La vida parcialmente examinada

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Por lo general, los seres humanos, en algún momento de nuestras vidas, sentimos la necesidad de explicarnos tanto la existencia del universo como nuestro lugar dentro de él. Aparentemente hay una necesidad enraizada muy profundamente en nuestra particular psique de Homo sapiens de tener algo, lo que sea, que nos ayude a relacionar nuestras experiencias con el mundo de una manera que tenga un significado importante.

Preguntas como “¿Por qué existe el universo?”, “¿Por qué estoy aquí?”, “¿De dónde venimos?”, “¿Qué es la vida?”, “¿Qué es la muerte?” surgen de repente para intrigarnos. No son preguntas como cualquier otra, son preguntas difíciles que han intrigado a la humanidad desde tiempos inmemorables y que nos impulsan a formarnos una visión personal del mundo. En alemán, le llaman weltanschauung; en inglés le llaman worldview; en español suele utilizarse el término cosmovisión.

Mi búsqueda personal me llevó a la conclusión de que una cosmovisión racional debe de ser coherente, lógicamente consistente y fiel a nuestras experiencias. Esto sólo se puede lograr si no contradice ese vasto cuerpo de conocimiento sobre nuestro universo que hemos ido acumulando a través de largos años de investigación científica. De hecho, para que una cosmovisión sea coherente y consistente con la realidad,necesita incorporar el conocimiento científico; de lo contrario, se queda corta y es susceptible a contaminarse con pensamiento mágico y con supersticiones.

Esto no quiere decir, por supuesto, que la ciencia y la razón sean los únicos criterios válidos para darle forma a una cosmovisión. La literatura, la música, la pintura y las artes en general, son también fuentes valiosísimas que enriquecen mucho una cosmovisión. El punto es que no debemos de basarnos únicamente en la ciencia y en la razón porque estos son factores necesarios, más no suficientes; pero sí debemos de desconfiar de cualquier cosa que contradiga a la ciencia o que ofenda a la razón. Al final del día, lo más importante es que mantengamos una mente abierta (pero no tan abierta, que se nos caiga el cerebro), que respetemos el libre cuestionamiento y la abierta discusión de ideas como un fin en sí mismo.

Einstein hizo muy famosa una frase, de esas tantas que dijo sin mucha precaución: “La ciencia sin la religión es aburrida, la religión sin la ciencia está ciega”. Digo sin mucha precaución, porque es una de muchas frases que escribió que dieron lugar a que se creara una confusión innecesaria sobre su propia cosmovisión, y a que, hasta la fecha, muchos grupos lo sigan tratando de incluir en su propio bando ideológico. Einstein no era religioso, por lo menos no en el sentido convencional de la palabra. Su idea de religión no era otra cosa más que una profunda admiración y una genuina humildad ante el mundo natural, hasta donde hemos podido descifrar sus misterios y sus secretos. Cuando hablaba sobre Dios, lo utilizaba únicamente como una metáfora para describir el orden natural de nuestro universo.

No es mi deseo apropiarme de su frase, pero con algunos ajustes ilustra muy bien mi convicción personal sobre el mejor método a utilizar para construir una cosmovisión sólida: “La ciencia sin la filosofía es aburrida, la filosofía sin la ciencia está ciega”. El llevar a cabo una búsqueda personal por la respuesta a las preguntas difíciles, me llevó a darme cuenta de esto.

La filosofía es una excelente herramienta, no sólo para hacer preguntas sino para aprender a hacer las preguntas que importan. Sin embargo, cuando llega la hora de contestar dichas preguntas, la filosofía se queda corta. Para esto, resulta más adecuada la ciencia; aunque luego de agregar un nuevo dato a nuestro conocimiento, la filosofía vuelve a resultar muy útil para encontrar qué significa para nuestras vidas. Estas reflexiones filosóficas de búsqueda de sentido toman formas de expresión muy variadas. Así como pueden tomar la forma del Discurso del método o de La República, pueden también tomar la forma de la Novena Sinfonía de Beethoven, las reflexiones de Buda, La Gioconda o el monolito de Dresden.

Esta relación de limitaciones y fortalezas no fue obvia siempre, fue sólo con el paso de los años que nos dimos cuenta de que no todo lo podemos conocer en base a la razón pura, necesitamos otros métodos. Una de las grandes preguntas “¿de qué estamos hechos?” perduró durante unos cuantos milenios. Tomando el mundo occidental como ejemplo, Heráclito creía que el elemento primordial del Cosmos era el fuego; Tales de Mileto, a quien comúnmente se le describe como el primer filósofo del mundo occidental, pensó que todo estaba hecho de agua; a Anaxímenes le gustaba más el aire. Luego llegó Empédocles, un poco más diplomático, que propuso una mezcla de cuatro elementos: agua, fuego, aire y tierra.

Hubo alguien mucho más audaz, Demócrito, que razonó que en realidad estábamos compuestos por pequeñísimas partículas indivisibles a las que llamó “átomos”, que en griego significa “indivisible”. Al final, la ciencia le dio la razón a Demócrito, pero para que esto sucediera tuvieron que pasar unos 2.500 años con sus respectivos avances tecnológicos.

Nadie lo comprobó lógicamente, no fue un ejercicio de introspección, fue gracias a una forma diferente de indagar en la naturaleza: la ciencia.

En ocasiones se ha dicho que la humanidad ha recibido varias humillaciones a través de la ciencia, siendo dos las más notables. La primera es el golpe a nuestro ego que atestó Copérnico cuando nos sacó del lugar especial que ocupábamos en el centro del universo como la crème de la crème de la existencia. La segunda es la sufrida a manos de Darwin, cuando nuevamente nos sacó del nuevo nicho especial en el que la humanidad se auto-ubicó, al dar comienzo a la serie de descubrimientos que nos puso en tan sólo una pequeña hoja de una pequeña rama del gran árbol de la historia de la vida.

Aunque entiendo cómo muchas personas viviendo en las épocas respectivas en las que se dieron estos hallazgos pudieran haber interpretado las cosas como un insulto o una humillación a la dignidad humana, es mi opinión que Copérnico y Darwin únicamente nos bajaron de la nube en la que estábamos flotando para regresarnos a la realidad, y enseñarnos que no somos tan especiales como creíamos. Como brillantemente dijo alguna vez Einstein: “Sólo existen dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana. Y no estoy tan seguro de la primera.” Es tal la terquedad del ser humano en ser especial, que muchos aun hacen caso omiso de lo que Copérnico y Darwin contribuyeron.

Tomando como ejemplo a Darwin, a mi criterio, lo primero que es digno de resaltar sobre El origen de las especies, es que es una excelente muestra de lo inútil que resulta muchas veces el tratar de dibujar una línea clara entre la ciencia y la filosofía. Si bien es cierto que hay ciertas diferencias–sobre todo metodológicas–entre una y otra, el establecer claramente en dónde termina una y dónde empieza la otra, es simplemente irrelevante.

Comparto mucho con el pensamiento del filósofo Daniel Dennett, cuando decía que “No existe ciencia libre de filosofía. Lo que existe es sólo ciencia cuyo equipaje filosófico se sube a bordo sin examinar.” Claramente El origen es un libro científico sobre biología pero debido al tema que trata, las preguntas que responde, y las cosas que implica, muy pocos libros científicos han tenido tanto equipaje y tanto impacto filosófico. La tesis de Darwin es muy inquietante, porque implica una concepción completamente diferente, enteramente naturalista sobre nosotros y sobre nuestros orígenes.

Algunos filósofos ya la incorporan a sus respectivas cosmovisiones sin ningún problema, pero existen aun en la actualidad muchísimos otros tratando de realizar el difícil acto de malabarismo de rechazarla sin aparentar ser ignorantes ni prejuiciosos.

Otros tantos, no se toman tantas molestias.

En El origen, Darwin construye un caso firme de una forma meticulosa y respaldado por una gran cantidad de evidencia muy reveladora. Darwin no fue el primero en plantear la idea de la evolución, e incluso nos cuenta un poco sobre la historia de la idea– que se remonta hasta los antiguos griegos–en la introducción del libro; pero sí fue el primero en acumular tanta evidencia a favor de la teoría evolutiva y de la selección natural, y en confrontar con candidez las muchas dificultades que presentaba. En el capítulo seis, llamado Dificultades de la teoría, Darwin nos explica con lujo de detalles todas las cosas que pudieran invalidar su tesis, apelando a que futuras generaciones de científicos tomaran inspiración de su trabajo para contestar todo lo que él no pudo. Y vaya si no lo han hecho, aunque siguen habiendo nuevas preguntas qué responder.

Y así es como poco a poco, las preguntas que van quedando, incluso las que sólo hace un par de décadas se seguían considerando enteramente filosóficas o imposibles de contestar, han empezado a ser aclaradas poco a poco por la ciencia.

Es en esta interacción entre ambas cosas–ciencia y filosofía–en dónde se concentra la mejor manera de eliminar los dogmas y los prejuicios que nos impiden contestar nuestras preguntas con honestidad, sin fábulas consoladoras; de conocernos mejor como humanos, de apreciar nuestras diferencias, de eliminar la discriminación por “razas”, creencias o preferencias sexuales y de construir un mundo más justo, más equilibrado, más pacífico y más saludable para todos.

No es una tarea fácil, pero esto es lo que nos mueve a Walda y mí a escribir sobre lo que nos apasiona y a querer estimular a los guatemaltecos a que vivan una vida examinada, aunque sea sólo parcialmente, que es lo que nuestro limitado tiempo en este Universo y lo que nuestra limitada materia gris nos permiten.

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

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