No hay nada sagrado

Steve Jobs era un egoísta, que nunca hizo obras benéficas por estar diseñando computadoras fresa y ganando muchísimo dinero con ello. Y dónde dejamos a Bill Gates, que ahora se jacta de combatir el paludismo con los millones que nos sacó a todos con el monopolio de Windows.

Muy listo sería Einstein, pero era un mujeriego que dejó a su primera esposa. Michael Jackson era pedófilo, y Mozart un ególatra insoportable, con todo y su música.

Karl Marx era un chambón dispéptico, incapaz de mantenerse si no fuera por la fortuna de su pendejo amigo, Engels. Y encima se equivocó brutalmente sobre dónde iría a parar la historia. Y el Che, como Lenin, enamorados de las armas para cambiar a los que no pudieron convencer. Así quién no.

Y bueno, Jesús, si existió acaso, que los historiadores todavía no lo pueden garantizar, tendrá que haber sido esquizofrénico, o al menos tenido unos delirios de grandeza para camisa de fuerza. La Madre Teresa trataba con tacañería legendaria a sus pobres beneficiarios, que encima tenían que agradecérselo. Mientras tanto, Josemaría Escrivá siempre estuvo demasiado cómodo con los regímenes fascistas del sur de Europa. Y ni hablar de los pastores evangélicos y el dinero.

Hablando de dinero, dónde queda el finado Muso Ayau. Una vida predicando el mercado libre, pero eso sí, su manejo monopólico de los gases, ni se le ocurra mencionarlo.

Bueno, ya que hablamos de chapines, ¿Qué decir de Arévalo, con su “socialismo espiritual”, salida fácil para no admitir su propio clasismo? O Arbenz, que no tuvo las agallas para resistir hasta lo último, como Allende. Por cierto, el mismo Allende que se suicidó… ¿faltará decir más?

Con suerte, a estas alturas ya lo habré ofendido. Habré llegado al punto donde, así como a mí me tembló la mano escribiendo, usted leyendo habrá dicho “hoy sí, esta es demasiado”.

Lo curioso es que casi seguramente las cosas que le indignaron a usted no fueron las mismas que a mí, y entre un lector y otro tampoco habrán coincidencias. Mientras el cristiano se ofende por las referencias a Jesús, el católico sonríe por el comentario sobre los evangélicos. El socialista se regodea por la puntada contra el fundador del Opus Dei, pero se indigna por haberme pasado trayendo a Arbenz, no digamos a Marx o el Che, si es comunista.

Al que le gusta la tecnología dirá que los ególatras como Jobs son el precio de la creatividad, e igual dirán los musicófilos sobre sus respectivos íconos. El libertario descontará la sacada a relucir de Ayau como pura pirotecnia.

Pero no es simple gana de ofender la que me tiene en estas. Ese Cristo que unos elevan a la divinidad marcó distancia de la secta farisaica, tanto que hoy fariseo significa hipócrita. Llamó hipócritas a los que entraban al Santo de los Santos. Habráse visto semejante barbaridad. Allí está el punto.

En el momento que ponemos algo más allá de la duda, más allá del cuestionamiento, en ese momento que lo hacemos sagrado, deja de poderse mejorar.

Las religiones hace mucho tiempo descubrieron que en un feroz ataque está la mejor defensa: “¡no respetan a la fe!” Y con eso se evitan tener que dar explicaciones creíbles. Igual lo han hecho los más recientes fanatismos doctrinarios -mercantilismo simplón, comunismo de panfleto, idolatrías de este mundo o del otro- todo con el sencillo propósito de alargar su impostura, ¡y funciona! Por algo tenemos aún religiosos vestidos en ropa del siglo XIII, universidades enseñando doctrinas del siglo XIX, y oscuras autoridades escondiendo imágenes que no son Cristas Desnudas, mientras su patriarcado se comienza a ver raído y se nota tanto, tanto su mediocridad.

Así que le dejo con un ruego, una exhortación: desconfíe de los cotos sagrados, desconfíe de los que le digan que hay cosas que no se cuestionan, que no se tocan. Nada es sagrado, si con ello significa que no se pueda criticar. Porque de la crítica bien construída -que no es igual a una tibia “crítica constructiva” que nos dice sólo lo que queremos oír- nace el cambio y la oportunidad para el progreso.

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Félix Alvarado: guatemalteco, médico y cirujano. Dedicado a la consultoría en temas de desarrollo social. Correo electrónico: felix.alvarado.99@gmail.com

Este texto fue publicado originalmente en ¿Y ahora qué, muchá?

1 Comment

  • Reply March 25, 2013

    mblanco

    Me parece muy realista y por raro que parezca concuerdo con todo, al final todos queremos poner en pedestal a “alguien” lo hacen cuando se enamoran, por un cantante, actor/actriz, religion, pais, raza, o porque si te doy Q100 ya me pones en un pedestal, etc… asi pasa.

    Si algun dia paso a la historia me gustaria que fuera algo como:
    “Claro edificó hospitales y escuelas, eso si, era critico, egoista, loco y no respetaba a ninguna religion, no ayudaba al pobre dando limosna en la calle, se creia superiror a todos, etc…”
    suena bien, hay que ver que sucede.

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