Infinitas formas, bellas y maravillosas

“Se ha aseverado con frecuencia y con mucha seguridad que el origen del hombre nunca puede ser conocido. La ignorancia genera confianza más frecuentemente que el conocimiento: son aquellos que saben poco, y no aquellos que saben mucho, quienes con tanta certeza afirman que este o aquel problema nunca será resuelto por la ciencia.” —Charles Darwin

Parece ser que los astros están a mi favor, pues por segunda semana consecutiva me toca publicar en una fecha importante o con un significado especial para la ciencia. Mañana, 24 de noviembre, se cumplen 153 años de la publicación de uno de los libros más revolucionarios y más controvertidos en la historia de la ciencia moderna: El origen de las especies. Es gracias a las meticulosas observaciones y al impecable trabajo científico expuesto por Darwin en El origen, que comenzamos a entender de dónde venimos. Considero que su teoría de la evolución por medio de la selección natural es un vívido ejemplo de lo que la razón humana es capaz de hacer cuando nos esforzamos lo suficiente y no tenemos miedo de seguir el camino que nos traza la evidencia.

No mucha gente conoce esto, pero en la Antigua Grecia había personas que pensaban de una forma que, aunque rudimentaria, era parecida a la de Darwin. Al “filósofo natural” Anaximandro (c. 610 – 546 BCE), por ejemplo, se le atribuye la idea de que los humanos se originaron a partir de otros animales por medio de un desarrollo gradual. La lógica de Anaximandro era que los humanos necesitan de muchos cuidados para poder sobrevivir, incluso varios años después de nacer. Por lo tanto, no hubiera sido posible que sobrevivieran en un entorno salvaje y lleno de depredadores, enfermedades y otras dificultades.

Más adelante, otras nociones similares a las ideas de Darwin fueron propuestas por Empédocles, Epicuro y Lucrecio. La hipótesis de Empédocles (490 – 430 BCE), por ejemplo, era que las partes del cuerpo eran ensambladas al azar por la naturaleza—por ejemplo cabezas sin cuello, piernas sin rodillas o torsos con tres brazos—y que las combinaciones que resultaban útiles eran las que finalmente sobrevivían. Los errores de Empédocles son obvios, pero su hipótesis puede ser considerada como una versión simplista y alusiva a la selección natural darwiniana; y por muy estúpida que nos pueda parecer actualmente, tenía una característica extraordinaria: intentaba explicar la naturaleza del Universo sin apelar a mitos, magia o religión, sino a medios y causas enteramente naturales.

Este fenómeno revolucionario en el pensamiento humano es ahora conocido como “el milagro griego” (The Greek Miracle). En retrospectiva, Anaximandro y Empédocles iban por el camino correcto a pesar de que sus respectivas hipótesis carecían de un mecanismo plausible que las llevara a cabo en la naturaleza. Para eso tuvieron que pasar unos 2.300 años y la mente brillante de Charles Darwin. Fue él quien finalmente propuso un mecanismo plausible por medio del cuál la naturaleza pudiera ensamblar seres vivos a través de cambios graduales. Es, en la actualidad, el único mecanismo conocido con la capacidad de crear seres vivos con la apariencia de haber sido “diseñados”: la selección natural.

Darwin llegó a darse cuenta de esto luego de muchos años de cuidadosas observaciones y meticulosas investigaciones que comenzaron con su viaje a América a bordo del Beagle. A pesar de que tuvo preparada su teoría básica alrededor del año 1838, retrasó la publicación por varias razones. Constantemente estaba enfermo—algunos biógrafos dicen que pudo haber sido hipocondríaco—tenía miedo de ser perseguido por los religiosos, de ofender las sensibilidades de sus amigos cercanos y de su esposa Emma.

En 1855, un hombre llamado Alfred Russel Wallace desarrolló una teoría muy similar a la de Darwin, aunque no con el mismo nivel de detalle. Se dice que esta fue una de las razones por las que Darwin decidió publicar su propio trabajo: evitar que Wallace se le adelantara. Finalmente, Darwin publicó su obra el 24 de noviembre de 1859 bajo el título: On The Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life (Sobre el origen de lase species por medio de la selección natural, o la preservación de razas favorecidas en la lucha por sobrevivir). 

A partir de allí, la teoría de Darwin fue ganando aceptación lentamente en la comunidad científica, hasta llegar a ser la teoría unificadora de las ciencias biológicas que es hoy en día. Nada en la biología tiene sentido si no es a la luz de la evolución. A pesar de que hay muchas cosas que Darwin no conocía y sobre las cuáles únicamente pudo especular, su idea central ha sido confirmada una y otra vez por una amplia variedad de disciplinas como la genética, anatomía comparativa, embriología, geología, biogeografía y paleontología. Contrario a lo que muchas personas malintencionadas o desinformadas quieren hacer creer, tanto la selección natural y la especiación han sido observadas en la naturaleza y en el laboratorio. Un ejemplo particularmente asombroso es el de una lagartija descubierta en plena transición de reproducción ovípara a vivípara.

Lamentablemente, aun hay personas que la rechazan basándose en hechos que no tienen absolutamente nada que ver con ciencia, sino con religión. Hay muchísimas personas que no la aceptan porque está en conflicto con su concepción mágica del mundo; hay otros cuyo ego no les permite superar la mentalidad infantil de ser “algo especial” en lugar de animales como las cebras y los chimpancés; y otros que simplemente son ignorantes. Esto último no tiene nada de malo, el problema ocurre cuando la ignorancia se quiere hacer pasar por conocimiento.

En mi experiencia, el número de personas que rechazan la evolución por una combinación de religión e ignorancia sobre lo que están rechazando es escandalosa. El argumento que siempre surge es que la evolución “obviamente es una mentira” porque “nadie ha visto a un chimpancé parir a un humano.” Cualquier persona con una comprensión básica de lo que la evolución por selección natural implica, se da cuenta del craso error que esta línea de argumentación demuestra: No “venimos del mono”, sino que tenemos un ancestro en común, y por tanto, estamos estrechamente emparentados con los primates. Es decir somos primates y nuestro pariente evolutivo más cercano es el chimpancé, seguido por el bonobo, el gorila y el orangután. Hay bastante evidencia que abarca muchas disciplinas que lo comprueban más allá de cualquier duda razonable.

Si usted no está familiarizado con las maravillas de la evolución, le recomiendo que trate de informarse un poco. No sólo va a crecer su conocimiento sobre la forma en la que el mundo realmente funciona, sino que le aseguro que sentirá un asombro profundo. Aparte de una relativa humildad, no se me ocurre una palabra en español para describir la sensación que causa el darse cuenta de que todos los seres vivos que han existido en este planeta—incluyendo a nuestras amadas mascotas y la manzana que nos comimos en el desayuno—somos parientes. En inglés existe una expresión que creo que da en el clavo: it’s mindfucking.

En años recientes, debido a que se cumplieron 150 años de la publicación del Origen y 200 años desde el nacimiento de Darwin, se publicaron varios libros sobre el tema. Personalmente, recomiendo The Greatest Show on Earth de Richard Dawkins, Why Evolution is True de Jerry Coyne y Your Inner Fish de Neil Shubin. Si aun no ha leído el libro que lo comenzó todo, también recomiendo una excelente nueva edición del El origen de las especies que es un facsímil de la primera edición con anotaciones sobre el entendimiento científico actual de las ideas de Darwin.

Como dijo Darwin en la última frase del Origen, y que no me atrevo a traducir porque pierde mucho de la poesía del idioma original:

“There is grandeur in this view of life, with its several powers, having been originally breathed into a few forms or into one; and that, whilst this planet has gone cycling on according to the fixed law of gravity, from so simple a beginning endless forms most beautiful and most wonderful have been, and are being, evolved.”


* Publicada originalmente en Plaza Pública.

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

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