Feliz cumpleaños, Carl.

“…Después de todo, cuando estás enamorado, quieres contarlo a todo el mundo. Por eso, la idea de que los científicos no hablen al público de la ciencia me parece aberrante” —Carl Sagan

El día de hoy, hace 78 años, nació Carl Sagan. Fue un reconocido científico de la NASA: astrónomo, astrofísico y cosmólogo; profesor de astronomía y ciencias espaciales y director del Laboratorio de Estudios Planetarios en la Universidad de Cornell. Fue una parte muy importante del programa espacial de los Estados Unidos desde su concepción en la década de 1950.

¿Recuerdan la famosa placa de oro del Pioneer 10 o el disco de oro del Voyager? Fueron obra de Carl Sagan. ¿Recuerdan la película Contact, con Jodie Foster, que imagina un posible primer contacto con una raza inteligente extraterrestre? Antes de ser una película, fue una novela escrita por Carl Sagan. Habrán escuchado que Titán, uno de los satélites naturales de Saturno, tiene océanos líquidos en su superficie, o que Europa, una de los satélites naturales de Júpiter, tiene océanos de agua líquida debajo de su superficie. Por estas razones, estos dos satélites son constantemente mencionados como los principales candidatos para albergar vida extraterrestre en el sistema solar. Carl Sagan fue el primero en plantear esta hipótesis, que luego fue confirmada por investigaciones científicas posteriores. Literalmente, es imposible meterse en la astronomía sin toparse en algún momento con alguna idea o algún trabajo importante de Carl Sagan.

A pesar de su brillante carrera como científico, muchos lo conocemos mejor por su trabajo de divulgación científica, por sus maravillosos libros y por su magnífica serie de TV Cosmos: Un viaje personal. En mi caso particular, Carl Sagan es lo más cercano que tengo a un “héroe”. Sus libros, su serie Cosmos, su pasión por la ciencia, su amor por la Naturaleza, su gusto por la claridad y su exquisita prosa cambiaron para siempre mi forma de ver el mundo. Me enseñaron que el Universo es un lugar espectacular y maravilloso y que las fábulas que la humanidad ha inventado y creído —y que siguen creyendo— para explicarlo pueden ser bellas desde el punto de vista literario, pero como descripciones de la realidad, son increíblemente áridas, infantiles y hasta degradantes.

Lo que nuestra ciencia ha descubierto sobre el Cosmos y la filosofía que ha surgido a partir de ella sobre nuestro lugar en él son mucho más bellas y mucho más “mágicas” que las explicaciones mitológicas/religiosas por una simple y sencilla razón: son verdaderas y nos proveen de una “espiritualidad” (a falta de una mejor palabra) basada en la realidad —una “espiritualidad naturalista.” Aquella que nos llena de humildad y a la vez de gran alegría de estar vivos y poder conocer, aunque sea un poco, acerca del Universo. Es una espiritualidad que, incluso, nos enseña que el hecho de morir nos hace afortunados; no porque vayamos a pasar a otro plano de la existencia a reunirnos con un ser celestial, sino porque el hecho de que vamos a morir significa que estamos vivos. Parafraseando a Richard Dawkins, admirador confeso de Sagan y cuya influencia es evidente en estas líneas, la cantidad de personas que nunca van a morir porque nunca nacieron es inimaginable. Las combinaciones posibles de ADN son mayores que la cantidad de granos de arena en el mar y seguramente configurarían poetas más grandes que Yeats, pensadores más grandes que Hume, artistas más grandes que Beethoveen y científicos más grandes que Newton. Y sin embargo, no son ellos los que están aquí. Somos tú y yo.

La primera vez que sentí algo así fue en la biblioteca del colegio. Tenía quizás unos 11 años y tenía en mis manos uno de los libros más maravillosos que había visto en mi vida. Sus páginas olían a libro añejado y cada una estaba cubierta con la combinación perfecta de hermosas imágenes del Universo y palabras inspiradoras. Su nombre era Cosmos y aquel recreo me estaba informando acerca de una de las cosas más poéticas y hermosas que conozco:

“Somos polvo estelar que ha tomado su destino con sus propias manos. […] Alguna parte de nuestro ser sabe que es de allí que venimos. Ansiamos regresar. Y podemos. Porque el Cosmos también está adentro de nosotros. Estamos hechos de polvo de estrellas. Somos una vía para que el Cosmos se conozca a sí mismo. Somos criaturas del Cosmos y estamos siempre hambrientos por conocer nuestros orígenes, por comprender nuestra conexión con el Universo”.

Sagan decía que para hacer un pastel de manzana desde el principio, primero tenemos que crear el Universo. En ese caso, agradezco al Universo por haber tenido la gentileza de existir y de haber permitido que la humanidad tuviera a alguien con tanto carisma, tanta pasión y tanto talento para transmitir las maravillas que la ciencia nos ha podido revelar; de enseñarnos que todos, sin importar en dónde hayamos nacido, estamos hechos del mismo polvo de estrellas; que no solo estamos en el Universo, sino que el Universo está adentro de nosotros, intentando descubrirse a sí mismo.

Le tomó 13 mil 700 millones de años al Universo producir a Carl Sagan y se esfumó en apenas un instante. Pero su legado continúa en incontables personas que aprendimos de su vida y que, al igual que él, nos hemos enamorado de la ciencia y queremos compartirla. Hoy, día en el que Sagan hubiera cumplido 78 años, qué mejor manera de recordarlo y de mantener vivo su “espíritu” que leyendo alguno de sus libros, viendo algún episodio de Cosmos, o disfrutando de cualquiera de los cientos de tributos que se han hecho en su honor. Yo recomiendo este para comenzar:

Feliz cumpleaños, Carl, y gracias por todo. Qué falta nos haces.

* Este texto fue publicado originalmente en Plaza Pública.

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

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