Lester

El mal.

Es uno de los elementos más tangibles de nuestra realidad. Convierte al concepto de una deidad omnipotente, omnisciente y omnipresente en un ridículo producto de la imaginación humana. El primero en exponer el problema del mal fue Epicuro, hace unos 2.300 años:

¿Es que Dios quiere prevenir la maldad, pero no es capaz? Entonces no sería omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces sería malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De donde surge entonces la maldad? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?

Sin embargo, quienes no dejan que los hechos se atraviesen en el camino de sus creencias, han encontrado diferentes maneras de jugarle la vuelta al argumento. Algunos dicen que el mal es producto del libre albedrío que dios le ha dado a las personas. En otras palabras, nos suceden cosas malas por culpa de nuestras malas decisiones. Incluso, hay personas que van más allá y afirman que suceden por castigo divino. Otros dicen que el mal es necesario en el mundo para que pueda existir el bien. Algo parecido a la observación que hacen muchos entusiastas de las tiras cómicas de que sin el Guasón no existiría Batman. Hay muchos que afirman que el mal es una prueba que dios manda para probar la fe de las personas, y que por lo tanto, no hay nada de que preocuparse. Dios tiene un plan para todos y al final todo resultará perfecto para quienes crean en él. En esta cosmovisión, la figura bíblica de Job es un ejemplo a seguir.

Todas estas explicaciones tienen la virtud de brindar algún consuelo a quienes tienen fe en ellas. Esta es la cosa más generosa que puede decirse sobre ellas, sin embargo. En mi opinión, todas son falsas y fallan rotundamente a la hora de conectarse con el sufrimiento profundo de muchos seres humanos.

¿No está de acuerdo?

Tengo cuatro palabras para usted: Lester Wilfredo Rivera Lorenzo.

En estos momentos, estoy casi seguro de que se está preguntando quién es Lester. No lo culpo. Hasta la noche del sábado, yo tampoco sabía quién era. Lester era un niño de 10 años que fue secuestrado mientras trabajaba vendiendo las conservas que hace su madre. Pasó desaparecido durante ocho días – tiempo que pasó sin que se supiera absolutamente nada de él. El 18 de febrero su pequeño e inocente cuerpo fue encontrado sin vida por un leñador a la orilla de un camino cerca de El Jute, en Chiquimula.

Decapitado.

Calcinado.

Las razones por las cuáles el nombre y la foto de Lester no están grabadas en la cabeza de todos los guatemaltecos, son varias. Lester Kroll-Bryce las expone magistralmente en su columna en Plaza Pública, llamada El niño de Guatemala. Recomiendo mucho su lectura.

¿Qué pudo haber hecho el pequeño Lester para merecer una muerte tan horrible? ¿Qué pudo haber hecho su madre para merecer ver a su hijito tirado a la orilla de un camino, ultrajado, decapitado y hecho un carbón? ¿Puede realmente el libre albedrío del pequeño Lester o el de su madre explicar este horrible suceso? ¿En qué Universo esto encaja con la existencia de un dios infinitamente bueno que ama a su creación?  ¿Son realmente necesarios estos dantescos acontecimientos para que pueda existir el bien, para que podamos “apreciarlo”, como algunos sugieren? O peor aún ¿qué clase de plan divino es este? ¿Qué posible propósito puede tener este plan? ¿Qué dice este “plan” de quien lo ideó desde un principio?

No me queda claro cómo se le pueden responder estas preguntas a la madre de Lester, sin fracasar miserablemente en comprender su profundo dolor y su intenso sufrimiento y hacer una burla de ellos en el proceso. La invención de un dios bueno y amoroso con un plan eterno para todos y cada uno de nosotros puede ser un consuelo para muchos. Pero sostengo que un consuelo falso, no es ningún consuelo.

¿Es que Dios quiere prevenir la maldad, pero no es capaz? Entonces no sería omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces sería malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De donde surge entonces la maldad? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?

¿Cuándo aprenderemos?

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

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