La fe fallida de Raúl de la Horra

El día de ayer, Raúl de la Horra publicó en elPeriódico, una columna titulada La fe fallida, en la que relata muy brevemente cómo llegó a dejar de creer en un dios personal y benevolente. Como casi todo lo que de la Horra escribe, es digna de leer aún si se está en desacuerdo. En lo personal, me identifico bastante con su relato, pues fueron cosas como estas las que sembraron las primeras dudas sobre la historia que me vendieron cuando era niño (aparte de oir a los 9 o 10 años al pastor de la iglesia a la que me llevaban decir que los dinosaurios son trampas del demonio para confundir a los fieles). Al ver tanto sufrimiento en el mundo y de que el argumento de que “el hombre mismo se lo causa al no utilizar bien el ‘libre albedrío’ que Dios le da”, simplemente no funcionaba por la sencilla razón de que los desastres naturales no los causa “el hombre”, llegué a la conclusión de que ese dios omnipotente, omnisciente y benevolente que actúa como un “padre celestial” no puede existir. No fueron tiempos fáciles, pues mi familia es bastante religiosa. Más adelante, me topé con una frase que resumía con claridad lo que yo tenía en mi cabeza y como bien dice de la Horra, me hizo sentir “libre y ligero como las gaviotas”. Se le atribuye al filósofo griego Epicuro, quien vivió hace más de dos mil años:

¿Dios está dispuesto a prevenir la maldad pero no puede? Entonces no es omnipotente. ¿No está dispuesto a prevenir la maldad, aunque podría hacerlo? Entonces es perverso. ¿Está dispuesto a prevenirla y además puede hacerlo? Si es así, ¿por qué hay maldad en el mundo? ¿No será que no está dispuesto a prevenirla ni tampoco puede hacerlo? Entonces, ¿para qué lo llamamos Dios?

Desde entonces, no he vuelto a mirar para atrás.

De la Horra escribe:

Dos fueron las ocasiones en las que me hinqué a solas en mi cuarto, lloré y recé hasta el amanecer. La primera, cuando los periódicos anunciaron que el prodigioso cantor español de los años 60, el famoso Joselito, iba a ser operado y perdería la voz. Y la segunda, cuando el Papa Juan XXIII yacía agonizante en su lecho de muerte. En ambos casos, mis oraciones y súplicas infantiles no sirvieron de nada.

Entonces estudiaba yo en un colegio católico y, de acuerdo a lo que nos inculcaban los  curas, me sentía tocado por la gracia divina, convencido de que mi tarea en esta vida era la de llevar el fuego de la fe hasta las escarpadas colinas del ateísmo, haciendo además sacrificios diversos para que la Virgen intercediera el día de mañana por la salvación de mi débil y pecadora alma.

Fueron años marcados más por el temor, que por el amor a Dios. A la larga, quedaron algunos valores esenciales, tales como la necesidad de ser honesto e íntegro en las relaciones, el respeto hacia las personas sin importar su origen social, el repudio a las grandes desigualdades, y el espíritu de compasión y de diálogo. Creo que si todas las religiones del mundo se limitaran a promover estos principios, quizás las cosas marcharían mejor.

Sin embargo, mi encontronazo con la realidad y el abandono definitivo de la idea absurda de un dios-persona surgió cuando, haciendo mis prácticas de psicólogo en el Hospital General, traté a una niña de siete años que acababa de perder a sus padres, hermanos y tíos en un accidente. No tenía a nadie, estaba sola en el mundo. ¿Y Dios en todo esto? Me arrodillé e imploré. Silencio. Entonces tuve una revelación maravillosa: que un ser tan cruel y abominable, no podía existir. Por eso, desde entonces, me siento libre y ligero como las gaviotas.

Como suele suceder cada vez que alguien profesa su ateísmo en algún medio escrito en Guatemala, dicen mucho más los comentarios que el artículo mismo. ¿Será que artículos como los de. Dr. de la Horra o páginas como esta son simplemente inútiles en países como Guatemala?

Espero que no, pero con mentes como esta el futuro del país no se ve bien…

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

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