El duelo de un escéptico

Grief

La muerte de un ser querido es, sin duda alguna, una de esas experiencias que nos cambian la perspectiva de todo. Es un evento incontrolable y psicológicamente traumático para los que nos quedamos, porque comienza de golpe con una fuerte aflicción que se prolonga durante un tiempo indefinido.

Nunca dejamos de extrañar a nuestros difuntos, solo aprendemos a vivir sin ellos; y el duelo es precisamente ese proceso que experimentamos en el ínterin.

La manera en que las personas lidian con la muerte de un ser querido, y con el proceso de duelo que le deviene, está íntimamente relacionada a sus creencias, o cosmovisión. La mayoría de religiones postulan que existe una especie de paraíso eterno para aquellos difuntos que en vida agradaron a su dios, y algo así como un infierno de eterno sufrimiento para los que no. Otras religiones postulan que cuando alguien fallece, su ‘espíritu’ reencarna en otro ser. Los escépticos ambiguos (agnósticos y similares) no saben exactamente en qué creer, y los ateos convencidos suelen creer que la muerte terrenal, es la muerte definitiva. Otro factor que influye significativamente en las distintas formas de lidiar con el proceso del duelo, es la creencia en la dualidad cuerpo/espíritu, algo en lo que muchos ateos no creen, aunque algunos pocos sí.

En fin, la muerte tiene un significado diferente para cada quien y depende de muchas variables. Los creyentes en realidad no creen en la muerte, ya que para ellos el fallecimiento del cuerpo supone únicamente la muerte terrenal, pero no la muerte espiritual, ya que el ‘espíritu’ nunca fallece: es inmortal. Para los ateos, como mencioné antes, la muerte terrenal es la muerte definitiva, tanto a nivel físico como ‘espiritual’. Son los únicos que aceptan y llegan a términos con el concepto de la muerte por lo que realmente significa, y esto hace una profunda diferencia en su manera de sobrellevar el duelo.

Para un escéptico en duelo, la constante exposición a discursos religiosos o místicos acerca de la muerte, puede hacerle sentir alienado, estresado e incomprendido. Muchos creyentes—bienintencionadamente y sin ser conscientes de ello—ofrecen consuelos alusivos a la vida después de la muerte tal y como la conciben según sus propias creencias religiosas. No se ponen a pensar que si el doliente es judío, tal vez no sea muy apropiado decirle que su difunto es ahora un ángel que se encuentra al lado de Jesús.  Si no le diría a un musulmán que su difunto se encuentra ahora con el espíritu del profeta mormón Joseph Smith, ¿por qué alguien consideraría apropiado decirle a un escéptico que su difunto se encuentra aún vivo en un plano espiritual, al lado de un dios en el que no cree? Y aún así, muchos creyentes consideran que eso es apropiado. Están tan acostumbrados a encontrar consuelo y confort en su religión cuando atraviesan por situaciones difíciles, que ignoran por completo que sus creencias no son  universalmente compartidas por todos.

Las frases de consuelo que ofrecen los creyentes, frecuentemente ponen a los escépticos en duelo en una posición bastante incómoda en la que se ven forzados a tener que escoger entre fingir que concuerdan con ideas que en realidad rechazan—en aras de mantener la paz en un momento inoportuno para discrepancias y debates—o expresar abiertamente su escepticismo, lo que puede comenzar un argumento potencialmente divisorio en un momento en el que en realidad necesitan sentirse más conectados que nunca con alguien que les comprenda, con alguien que esté de su lado.

Talvez a algunos escépticos en duelo no les importe demasiado que los creyentes les atiborren de discursos teístas con respecto de la muerte, aunque para otros, algunas de esas ideas pueden ser percibidas como ofensivas, pesadas y hasta morbosas, en especial cuando la muerte del difunto ha sido muy trágica o dolorosa. Aceptar una situación así puede llegar a ser tan duro e incomprensible para los allegados al difunto, que al ser incapaces de encontrar respuestas lógicas a la tragedia en el contexto de su religión, comienzan a dudar de la veracidad de sus creencias, iniciando un proceso de conversión hacia alguna forma de escepticismo, de manera paralela a su proceso de duelo. Y claro, es perfectamente comprensible. Después de todo, es difícil de creer que el ultraje sexual, tortura y posterior asesinato de una niña de 7 años ocurrido recientemente en el departamento de Petén, sea parte del plan perfecto de un dios amoroso y omnipotente que pudo haberlo evitado, ¿no? Y el argumento de que ‘dios trabaja en maneras misteriosas que los humanos no podemos comprender’ podría resultar bastante ilógico e incoherente para los padres de los niños que recientemente fueron degollados por un enfermo desquiciado en Tactic, o para las familias de cientos de mujeres que han sido vilmente torturadas y asesinadas en Guatemala como reflejo de la cultura machista y misógina predominante.

Los creyentes encuentran apoyo en otros creyentes: cristianos con cristianos, judíos con judíos, budistas con budistas, musulmanes con musulmanes, etc. En un país en el que la mayoría de personas profesa alguna religión cristiana, es sumamente difícil para un escéptico encontrar consuelo en alguien que comprenda su forma particular de ver las cosas. Es por eso que los escépticos deberían de tornarse hacia sí para brindarse apoyo emocional durante esos momentos tan difíciles.

Para comprender la enorme diferencia entre las creencias de un escéptico y un creyente con respecto de la muerte, debemos entender que la idea de que la vida y la muerte son guiadas por un ser sobrenatural y omnipotente, es muy diferente a la idea de que la vida y la muerte son procesos biológicos regidos por leyes naturales de causa y efecto. La idea de que la consciencia es un espíritu metafísico con la capacidad de sobrevivir a la muerte corporal, es radicalmente distinta a la idea de que la consciencia es una manifestación de complejas redes neuronales que funcionan gracias a la acción de impulsos electroquímicos en nuestro cerebro, y que ésta cesa de existir por completo cuando el cerebro deja de funcionar. La idea de que la vida es permanente es radicalmente diferente a la idea de que la vida es efímera, que dura sólo un instante.

Para comprender la enorme diferencia entre la forma de lidiar con el proceso de duelo de un escéptico y un creyente, debemos entender que la idea de que algún día nos reuniremos con nuestros difuntos en un plano espiritual de vida eterna, es muy diferente a la idea de que jamásvolveremos a estar junto a ellos. La idea de que algún día volveremos a verlos, abrazarlos, darles un beso, conversar o compartir una buena carcajada con nuestros difuntos, es radicalmente distinta a la idea de que todos esos momentos únicos e irrepetibles que compartimos con ellos en vida, fueron momentos que jamás volveremos a experimentar. La idea de que la vida y la muerte son parte del plan perfecto de un dios benevolente, es diferente a la idea de que la muerte es un proceso natural regido por las mismas causas biológicas, químicas y físicas que rigen a todo lo que existe en el universo. La idea de que nuestros difuntos ya no sufren más porque se encuentran llevando una vida plena completamente libre de sufrimiento, es radicalmente distinta a la idea de que ya no sufren más por el simple y sencillo hecho de que ya no existen, y que estar muertos no debe de ser más ni menos doloroso que si aún no hubiesen nacido. La idea de que el alma vive para siempre es muy diferente a la idea de que la vida no tiene que ser eterna para tener significado.

Aún así, y a pesar de todas estas diferencias, los creyentes y los escépticos tenemos mucho en común, ya que la muerte de un ser querido es igualmente dolorosa para todos, y todos necesitamos del apoyo de un buen amigo que comparta nuestras creencias para sobrellevar de mejor manera nuestro proceso de duelo.

Para los escépticos—y en especial para los ateos—nuestros difuntos no vivirán para siempre. No nos están esperando en ningún paraíso. Ya concluyeron con el papel transitorio que les tocó vivir en este planeta, y ahora han pasado a ser parte de algo más grande y maravilloso que la vida misma: el universo del cual se originó.

Nuestros difuntos solo viven en nuestros recuerdos, en maneras que nos cambian y que afectan profundamente todo nuestro mundo… porque nuestra vida simplemente no hubiera sido igual sin ellos, no hubiera sido tan rica sin ellos.

Entonces, ¿cuándo dejan de existir realmente nuestros difuntos? Pues cuando los olvidamos… sólo entonces.

Walda Salazar

Soy una ex-andinista, enamorada de la naturaleza más allá de lo que puedo expresar con palabras. De todos los fenómenos naturales, la Vida ha sido siempre de mi particular interés, y por eso estudié Biología en la universidad. Creo que la única manera objetiva de entender la realidad es a través de la experiencia y el uso de la razón. Estoy en desacuerdo con los dogmas, el adoctrinamiento y la fe ciega; y para mí es un gusto poder compartir con ustedes, estimados lectores, mi forma particular de pensar acerca de la naturaleza de las cosas.

Sé el primero en comentar

Add Comment Register