Un conflicto ignorado

En 1997, el prominente paleontólogo y biólogo evolucionista Stephen Jay Gould escribió un ensayo para la revista Natural History en el que exponía sus opiniones sobre la relación entre la ciencia y la religión. Dos años más tarde, este texto se iba a convertir en la base para un libro (Rocks of Ages) dedicado a explorar la relación entre ambas y a refutar la percepción de que existe un conflicto entre los descubrimientos de la ciencia moderna y las diferentes creencias religiosas de la humanidad. Es, también, una postura muy aceptada por la mayoría de personas.

Gould, a pesar de no ser creyente, dijo haber sido inspirado por la encíclica papal de Pio XII, Humani Generis (1950), para adoptar la posición de que la ciencia y la religión son dos dominios o “magisterios” diferentes del conocimiento humano que no se traslapan entre sí (Non-overlapping magisteria o NOMA). Gould define un magisterio como un dominio en el cual una forma de enseñanza tiene las herramientas apropiadas para resolver los problemas que le conciernen. La ciencia, según Gould, se encarga del mundo empírico: de estudiar los materiales de los que está hecho el Universo, de indagar en la naturaleza y de describir la forma en la que éste funciona. El magisterio de la religión, en cambio, se ocupa de preguntas sobre propósitos finales, sentido vital y valores morales. Estos magisterios, según Gould, nunca se traslapan y no abarcan todos los dominios del conocimiento humano; existen otros como el de las artes, por ejemplo, que se ocupan de otras áreas importantes.

Durante la época de conflictos entre el modelo heliocéntrico y el pensamiento de la Iglesia, Galileo Galilei expresó una opinión muy similar, atribuida al cardenal Cesare Baronius: “La Biblia fue escrita para decirnos cómo ir al cielo, no para decirnos cómo van los cielos.” Es decir, que la Biblia es un libro que nos da los fundamentos morales para vivir bien y reunirnos con el dios cristiano después de la muerte, no un tratado científico que describe los movimientos de los astros o la estructura del ADN. Dados los contenidos del libro, la visión de la Biblia como una “guía moral” siempre me ha parecido bastante extraña – sobre todo viniendo de una persona de la estatura intelectual de Galileo. Sin embargo, esos eran tiempos difíciles en los que expresar una opinión contraria al statu quo podría traer consecuencias fatales. ¿Qué pensaba realmente Galileo? Creo que nunca lo sabremos.

En el mismo año en el que Gould publicaba Rocks of Ages, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos (NAS, por sus siglas en inglés) tomó una actitud muy similar. En un documento llamado Science and Creationism (Ciencia y creacionismo), afirmó que “[l]a ciencia y la religión ocupan dos áreas separadas de la experiencia humana. Exigir que se combinen, despoja de parte de su gloria a ambas.”

Luego, en un documento distribuido gratuitamente para alentar a la enseñanza de la Teoría de la evolución en las escuelas, afirmó que “Si Dios existe o no, es una pregunta sobre la cual la ciencia permanece neutral.” Esta postura ha tenido bastante peso, pues los miembros de la NAS son científicos aclamados y competentes; entre sus filas se han contado a personas como Albert Einstein, Kurt Gödel, Richard Feynman, Roger Penrose, James Watson y Francis Crick. La gran mayoría de personas considera que estas posturas y otras similares, aparte de ser nobles y muy prácticas, son intelectualmente coherentes y son favorecidas por la evidencia – es decir, son “verdaderas”.

Pero, ¿es realmente este el caso?

En 1998, un año antes de que la NAS adoptara el NOMA de Stephen Jay Gould, la prestigiosa revista científica Nature publicaba un estudio sobre las creencias religiosas de los científicos. Los únicos datos existentes hasta ese momento eran los de unos estudios realizados por un psicólogo muy prominente llamado James H. Leuba. En 1914, Leuba encontró que el 58% de un grupo de 1.000 científicos escogidos al azar dudaban o no creían en dios(es). La cifra aumentaba hasta 70% cuando se tomaba en cuenta únicamente a los científicos considerados como los “más grandes”, es decir, los que más habían contribuido a aumentar el conocimiento en sus respectivos campos.

Leuba repitió su estudio 20 años más tarde y encontró que las cifras habían cambiado considerablemente. Entre el primer grupo “promedio”, el porcentaje de no creyentes había aumentado a 67% y entre la élite científica a un 80%. Era el primer indicio de una correlación (aunque desconocida) entre conocimiento científico y un marcado escepticismo religioso.

El estudio publicado en Nature en 1998 emuló el primero de Leuba y encontró poca variación en los resultados – el 61% manifestaba dudas o ausencia de creencias religiosas. Luego repitió el proceso únicamente con miembros de la NAS. A pesar de seguir con la tendencia, la variación fue enorme en relación a los estudios anteriores—únicamente el 7% dijo creer en algún dios. La diferencia, no únicamente con los estudios de Leuba, sino también con los porcentajes de creyentes y no creyentes en la población general, sugiere una cosa: la ciencia  parece tener algo que decir con respecto a la religión y a la existencia de dios(es), y lo que parece decirles a quienes más conocen de ella es que las religiones y los dioses son productos de la imaginación humana.

Así aparece la primera gran contradicción entre las palabras de Gould y de la NAS, y los datos empíricos del mundo real. Si la ciencia realmente no tiene nada qué decir sobre la veracidad de la religión, ¿entonces por qué ha ido aumentando tanto el porcentaje de no creyentes entre los científicos más destacados? Si la ciencia es “neutral” en estas materias, ¿por qué el 61% de los miembros de la comunidad científica y el 93% de los más destacados no cree en las religiones? A pesar de no ser un argumento lógico del cual podamos derivar una conclusión definitiva, estos hechos son muy interesantes y vale la pena reflexionar un poco sobre ellos.

Existe otro problema mucho más serio con el NOMA de Gould. Si bien él y muchas otras personas aseguran que la ciencia y la religión no se traslapan porque hablan de dos cosas totalmente diferentes y que cualquier conflicto que pueda haber entre ellas se debe a malos razonamientos, esto no sucede en la práctica.

Uno de los componentes principales de la gran mayoría de religiones es que tienen una posición cosmológica o cosmogónica. Tienen libros sagrados o tradiciones orales que nos cuentan quién creó el mundo (o quiénes), cómo, cuándo, por qué y hacia dónde va. También nos cuentan sobre sucesos supuestamente históricos, algunos lineamientos morales, y algunas explicaciones del funcionamiento de la naturaleza. Al hacer este tipo de aseveraciones, la religión irrumpe en el terreno de la ciencia y se somete así a su análisis.

Si el Popol Wuj afirma que el panteón de dioses mayas creó el mundo a partir de la nada y a los humanos a partir del maíz luego de intentos fallidos con el barro y la madera, esta es una hipótesis que puede verificarse científicamente. Si las historias de los navajo cuentan que la “araña abuela” tejió los cielos y luego los unió con rocío, creando las estrellas, esta es una hipótesis que puede verificarse científicamente. Si la Biblia afirma que YWHW, el dios judeocristiano, creó los cielos y la Tierra a partir de la nada en seis días; a la Tierra antes que al Sol; al primer hombre a partir del polvo y a la primera mujer a partir de una costilla de éste, ¿adivine qué? Esta es una hipótesis que puede verificarse científicamente. Y en estos tres casos – al igual que en todos los demás – se reconoce el valor artístico, antropológico y literario de las historias, pero son refutadas por los conocimientos obtenidos en los últimos cuatro siglos de exploración científica. Nadie sabe cómo se creó el Universo – falta mucho por explorar. Pero eso no es una invitación a llenar esas lagunas de ignorancia con cualquier historia que se nos ocurra.

Desde la perspectiva occidental, muchos de estos mitos con comprendidos precisamente como eso, como mitos. Sin embargo, otros como el judeocristiano siguen siendo aceptados por miles de millones de creyentes alrededor del mundo como verdades reveladas por el creador del Universo. Lo mismo sucede con los códigos o lineamientos morales. “Los cristianos son los verdaderos, los otros son mitos”, dicen con confianza. En cuál tradición religiosa o en qué concepto de dios usted cree depende de la época y el lugar de su nacimiento, así como de la educación que haya recibido en casa. ¿No resulta curioso que en la gran mayoría de casos, padres cristianos den a luz a hijos cristianos, padres musulmanes a hijos musulmanes, padres hindúes a hijos hindúes o padres judíos a hijos judíos? Ese es otro punto que vale la pena reflexionar más detenidamente.

Incluso en el campo de la ética y de la moral, ciencia y religión se traslapan cada vez más. La moral religiosa suele basarse en lo que dicen sus textos sagrados y sus tradiciones orales, y en los subsecuentes razonamientos de personas como Hammurabi, Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Maimonides, Avicena, Lao-Tsé y muchos otros. Algunos de estos códigos son sensatos y presentan buenas ideas para vivir bien, pero también contienen elementos absurdos, cuya moralidad es bastante cuestionable; son dogmáticos y si es que algún día se modifican, toman siglos en hacerlo y no se deben a nuevos conocimientos generados por la religión, sino a presiones seculares. La condenación de la homosexualidad, el machismo latente, la obsesión con el sexo y la virginidad, el abierto tribalismo y la condenación de tantos pensamientos y emociones puramente humanas han traído consecuencias horribles y mucho sufrimiento innecesario para muchas personas.

Creo que Nietzsche dio en el clavo cuando escribió en La gaya ciencia que “la obsesión del cristianismo con ver al mundo feo y malo, ha hecho al mundo feo y malo.” ¿Realmente cree que—si existe—al creador del Universo le interesa lo que hacemos con nuestro cuerpo cuando estamos desnudos o si la persona a la que amamos tiene lo mismo que nosotros en medio de las piernas?

Por el otro lado, con los más recientes avances en las neurociencias, las ciencias biológicas-evolutivas y algunas de las humanidades, vamos avanzando—progresivamente—hacia un mejor entendimiento de nuestra humanidad, los orígenes de nuestra moralidad, y las formas más convenientes de tratarnos unos a otros. No son maneras perfectas, pero tal vez tenemos que dejar de concebir a la moralidad como un conjunto de ideales platónicos dados por un creador.

Si bien NOMA puede ser una forma de reconciliar las tradiciones religiosas y los descubrimientos hechos en nuestro intento de comprender el Cosmos que evidentemente las contradicen, no es más que una disonancia cognitiva que contradice a los hechos históricos y epistemológicos. Lo cierto del caso es que mientras más aprendemos, más nos damos cuenta de que las religiones fueron nuestro primer—y peor—intento de responder a las preguntas grandes de la existencia humana; de buscarle un sentido a nuestra vida y de enfrentar nuestros temores – especialmente a nuestro temor a la muerte. Allí es en dónde radica su valor.

Richard Feynman, uno de los más eminentes físicos que el mundo haya visto, tenía una descripción muy simple de lo que es la aventura científica: “La ciencia es aquello que hacemos para evitar engañarnos a nosotros mismos.” Creer que ciencia y religión no se traslapan, que hablan de cosas diferentes o que se complementan una a la otra es precisamente engañarnos a nosotros mismos; si creemos que la ciencia no tiene absolutamente nada que decir sobre la “dimensión espiritual” (a falta de un mejor término) del ser humano o si creemos que es un conjunto de datos “fríos” es porque no hemos llevado al conocimiento científico hasta sus últimas consecuencias o simplemente no conocemos los últimos avances de la misma y los emocionantes debates filosóficos que está generando.

Pero eso es tema para un próximo artículo.

Este artículo fue publicado originalmente en Plaza Pública el 7 de junio de 2012.

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

2 Comments

  • Reply August 13, 2012

    Joel mendez

    Que estupidez de articulo, imbecil idiota estupido, tu madre, anda a ver youtube mejor asdgasdgasdgasdgasgdadsg

  • Reply August 22, 2012

    mario medina

    Joel de veras que eres un troll, (espero que sepas que significa ser un troll en el internet), si no te gusta algo, no lo leas, pero no tienes porque ser grosero con los demas, imaginate que los demas te insultaran a diario por tus actitudes poco respetuosas como te sentirias?, no esta mal que opines, pero con respeto, yo te cuento que a pesar de tener mis reservas en cuanto al tema, aprendi un monton con el, pues hay muchos hechos que puedo investigar a partir de la perspectiva del artículo, por mi propia cuenta y asi enriquecer mis conocimientos en el tema, y por eso no me parece mal, esto es para compartir, yo siempre estoy al tanto de lo que la agac publica, al igual que muchos otros aficionados a la astronomía, y les exhorto a seguir adelante, pues somos muchos los que leemos de esta web, gracias.

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