¿Por qué creemos en dios(es)?

Desde hace algunas décadas que el tema de la religión está siendo estudiado desde el punto de vista científico. Desde la revolución cognitiva de los años 50 y con el boom de las neurociencias desde la década de los 70, se ha podido investigar y explicar con bastante éxito a partir de las ciencias cognitivas y evolutivas. Como resultado, muchas de las preguntas que hemos tenido a lo largo de nuestra existencia como especie con respecto a la religión han dejado de ser un misterio. Un estudio interdisciplnario entre áreas tan diversas como la psicología cognitiva, la neurociencia, la antropología, la neurobiología, la psicología evolutiva, la zoología, la etología y la inteligencia artificial – entre otros – han comenzado a responder preguntas como “¿Por qué existe la religión?”, “¿Por qué algunos creen en un ‘poder superior’?” o “¿Cómo se originaron las creencias religiosas?”.

Desde hace varios años que existe una extensa literatura sobre el tema. Libros como Religion Explained: The Evolutionary Origins of Religious Thought de Pascal Boyer, In Gods We Trust: The Evolutionary Landscape of Religion de Scott Atran, Breaking The Spell: Religion as a Natural Phenomenon de Daniel Dennett y The God Part of the Brain: A Scientific Interpretation of Human Spirituality and God de Matthew Alper, son ya considerados como “clásicos” del género. Incluso Sigmund Freud escribió al respecto en su corta obra The Future of an Illusion.

Este año, el psiquiatra Andy Thompson y su colega Clare Aukofer publicaron un corto y conciso libro  (144 páginas) que funciona como una introducción al campo del estudio científico de la religión: Why We Believe in God(s): A Concise Guide to the Science of Faith. Su objetivo es resumir brevemente el trabajo de gente como Boyer y Atran, y explicar de forma clara y sencilla la ciencia que apoya lo que conocemos sobre los orígenes de la religión para que sirva como una introducción al campo para personas que deseen saber un poco más del tema.

Como hemos podido aprender, la religión puede explicarse a partir de lo que conocemos sobre el cerebro y las sociedades humanas. A lo largo de nuestra historia evolutiva, nuestra especie adquirió ciertos mecanismos que nos ayudaron a desarrollarnos y a sobrevivir. La religión, según Thomson y Aukofer (y otros como Boyer antes que ellos), hace uso de estos mecanismos programados en nuestro cerebro por la selección natural para otros propósitos. Somos muy buenos para detectar patrones, por ejemplo, o para reconocer agentes causales en la naturaleza. Esto nos ha funcionado muy bien para detectar peligros a nuestro alrededor y tomar las precauciones necesarias. A veces, esto no funciona como debiera, y tendemos a ver patrones o a reconocer agentes en donde no existe ninguno. Confundimos, muchas veces, a la sombra de las ramas del árbol del patio con la sombra de un ladrón pasando frente a la ventana, por ejemplo. Nunca confundimos, sin embargo, a un ladrón con un árbol. Es obvio como este mecanismo, llamado Hyperactive agency detection (Detección hiperactiva de agentes), fue conservado por la selección natural por ser de enorme ayuda para mantenernos alerta de peligros latentes a nuestro alrededor. Sin embargo, es fácil ver como esto puede resultar en explicaciones antropomórficas de las cosas.  Nos explica Thomson (p.64):

Este mecanismo contribuye a las creencias religiosas porque permite, e incluso favorece, la inferencia de agentes invisibles, casi siempre humanos o antropomórficos. Una vez la mente hace la conexión, es un pequeño paso a la creencia en un fantasma o un espíritu, incluso uno omnipotente.

Thomson y Aukofer también explican cómo muchos de los elementos característicos de las primeras religiones, como el canto, la danza y el “trance”, activan la química cerebral perfecta para que florezcan las creencias religiosas y las “conexiones” con lo “trascendente”. En la actualidad, muchas religiones conservan aún algunos de estos elementos. Los evangélicos, por ejemplo, dedican largas partes de sus servicios a estas tres actividades. “De alguna manera, sin ningún conocimiento de neuroquímica, nuestros ancestros se toparon con combinaciones de actividades que pueden estimular y disparar los niveles de serotonina, dopamina, epinefrina, norepinefrina, oxitocina y endorfinas, creando actividades cerebrales únicas a esas combinaciones. Y esa es la clave para entender la presencia perdurable de los rituales en las culturas porque, literalmente, no existe nada como ellos.” (p.87).

Estos y otros hechos sobre nuestro cerebro y algunos elementos de nuestra cultura que son “secuestrados” por la religión son explicados de una forma clara y concisa por Thomson y Aukofer. Como reza uno de los comentarios de la contraportada, de Sam Harris: “Si usted quiere aprender, en el espacio de una hora, por qué tenemos todas las razones para creer que Dios es una creación humana – este es el libro a leer.”

Muy recomendado para cualquier persona interesada en aprender más sobre la condición humana y las creencias religiosas – sea creyente o no – y puede servir como plataforma a la extensa literatura científica que existe sobre el tema.

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

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