrarse en la angustia ni pensar permanentemente en la muerte con temor y estremecimiento; hay que aceptarla serenamente y disfrutar de la vida tal cual es, tal como transcurre, con su imperfección, con nuestras imperfecciones y con su finitud. Esta frase de Montaigne, que he elegido entre muchas otras posibles, es una lección de sabiduría.

Una lección de sabiduría que no se encuentra en el cristianismo ni en niguna de las religiones monoteístas. Es aquí en donde Comte-Sponville propone que la mejor forma de enfrentar la vida es la “feliz desesperanza”, que él describe como rechazar las “esperanzas” en otras vidas que ofrecen las religiones y preferir la vida tal cual es, con sus dificultades y sus horrores, pero también con todo lo bueno que esta tiene para ofrecernos. No es “el colmo de la tristeza”, sino que es todo lo contrario, es aceptar la realidad, la vida, a las personas tal y como son y aceptarnos a nosotros mismos tal y como somos. No quiero entrar en más detalles sobre esto, pues es aquí en donde se concentra la mayor parte de la riqueza de este pequeño libro, y no quiero arruinarle la sorpresa a quienes no lo han leído.

El ateísmo es algo que es muy malentendido por quienes no comparten la duda sobre la existencia de Dios y creo que libros como La feliz desesperanza logran capturar y transmitir muchos de sus atributos positivos que, en palabras de Nietzsche, reafirman la vida. Creo que gran parte de lo que dice Comte-Sponville es lo que sentimos la mayoría de los ateos y por lo tanto no es algo que nos tome por sorpresa, pero creo que en La feliz desesperanza está muy bien transmitido. Aparte, quienes saben algo de filosofía, detectarán un agradable aroma a Nietzsche en algunas partes y eso no puede ser malo.

Esa elección de la desesperación que he hecho, la llamo “la feliz desesperanza”. Se trata de dejar de esperar vivir, tomando de nuevo la expresión de Pascal, y de vivir efectivamente. Se trata de preferir la vida tal cual es antes que esperar otra: sea otra vida después de la muerte, sea otra vida en este mundo.

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

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