La parábola del criador de perros loco

Esta mañana, al revisar mi Facebook, me topé con un texto que me compartieron que me pareció excelente. Haciendo un poco de investigación para determinar su procedencia, encontré que es un texto que ha estado circulando de forma viral desde hace varios años, y fue escrita por Hernán Toro, de Escépticos Colombia.

Hace mucho tiempo vivió un hombre que criaba perros. Un día decidió criar una camada de animales fuertes, inteligentes y leales. Al final creyó obtener una raza que reflejaba lo mejor de su propia naturaleza. Viendo que la raza era buena, quedó satisfecho y se puso a descansar. Pero ésto duró poco.

Los animales comenzaron a luchar ferozmente entre ellos. Se herían y se mataban por trivialidades; a veces sin motivo. Lo peor a los ojos del criador, fue que sus perros se volvieron desobedientes y ni siquiera lo reconocían como el amo.

Como el criador amaba tanto a sus perros, no pudo soportar semejante salvajismo ni tolerar tal desobediencia arrogante, así que decidió acabar esa violencia. Tomó a sus perros amados y los ahogó a todos, excepto al puñado que consideró más bueno y obediente. Esto, pensó, acabaría con el mal en su perrera.

Pero no funcionó: los canes “justos” comenzaron a reproducirse y sus descendientes siguieron atacándose y despedazándose entre ellos de manera inmisericorde.

El criador amaba tanto a sus perros, a pesar de su salvajismo irremisible, que decidió buscar otra solución. Tras pensar un poco, la encontró: pondría a su propio hijito en la perrera como un modelo de inocencia y virtud para los perros; así los salvaría de ellos mismos. De seguro, ante la presencia de tan maravilloso ejemplo, un maestro enviado por su propio amo, los perros se volverían humildes y aprenderían a rechazar su monstruosa forma de comportarse.

Pero en su corazón, el criador sabía que esto no pasaría. Él sabía que los perros matarían a su hijo. Y así lo hicieron. Los perros comenzaron a gruñir y ladrarle al joven, se abalanzaron sobre él, desgarraron sus vestimentas, comenzaron a morderlo inmisericordemente, y lo despedazaron entre sus fauces mientras derramaban toda su sangre en el piso, hasta la última gota.

Entonces, el criador se acercó a sus perros amados y les dijo: “Cualquiera de vosotros que coma los trozos de carne y beba de los charcos de sangre de mi hijo, aceptando en su corazón que lo dejé matar por vuestra causa, no lo castigaré sino que lo llevaré a que viva para siempre conmigo, en mi propia casa”.

Dicen los que pasan cerca a la casa del criador, que aún hoy día se escuchan los gruñidos, ladridos y aullidos de los perros que se siguen despedazando a mordiscos entre ellos.

El que tenga oídos para oír, que escuche, y el que aún tenga moral para despertar, que despierte.

Comentario: 
Cualquier individuo que permitiera despedazar a su propio hijo sería confinado inmediatamente en un sanatorio como un peligroso sádico. En toda sociedad humana, quien permita el asesinato brutal de un inocente a causa de quienes no lo merecen y lo llame “amor”, es visto con justicia como un demente inmisericorde.

Si abrazamos esta opinión del humilde criador de perros, ¿qué podemos decir entonces de un dios omnipotente y omnisciente que hiciera lo mismo? ¿Cuánto más enfermiza, inmoral y sanguinaria debería ser una deidad para cometer un acto moralmente equivalente?

Esta es la abominación ética evidente en el núcleo del cristianismo moderno: su dios tiene la moral de un criador de perros loco que alimenta monstruos con la carne y la sangre de su propio hijo.

Un dios todopoderoso lograría cualquier cosa “X” en el acto, con sólo pronunciar “hágase X”. Para creer que la mejor forma de resolver el mal que encontró el omnipotente, fueron las macabras, absurdas e inútiles soluciones sugeridas en la parábola, se debe abandonar no sólo la racionalidad, la lógica y el sentido común… también se requiere renunciar a la más simple decencia humana.

Se puede decir más fuerte, pero no más claro.

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

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