Espiritualidad naturalista

“En algunos aspectos la ciencia ha superado ampliamente a la religión en lo que a provocar asombro se refiere. ¿Cómo es posible que casi ninguna religión importante haya analizado la ciencia y concluido: «¡Esto es mejor de lo que habíamos pensado! El universo es mucho más grande de lo que decían nuestros profetas, más preeminente, más sutil, más elegante. Dios tiene que ser aún más grande de lo que habíamos soñado.»? En lugar de eso, exclaman: «¡No, no y no! Mi Dios es un Dios pequeño, y quiero que siga siéndolo.» Una religión, antigua o nueva, que subrayara la magnificencia del universo como la ha revelado la ciencia moderna, podría ser capaz de levantar reservas en la reverencia y el temor apenas intuidas por los credos convencionales. Tarde o temprano deberá surgir una religión así.” —Carl Sagan.

No es ningún secreto que la mayoría de habitantes del planeta tienen una concepción dualista del mundo. Es decir, creen en la existencia de un mundo natural con átomos, moléculas, químicos y cosas mortales, y otro sobrenatural habitado por almas, espíritus, lo “divino” y otros fenómenos sobrenaturales; de un plano material y otro “espiritual.”

Esto ha tenido un efecto muy particular en la forma en la que la humanidad comprende la “espiritualidad”—así, entre comillas, a falta de un mejor término. Esta ha sido absorbida y monopolizada por la religión y el misticismo, al grado de afirmarse que a menos de que se crea en la existencia de lo sobrenatural —cualquiera que éste sea— una persona simplemente no puede ser “espiritual.” Es decir, es una persona incompleta que vive una vida vacía, sin sentido y que ni siquiera debería de molestarse en levantarse de la cama en las mañanas.

Pero ¿hace esto algún sentido? ¿De verdad es necesario creer en cosas poco probables sobre la naturaleza del Universo para encontrarle sentido a nuestras vidas; para sentir algún tipo de asombro, de reverencia, de una conexión “espiritual” con todo lo que nos rodea?

Por supuesto que no.

Para ilustrar el punto, pensemos en qué sucedería si un día toda la humanidad se despertara en un estado de total ignorancia y confusión; con que todo nuestro conocimiento del mundo ha sido borrado de nuestras mentes junto con nuestras creencias, nuestra ética y nuestra moral. Todos nuestros archivos, bibliotecas, museos y galerías de arte siguen estando allí, pero somos incapaces de comprender lo que se encuentra adentro. Seguimos teniendo los mismos recursos naturales, pero no tenemos ni la más mínima idea de cómo utilizarlos.

Como señala el escritor y neurocientífico Sam Harris, ¿en qué punto de todo el largo y arduo proceso de recuperación de nuestra humanidad nos resulta indispensable saber que Jesús nació de una virgen o que murió y resucitó al tercer día?

En el caso de que estas cosas fueran ciertas, ¿cómo nos enteraríamos siquiera de que ese es el caso? ¿Leyendo la Biblia? Resulta bastante difícil imaginar qué es exactamente lo que nos haría pensar que ese grueso volumen de pasta negra que se asienta en una de tantas repisas llenas de libros y que nos cuenta la historia de Yahweh y de su hijo Jesús es diferente a, digamos, otro grueso volumen en otra repisa que nos cuenta la historia de Allah y su profeta Mahoma; o quizás a otro libro —menos voluminoso— escrito por un tal Hesíodo, que nos describe la creación del Cosmos y las vidas de unos seres poderosos y antropomórficos con nombres como Zeus, Apolo y Artemis que habitan un lugar llamado Olimpo.

No sé si usted, estimado lector, estará de acuerdo conmigo pero me parece que este simple ejercicio mental logra colocar a todas las creencias religiosas al mismo nivel y atesta un golpe mortal a la supuesta relevancia monopólica que las diferentes religiones del mundo reclaman sobre las espiritualidad humana—y no digamos también a su credibilidad en cuanto a las aseveraciones que hacen sobre el mundo natural.

Aun entendiendo este importante punto, me parece que nuestra curiosidad, nuestro impulso natural a formular preguntas sobre nuestra existencia y a buscar respuestas que nos satisfagan siguen intactos. Pero, ¿cómo proceder? ¿Existe algo que esté a la altura del reto de proveer a la humanidad con una profunda conexión con la vida, con el Cosmos; de movernos por dentro; de llenarnos espiritualmente; de darnos sentido y significado?

Yo pienso que sí, y no es necesario volver a cometer el mismo error de apelar a entidades mágicas, abstractas e inmateriales; en mi experiencia, el mundo natural —el único que podemos decir con algún grado de seguridad que existe— es más que suficiente.

Intentemos, por ejemplo, pensar en la edad y el tamaño del Universo. Como nos dice el elocuente y bienhumorado escritor de ciencia ficción Douglas Adams en su trilogía de cinco libros, La guía del viajero intergaláctico (The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy), “El espacio … es grande. Muy grande. Usted simplemente se negará a creer lo enorme, lo inmensa, lo pasmosamente grande que es. Quiero decir que quizá piense que el camino hasta la farmacia al final de la calle es largo, pero eso no es nada comparado con el espacio.” Y es que nuestros cerebros primates evolucionaron para llevar a cabo labores básicas de supervivencia en esta diminuta roca en órbita alrededor del Sol, no para concebir distancias de millones, billones o trillones de kilómetros.

Lo que la ciencia moderna nos ha revelado con un margen de error de 0.4% es que el Universo tiene una edad de 13 mil 772 millones de años (13,772,000,000). Nadie sabe exactamente qué forma y qué tamaño tiene el Universo. Nos estamos acercando a una respuesta, pero aun es materia de debate entre la comunidad científica. Lo que sí sabemos con bastante exactitud es el tamaño de la porción del Universo que podemos observar: una esfera con centro en la Tierra de aproximadamente 47 mil millones de años luz (47,000,000,000). Un año luz equivale a la distancia que la luz viaja en el vacío del espacio en un año—es decir, 9,460,730,472,580.8 kilómetros. Esto sitúa al tamaño del Universo visible en 8.7984793 x 10^26 kilómetros; es decir, unos 8,798,479,300,000,000,000,000,000,000,000,000 kilómetros. Una cantidad imposible de imaginar con nuestros cerebros de primate, pero posible de medir y calcular matemática y científicamente.

La galaxia que habitamos—la Vía Láctea—tiene aproximadamente unos 100,000 años luz de diámetro, es decir unos 9,460,730,472,580,800,000 kilómetros. La galaxia más cercana a la nuestra—Andrómeda—está a unos 2.5 millones de años luz de distancia; convertido a kilómetros, la cifra es de 307,473,740,000,000,000,000,000,000. Según estimados, probablemente hay más de 100,000,000,000 galaxias como esta; las más pequeñas tienen aproximadamente 10 mil millones (10,000,000) de estrellas y las más grandes hasta 1 billón (1,000,000,000,000). Un estudio reciente estimó que la cantidad de estrellas en el Universo visible puede ascender a 300 sextillones (300,000,000,000,000,000,000,000 en la escala corta).

Si contemplar toda esta absurda cantidad de ceros le parece algo “frío” y no funciona para moverle un poco el suelo, le recomiendo que intente moverse hasta algún lugar con cielos oscuros, lejos de la contaminación lumínica de las ciudades y los pueblos pequeños—un lugar ideal para esto es el área de hoteles dentro del Parque Nacional Tikal. Escoja una noche sin luna en pleno verano (junio, julio y agosto), póngase cómodo y vea hacia arriba. Si tiene suerte y el cielo está despejado, por allí de las 2 de la madrugada, verá cómo comienza a asomarse la vía láctea en el horizonte. Le aseguro, casi sin temor a equivocarme, que su vida no será la misma luego de este impresionante y majestuoso espectáculo.

Y esto sin mencionar la ridícula serie de eventos improbables en el Cosmos que condujeron a la creación del sistema solar, de la Tierra, del ADN, de usted y yo. Como lo pone el biólogo Richard Dawkins al principio de su libro dedicado a la poesía que el conocimiento científico es capaz de evocar, Destejiendo el arcoíris (Unweaving The Rainbow):

“Vamos a morir, y esto es una suerte. La mayoría de gente no tendrá oportunidad de morir porque nunca habrá nacido. Las personas que podrían haberse encontrado aquí en mi lugar y que nunca verán la luz del día son más numerosas que los granos de arena de Arabia. Estos fantasmas no nacidos seguramente incluyen poetas más grandes que Keats y científicos más grandes que Newton. Podemos asegurarlo porque el conjunto de individualidades posibles que permite nuestro ADN excede con mucho el de personas reales. Entre las incontables posibilidades que podrían haberse materializado, somos el lector y yo, en nuestra medianía, los que estamos aquí.”

Por supuesto que no todo en el Universo es maravilloso. Es muy fácil—aunque no por esto muy común—sentarse a meditar sobre cosas como las que Sagan o Dawkins nos transmiten a través de sus poéticas palabras cuando no se tiene la preocupación de dónde diablos se va a sacar el dinero para el almuerzo; cuando tenemos un techo seguro; cuando no tenemos que preocuparnos porque nos arranquen la vida en la calle por un celular. Según datos de UNICEF, unos 26,000 niños mueren a diario en el mundo a causa de la desnutrición. Eso quiere decir que en el tiempo que me tomó escribir esta columna, murieron unos 2,200 niños, entre los que pueden contarse muchos que nunca probaron un bocado de comida desde que llegaron al mundo.

Corríjame si me equivoco, ¿pero tratar de eliminar este horror del mundo no es motivación suficiente para levantarnos de la cama todas las mañanas? ¿Acaso el dejar de comportarnos como imbéciles egocéntricos y utilizar nuestro tiempo, nuestro cerebro, nuestra voluntad, nuestra empatía para construir un mundo en el que aparte de no tener que sufrir por cubrir nuestras necesidades básicas, todos tengamos la oportunidad de sentarnos a contemplar la Vía Láctea y dejarnos llevar por su majestuosidad?

Una vez más, para ninguna de estas cosas es necesario creer en cosas poco probables sobre la naturaleza del Cosmos. Basta con dejar atrás las tonteras de la infancia de nuestra especie y querer conocer un poco más; encontrar una espiritualidad completamente naturalista.

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

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  • […] de creencias religiosas o superstición. De hecho, se acepta entre los no-creyentes la noción de espiritualidad naturalista, como una especie de regocijo por sentirse en armonía con la naturaleza, sabidos que somos parte […]

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