El Ayatola de Guatemala

En aquel tiempo tomamos todas sus ciudades, y exterminamos a hombres, mujeres y niños de cada ciudad. No dejamos ningún sobreviviente. […] Y destruirás a todos los pueblos que el Señor tu Dios te entregue; tu ojo no tendrá piedad de ellos; tampoco servirás a sus dioses, porque esto sería un tropiezo para ti. —Deuteronomio 2:34, 7:16
Democidio: genocidio, politicidio y masacres

Muchos piensan que la Segunda Guerra Mundial ha sido la más mortífera de la historia, con aproximadamente unos 60 millones de personas muertas. Entre ellas, unos 6 millones de judíos víctimas del racismo Nazi. Sin embargo, en el siglo XIX hubo una guerra civil en el sur de la China que, al hacerse los ajustes por población, podría resultar aún más mortífera.

Se calcula que en la rebelión liderada por Hong Xiuquan contra la dinastía Qing, entre 1850-64, murieron unos 25 millones de personas. Este líder rebelde afirmaba que en una visión le había sido anunciado que él era el hermano menor de Jesucristo y que su misión era reemplazar al confucianismo, el budismo y las demás creencias tradicionales chinas por el cristianismo. Su meta era instaurar un “Reinado Celestial” por medio de reformas sociales inspiradas en sus creencias religiosas. Las mismas le fueron enseñadas por el misionero evangélico estadounidense Edwin Stevens y por el bautista Issachar Jacox Roberts. Durante unos 13 años, Xiuquan logró establecer su propio Estado, llegando a controlar unos 30 millones de personas, hasta que fue derrotado con la ayuda de los franceses e ingleses.

La comparación de ambas guerras es pertinente para resaltar el efecto negativo de las creencias religiosas en combinación con el poder de las armas y la megalomanía. Hitler exterminó a casi dos tercios de los judíos europeos por sus ideas de superioridad racial, mientras que Xiuquan creó una división basada en las creencias entre una población étnicamente muy homogénea, los Han (aunque sí aprovechó el hecho de que la élite gobernante era de un clan del norte, los Manchú). Por eso, es importante entender que la definición de genocidio no se limita al exterminio de un grupo por su etnicidad o raza, sino también puede ser motivado por sus (in)creencias. Lo primero generalmente ocurre cuando una mayoría o minoría étnica llega al poder y utiliza al Estado para eliminar a sus rivales étnicos. Lo segundo no necesariamente requiere una diferenciación étnico-racial sino de credos.

Como nos ilustra Steven Pinker, en su más reciente obra sobre el comportamiento violento de los humanos modernos (The Better Angels of Our Nature, Why Violence has Declined; 2011), la eliminación masiva de personas por lo que son, y no por lo que hacen, por parte de quienes detentan el poder coercitivo del Estado, se llama democidio. Dicho término, propuesto por Rudolph Rummel, incluye el genocidio, el politicidio y las masacres cometidas por un gobierno. El término politicidio se utiliza para casos de eliminación masiva de rivales ideológicos, lo cual me ha parecido que refleja mejor la versión comúnmente aceptada de la guerra en Guatemala: un Estado de derecha, eliminando a sus contrincantes de izquierda. Todo ello sin el debido proceso, obviando el principio de presunción de inocencia e ignorando los derechos humanos fundamentales.  Sin embargo, vale la pena considerar otra posibilidad: el genocidio a lo mejor no tuvo la intencionalidad de eliminar grupos étnicos, pueblos o naciones indígenas como tales, sino que el Estado manipuló imaginarios religiosos para deshumanizar al enemigo y así eliminarlo sin remordimiento, y hasta con un sentido de cumplimiento del deber. De hecho, los agentes del Estado siguen pensando que salvaron a la patria del comunismo y se ofenden cuando la evidencia forense les recuerda que masacraron a su propio pueblo.

¡Usted mamá, usted papá…!

Yo recién había cumplido los 10 años de edad cuando fue el golpe de Estado que llevó al poder a José Efraín Ríos Montt. En ese entonces, yo cursaba el cuarto grado de primaria en el Liceo Javier, conocido colegio jesuita en Guatemala. Mis memorias de esos años son bastante claras respecto a ciertos eventos traumáticos.

Por ejemplo, recuerdo bien la tragedia en la Embajada de España ocurrida a principios de 1980 porque el hijo de Jaime Ruíz del Árbol, Primer Secretario de dicha sede diplomática, era mi compañero de clase y amigo en el bus que nos llevaba todas las mañanas a clases. También recuerdo vívidamente el día que el Ejército destruyó por completo una casa de la zona 15, a mediados de 1981, donde se había descubierto un reducto guerrillero, pues vimos desde lejos las columnas de humo cuando regresábamos a casa los que vivíamos por el sector. El destrozo causado se pudo ver durante meses cuando íbamos por el bus hacia la Universidad Landívar a recoger a otros compañeros. Siempre me intrigó lo que había pasado allí, pero nunca nadie me lo explicó.

Entre 1979 y 1980, muchos estudiantes del Liceo Javier y sus familias fuimos víctimas de una campaña psicológica elaborada por gente de extrema derecha que enviaba cartas a nuestros papás insistiendo en que sacaran a sus hijos del colegio porque esos jesuitas eran unos “lobos vestidos con piel de ovejas”. Creo que las acusaciones de comunista iban especialmente dirigidas en contra del Rector, el padre Gama, pero tampoco recuerdo que alguien me dijera porqué ocurría todo eso. De hecho, una de mis críticas a la educación que me brindó el colegio consiste en la ignorancia que fomentaron en nosotros respecto a la realidad e historia política de Guatemala. Seguramente esos años críticos de polarización y violencia política hicieron que durante nuestra secundaria (1985-89) prácticamente no escucháramos sobre el conflicto armado interno, sus causas y consecuencias.

Uno de los episodios que recuerdo muy bien fue, precisamente, el golpe de Estado del 23 de marzo de 1982. Desde el patio del colegio podíamos ver pasar los helicópteros y aviones militares. Sólo me daba cuenta que algo anormal estaba pasando para que las clases se suspendieran abruptamente. En el rostro de mi papá podía leer su preocupación y la incertidumbre que el evento causaba. De los siguientes meses, lo que mi memoria retiene son los sermones dominicales del Jefe de Estado de facto en cadena nacional de televisión.

Con las grabaciones de esos discursos moralizantes de Ríos Montt, a quien el mismo Serrano Elías describía como “un guerrero moral”, se podría reconstruir el modelo mental que él intentaba instaurar en la colectividad.  Allí podríamos identificar bastante bien el paradigma sobre el Estado y la Nación que él compartía con el resto de la élite que lo llevó y le sostuvo en el poder. Seguramente los mayores de 40 años lo recuerdan por sus gritos de predicador diciendo: “Usted mamá, usted papá… ¿estamos?”

En la academia norteamericana ya se han dado algunos esfuerzos en este sentido, como los estudios de Blake Charles Scott y de Virginia Garrard-Burnett, quien explica que “Ríos Montt se creía él mismo un líder profético traído al poder por la providencia en un particular momento de la historia en que él habría de conducir al pueblo de Guatemala contra las fuerzas del mal que lo asediaban por todo lado,” al punto que la revista Newsweek (13 Diciembre 1982) le denominó “El Ayatola de Guatemala”.

Genocidio por motivos religiosos

En torno al juicio por genocidio a Ríos Montt, mucho se ha debatido sobre el racismo que persiste en la sociedad guatemalteca, especialmente al nivel de sus élites, y la posible correlación de esos prejuicios raciales con la intencionalidad de eliminar físicamente a determinados grupos étnicos. Los abogados de la defensa del General retirado, y él mismo, han dicho que no había un plan específico para las matanzas sistemáticas que ocurrieron en el área Ixil, y que ahora nadie niega. También afirman que hubiese sido muy difícil obligar a los miembros de la tropa a matar a otros indígenas como ellos pues, es bien sabido, en las guerras por limpieza étnica es típica la segregación de los bandos enfrentados. Hutus matando Tutsis en Ruanda, por ejemplo.

Sin embargo, las masacres sí ocurrieron. La pregunta que, entonces, necesariamente emerge es: ¿Cómo el Ejército logró convencer a la tropa de matar con tal saña a la población civil, posiblemente simpatizante de la ideología propuesta por la guerrilla, pero indefensa y, al fin de cuentas, ciudadanos del Estado guatemalteco?  La clave está en cómo separar al “Nosotros” del “Otro” considerado como el enemigo a destruir. Si no fue por la diferenciación étnica, explotando el racismo y la discriminación étnica, entonces ¿cómo se hizo?

En el mundo urbano siempre se habló de la lucha de clases promovida por el marxismo: pobres contra ricos. Teóricamente, esa división socioeconómica exacerbada por la desigualdad en la distribución del ingreso sería suficiente para movilizar a unos en contra de los otros. Pero nos toparíamos con el mismo problema. ¿Por qué la tropa del Ejército, pobres también, irían a eliminar a sus compañeros de clase? ¿Era un Ejército simplemente al servicio de la clase acomodada?  ¿El Estado gendarme al que deseaba destruir la guerrilla?

No hemos reflexionado suficientemente sobre el papel segregacionista de las creencias religiosas y su poder movilizador para eliminar el Otro, al considerado como infiel o hereje, al que tiene una cosmovisión distinta y que por el simple hecho de poseerla pone en duda los dogmas que sostienen la estructura de poder del credo dominante.  De allí, una hipótesis a evaluar:

Al llegar Ríos Montt al poder, siendo él un cristiano fundamentalista de la corriente neo-pentecostal, se entendió a sí mismo como un Ungido, es decir, un designado por Dios para cumplir una misión: rescatar a Guatemala de la amenaza comunista que, según él, estaba muy cerca de implementar una revolución como la nicaragüense o la cubana. Pero debido a sus creencias y dicho delirio de grandeza, la principal amenaza no era la instauración de una dictadura del proletariado, sino el ateísmo que se practicaba en los países del bloque socialista por considerarse la religión como el opio del pueblo.

De tal manera que con Ríos Montt se destruyó el Estado laico instaurado por el liberalismo de finales del siglo XIX y se instituyó un Estado confesional. Esto sería la peor pesadilla para un auténtico liberal: el poder coercitivo del Estado al servicio de una creencia religiosa, es decir, para imponer una única visión del mundo. Posiblemente, así fue como se movilizó a la tropa: para destruir aldeas y exterminar poblaciones enteras sin remordimiento alguno era necesario deshumanizar al que se consideraba como enemigo; y además creerse poseedor de la verdad absoluta en cumplimiento de una misión trascendental, es decir, inspirada por el amor a la patria o la fe en un Ser Superior. Por ello, probablemente, se les inculcó alguna ideología religiosa según la cual el guerrillero y sus aliados personificaban al mal. De allí la insistencia por igualar comunistas con ateos y a éstos con la inmoralidad. Algo que ya había demostrado su eficacia cuando los conservadores católicos del siglo XIX acusaron de algo similar a los liberales anti-clericales.

En realidad, muchos de los simpatizantes con la guerrilla eran creyentes, catequistas, celebradores de la Palabra,  católicos de diversos movimientos, y algunos de ellos estaban influenciados por la Teología de la Liberación, corriente que también aprovechaba el imaginario religioso para invitar a la lucha, aquí y ahora, para la instauración del Reinado de Dios en la Tierra. Es decir que los Otros no carecían de Dios, pero para cualquier fanatismo mesiánico en el poder no hay peor enemigo que uno “disfrazado” de creyente porque no cumple con los mandatos divinos –basta recordar el caso de la Inquisición española que se ensañó especialmente en contra de los judíos conversos. Adicionalmente, el Estado aprovechó las diferencias doctrinales dentro de la Iglesia Católica, que desde Roma condenaba a los teólogos de la liberación, y se llegó a considerar la Biblia misma como un libro subversivo.

Por lo tanto, la promoción de las llamadas “sectas evangélicas” durante los casi 17 meses de Ríos Montt en el poder no era simplemente una estrategia contrainsurgente, un contrapeso del Estado al poder tradicional de la Iglesia Católica que por medio de sus agentes pastorales, incluidos religiosos, sacerdotes y obispos, había tomado partido a favor de las víctimas civiles y denunciaba la injusticia estructural como causa del conflicto mismo. El General se sentía moralmente superior, por lo que creía estar haciendo el bien, y enmarcaba el conflicto no en los términos simplistas de la Guerra Fría (capitalismo vs. socialismo), sino en un nivel más “espiritual”  como le gusta citar con frecuencia a los pastores evangélicos: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne,  sino contra principados,  contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6, 12).

En dicho marco de referencia religioso, entiendo que los acusados sigan defendiendo su inocencia sobre la motivación del genocidio, que entonces ya no sería de limpieza étnica sino “espiritual”. Esta hipótesis, sin embargo, requiere más reflexión y análisis a partir de los textos (Mensajes del Presidente de la República,  José Efraín Ríos Montt. Guatemala, Tipografía Nacional, 1982) y documentos audiovisuales de la época –como este que circula en el Internet, un fragmento del documental titulado “Ensueños blindados” (Mikael Wahlforss, 1983).

Carlos Mendoza

Soy centroamericano, economista y politólogo, socio-fundador de Central American Business Intelligence (CABI). Nací y crecí dentro de una familia ladina y católica de clase media urbana, pero con profundas raíces históricas en la Verapaz y el Petén. He estudiado ingeniería (URL), teología (UCA e ITAM), economía (UFM), y política (Stanford y Notre Dame). Y ahora me he dado cuenta que me encantan las ciencias cognitivas y la psicología evolutiva. A los 22 años me desencanté de las religiones y poco a poco me he convertido en un escéptico. Me interesan los problemas socioeconómicos y culturales de Guatemala y América Latina, pero aspiro a ser cosmopolita. Mis principales trabajos en el pasado han sido en CIEN y PNUD.

2 Comments

  • Reply May 16, 2013

    Sergio Bran

    Estimado Carlos,

    La comprensión de los hechos tiene esa fascinante riqueza polisémica propia de las ciencias, según sea su área de especialidad. Está claro que toda investigación, bien hecha, toda hipótesis bien formulada, nos podrá llevar a aproximarnos mejor al objeto que queremos conocer. Está claro también que la subjetividad del investigador, su acervo y experiencia influirán en esa tarea.

    Me resulta interesante la hipótesis que nos planteas, no obstante, la realidad política y geopolítica de aquella época, solo se puede conocer articulando las dimensiones del poder y las estructuras de significación que le daban sentido. Al respecto, hay, entre muchos, dos hechos que no me cuadran en tu hipótesis: la primera es que las masacres perpetradas en los tiempos del golpista Ríos Montt, ni fueron las primeras, ni tampoco las últimas. Más allá del mesianismo que pudo motivar a Ríos Montt autorizar la masacre tipificada como genocidio, había otras ideologías fundamentadas en la seguridad nacional que impulsaron estas acciones, como las torturas, las desapariciones forzosas, etc. La segunda, es la actuación del ejército. Toda una institución ideologizada e ideologizante, con entrenamientos y adoctrinamientos poderosos, con una enorme capacidad de mostrarse como un medio para la movilidad social precisamente de los jóvenes originarios que al igual que cualquier joven del mundo, son tan susceptibles de manipulación. Los soldados que perpetraron las matanzas en el Sunpul, aquí en El Salvador, nunca fueron guiados por un jefe de Estado que se creyera un mesías, sin embargo, fueron capaces de hacer atrocidades. Cuando los ejércitos entrenan para matar se encargan de que los soldados cosifiquen a su objetivo militar, ese proceso desnaturaliza al enemigo y lo despoja de todo sentido de humanidad. En esto, asociar al enemigo con el diablo, con el maligno por supuesto contribuye a ese objetivo, pero va más allá de una actuación con arreglo a valores y creencias religiosas.

    Sin embargo Carlos, el artículo me resulta interesante. Creo personalmente que Ríos Montt presenta un cuadro clínico psicológico digno de estudio. Una personalidad egocéntrica, inflexible, intolerable, pero también muy inteligente y astuto. Una personalidad que con poder cambia, y es capaz de llevar sus ideas hasta las últimas consecuencias. El dejó una huella triste en el país y ha sido el primer militar con mayor rango posible, juzgado y condenado por ser responsable de la violación de los derechos humanos y de los pueblos.

    • Reply May 17, 2013

      Carlos Mendoza

      Sergio, gracias por tus comentarios. Sobre el primer punto que no te cuadra, es importante distinguir la magnitud de los hechos ocurridos durante los casi 17 meses de Rios Montt en el poder, como se documenta por la CEH y el estudio de Ball et al. Ver aqui las graficas:

      http://carlosantoniomendoza.blogspot.com/2013/05/democidio-politicidio-y-genocidio-en.html

      Por lo tanto, si hubo una diferencia cuantitativa que es necesario explicar. Por otro lado el argumento del racismo no funciona para esta variación o pico, pues racismo siempre ha existido, es como una constante, a no ser que se explique como en esos años se exacerbo, si fuera el caso.

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