Las inmóviles formas del cónclave

Y ahora que los cardenales de la Iglesia católica romana se retiran a la capilla Sixtina y que hordas de periodistas revolotean sin respiro por la plaza de San Pedro, una pregunta por encima de muchas otras queda en el aire: ¿trazará el próximo papa el curso de un cambio de verdad significativo para la Iglesia, que ciertamente le vendría muy bien?

La respuesta está en la naturaleza y en la composición mismas del cónclave. No.

Mucho de lo que ha erosionado la autoridad de la Iglesia, y que debe abordarse, es su adicción al secretismo, su rechazo a la transparencia. Esto fue la causa de su chapucera y desastrosa respuesta a la crisis por los escándalos de abusos sexuales infantiles. Es la raíz del problema con el banco del Vaticano. También es la causa de que la atención pública dedicada al capítulo final del reinado del papa Benedicto XVI estuviera dominada por comentarios sobre filtraciones y affaires y teléfonos intervenidos y dossiers. Cuando una organización se envuelve de misterio, es tratada invariablemente como una cuna de intrigas.

Y, sin embargo, he aquí a sus dirigentes designados entre ellos mismos, levantándose un muro para tomar la más importante decisión sobre el gobierno de la Iglesia, en aislamiento y privacidad totales. Guardarán solamente sus propios consejos. Le hablarán al mundo externo en señales de humo.

No hay ningún mandato bíblico sobre esta práctica. No se remonta a los orígenes de la Iglesia. Evolucionó, en parte, a partir del cónclave más largo que hubo, en el siglo XIII, cuando a los dirigentes de la Iglesia los encerraron personas que esperaban nerviosamente una decisión e intentaban así apresurar las cosas.

Pero los dirigentes ahora se enclaustran por su propia voluntad, y obligan a cualquiera que entre en contacto con ellos durante el cónclave —enfermeras, digamos, u oficiales de seguridad— a jurar que no revelarán nada de lo que hayan sido testigos, so pena de excomunión. Sería muy difícil encontrar un mejor ejemplo del limitado interés de los cardenales por la entrega de cuentas humanas (en contraposición con las divinas), o por su distanciamiento de los fieles que se sientan en los bancos de los templos, relegados una y otra vez a ser espectadores y súbditos solícitos.

Los 115 electores, que son también los candidatos, son mucho más similares entre ellos que diferentes. Todos son hombres, por supuesto, y a todos los elevó a sus posiciones uno de los últimos dos papas, quien a menudo recompensaba a líderes que tuvieran orientaciones teológicas que fueran el espejo de las de aquel. Esta es una receta para la continuidad, no para la turbulencia.

Su edad promedio es de 72 años, y constituyen una discordancia geográfica con la distribución global de los católicos. Menos de uno de cada 20 católicos reside en Italia, mientras que casi uno de cuatro electores es italiano. Europa cuenta con cerca de 24 por ciento de la población católica del mundo, pero tiene más del 50 por ciento de los cardenales con derecho a voto en este cónclave.

Todo lo cual nos lleva a decir que la Iglesia no es ninguna democracia. Hasta cierto punto, tampoco debería serlo. Su estrella polar no es aquello que más les gusta a sus ciudadanos, por así decirlo, sino aquello que es más fiel a Dios.

Y, para los cardenales frente al timón, toda la idea de contemplar un nuevo rumbo contradice lo que ven como la custodia de verdades eternas, inalterables. Miran al cambio con profunda sospecha. Lo juzgan casi en su totalidad como indeseable.

El cardenal Timothy Dolan, arzobispo de Nueva York, más o menos lo afirmó en una reciente homilía en Roma, cuando dijo que «la naturaleza misma del papado es transmitir fielmente lo que Dios nos dijo de Jesús, lo que Jesús les dijo a sus apóstoles, y lo que sus apóstoles nos transmitieron a nosotros: Tradición, con “t” mayúscula».

Esa es una perspectiva entendible. Aferrándose a sus propias formas, la jerarquía católica romana ha sobrevivido a otras clases dirigentes. A pesar de la considerable agitación, a pesar de todos los escándalos, gran parte del mundo vuelve su mirada hacia Roma esta semana.

Pero lo que Dolan y sus pares no observan es cuántas facetas de la tradición que protegen tercamente reflejan en realidad la interpretación subjetiva, decididamente humana, que ellos y sus predecesores han hecho de cómo habla Dios y qué es lo que quiere. Hay formas que la Iglesia podría modificar sin ceder con simpleza a la opinión pública o sin perder almas. Y el grado correcto de adaptabilidad podría fortalecer la autoridad moral de la Iglesia institucional, en lugar de comprometerla.

Por lo menos son predecibles. Y aunque puede que sea imposible adivinar si el próximo papa vendrá de Europa o América Latina o incluso de África, es casi seguro que seguirá y mantendrá la opacidad de la Iglesia, preservará los requisitos actuales del sacerdocio y permanecerá en el mismo curso.

Y a muchos católicos ilusionados y dolidos se les dejará en el mismo lugar en que estaban bajo el papado de Benedicto: con una fe cuya esencia los abriga, pero cuya administración formal los deja a la intemperie.
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*Artículo publicado originalmente en The New York Times, el 11/03/2013 por Frank Bruni y traducido por Ramón Urzúa-Navas. El blog «Guatemala Secular» reconoce todos los derechos de este artículo a The New York Times y su autor. Su reproducción y traducción en este espacio se dan exclusivamente como forma de divulgación de conocimiento y sin fin alguno de lucro.

Ramón Urzúa-Navas

Soberanía orgánica con alguna conciencia de sí misma. Habita Sobrevive de momento en Nueva York Chicago, Subsiste indefinidamente en Guatemala (y desempleado). en una de cuyas universidades persigue la obtención de un doctorado donde se plantea seriamente el abandono de la academia. Tiene claro que lo emborrachan la poética, la retórica, la gramática, la filología, la estética, la metafísica, la historiografía, las ciencias, las culturas, los vinos, usted y otros asuntos misteriosos. Ha sido corrector intransigente, catedrático inexperto, traductor plurilingüe, barman ocasional y a veces bohemio, para menor gloria de dios. Aspira a articular alguna coherencia posmoderna mientras cree en un planeta menos bestial. Todo lo demás carece de importancia.

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