Una teocracia que no representa a sus súbditos

El Obispo de Roma es el Jefe Supremo de la Iglesia Católica y cuenta con poderes monárquicos, pues monopoliza la emisión de nueva legislación y la reforma de vieja, ejerce funciones de juzgador, y es también la cabeza del Estado Vaticano. En la figura del Papa confluye el poder terrenal (político) y el espiritual (líder religioso). Su ámbito de influencia es mundial, pues más de un millardo de personas se considera como fieles de dicha Iglesia, sometiéndose así a su jurisdicción en asuntos importantes como el matrimonio, por medio del Derecho Canónico, y obedeciendo en cierta medida lineamientos de conducta sexual-reproductiva que chocan frontalmente con disposiciones legales de otros Estados soberanos cuya legitimidad proviene del régimen democrático –como en los delicados temas del aborto, el matrimonio entre homosexuales, y hasta el uso de anticonceptivos.

La legitimidad del Papa para ejercer su autoridad sobre millones de personas, incluso otros monarcas durante casi veinte siglos, viene de un libro considerado como sagrado pues se cree que fue inspirado o revelado por Dios mismo. La Biblia, sin embargo, no es un manual de conducta sin inconsistencias, por lo que su aplicación práctica depende de la interpretación de personas de carne y hueso, no ángeles. Y resulta que el Papa tiene la última palabra con relación a cómo debe interpretarse y aplicarse esa supuesta Palabra de Dios. Incluso se dogmatiza que el Papa es infalible. Por eso se le denomina representante de Dios en la Tierra –el Vicario de Cristo, que es el Hijo de Dios y al mismo tiempo es Dios.

Debido a que es una monarquía sin descendientes directos que puedan ser considerados como legítimos herederos, al menos formalmente reconocidos –“sobrinos” les llamaba el Papa Borgia, resulta que los mismos Cardenales o Príncipes de la Iglesia nombrados por Papas anteriores son los que gozan del privilegio para seleccionar a un nuevo Papa. Selección, que no es lo mismo que elección, porque no cualquiera puede aspirar a serlo, ni aplican los criterios de la democracia liberal y representativa del Occidente que poco a poco ha ganado aceptación a nivel global.

Por ejemplo, más de la mitad de los católicos no pueden aspirar a ser Papa, o más bien Mama, por el hecho de ser mujeres. La Iglesia Católica mantiene un modelo patriarcal de exclusión de las mujeres respecto a cargos en la jerarquía eclesial y del ejercicio del ministerio sacerdotal, basándose en una teología maltrecha y machista que se defiende hasta con la censura contra las disidentes –como ocurrió con la asociación estadounidense más grande de religiosas, The Leadership Conference of Women Religious. Es decir que la Iglesia Católica tiene más de un siglo de retraso respecto a la inclusión de la mujer en la toma de decisiones políticas –en Nueva Zelandia fue donde primero pudieron votar en 1893, mientras que en EE.UU. fue hasta 1920.

Los criterios de representación proporcional del voto tampoco aplican para el Cónclave. Las Américas, por ejemplo, estarán sub-representadas pues aunque cuentan con el 50 por ciento de los fieles católicos en el planeta los Cardenales electores del continente sólo representan el 29 por ciento de los 115 con derecho a voto. En contraste, Europa con solo el 27 por ciento de la población católica estará sobre-representada con un 52 por ciento de los electores. Dicho de otra manera, habrá dos votos por cada 10 millones de católicos europeos, pero únicamente 0.6 votos por el mismo número de creyentes latinoamericanos.

Si es una teocracia y, por lo tanto, la legitimidad le viene “de arriba” ¿por qué preocuparse por la legitimidad que dan los números de la representatividad y proporcionalidad que nos obsesiona en los regímenes democráticos? Por una sencilla razón: en la era del conocimiento y de las tecnologías de la información, que han facilitado la caída de regímenes laicos y religiosos de corte autoritario, la legitimidad democrática se hace indispensable. Ya no basta decir que el Espíritu Santo ha iluminado a los sacerdotes que se encuentran en la cúspide del poder. Ellos ya no tienen el monopolio del conocimiento, mucho menos de La Verdad, lo cual les hace vulnerables al cuestionamiento de las masas cada vez menos ignorantes y sumisas.

Carlos Mendoza

Soy centroamericano, economista y politólogo, socio-fundador de Central American Business Intelligence (CABI). Nací y crecí dentro de una familia ladina y católica de clase media urbana, pero con profundas raíces históricas en la Verapaz y el Petén. He estudiado ingeniería (URL), teología (UCA e ITAM), economía (UFM), y política (Stanford y Notre Dame). Y ahora me he dado cuenta que me encantan las ciencias cognitivas y la psicología evolutiva. A los 22 años me desencanté de las religiones y poco a poco me he convertido en un escéptico. Me interesan los problemas socioeconómicos y culturales de Guatemala y América Latina, pero aspiro a ser cosmopolita. Mis principales trabajos en el pasado han sido en CIEN y PNUD.

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