El ateísmo no es cosa de mujeres… aún

“…vuestras mujeres callen en las congregaciones, porque no les es permitido hablar, sino que deben estar sujetas, como también la Ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos, porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación…” —Corintios 14, 34-35.

Sin importar la religión, la clase social, la nacionalidad, la raza, e incluso la temporalidad, el ateísmo siempre ha sido una idea mucho más presente entre hombres que entre mujeres. Es la pregunta del millón entre la comunidad atea a nivel internacional: ¿Por qué el ateísmo es desproporcionalmente más común en hombres que en mujeres? Existen varias explicaciones que posiblemente respondan esta interrogante, y se discutirán a continuación haciendo un análisis de cuál es la más factible y el porqué.

En la actualidad, una abrumadora mayoría de paladines del ateísmo son hombres: Christopher Hitchens, Richard Dawkins, A.C. Grayling, Michael Shermer, Carl Sagan, James Randi, Friedrich Nietzsche, Mikhail Bakunin, Albert Einstein, Karl Marx, Buckminster Fuller, etc. etc. etc. La lista es larguísima. Por otro lado, la cantidad de mujeres abiertamente ateas—por lo menos las famosas—es minúscula, y reluce en la actualidad con nombres como Ayaan Hirsi Ali y Sikivu Hutchinson, abismalmente menos famosas que sus homólogos masculinos. Ayn Rand es discutiblemente la mujer no creyente más famosa de la época moderna—tal vez de la historia, pero es conocida mayoritaria y casi exclusivamente en círculos de corrientes filosóficas poco populares. Es por ello que es válido y pertinente averiguar si en efecto hay menos mujeres expresamente ateas, o son los medios los que omiten darles una justa cobertura. Más parece que la primera es una explicación más ajustada a la realidad.

En primer lugar, vale la pena examinar cuál ha sido la influencia histórica del ateísmo en el sexo femenino. Si se analiza el avance de las ciencias, las artes y la filosofía en el mundo occidental, es notorio observar que, en relación a los hombres, son pocas las mujeres que han trascendido como propulsoras del desarrollo de la civilización. Desde los griegos hasta los tiempos modernos, han sido pocos los nombres de mujeres que han quedado guardados para la posteridad. Esto no es pura casualidad. Negar que el machismo—o más acertadamente el patriarcado—sea un fenómeno que ha acompañado a la sociedad desde sus inicios sería pecar de ignorante o deshonesto, la evidencia documental es excesivamente categórica. Este histórico patriarcado ha relegado a la mujer de su participación activa en movimientos intelectuales, científicos y artísticos, para asignarle funciones monótonas, mundanas y hasta denigrantes en algunos casos. La participación pasiva de la mujer en el avance social ha provocado que históricamente la mujer siempre esté situada en condiciones que le dificultan el acceso al conocimiento, y por consiguiente al pensamiento crítico, elementos sine qua non del ateísmo y del escepticismo. Y se enfatiza que no se quiere decir que la mujer no tiene nada que aportar, ya que ha habido científicas que han contribuido sustancialmente en sus campos, pero es un hecho que el apartar a las mujeres de los avances del zeitgeist intelectual, deriva automáticamente en una mayor inclinación al teísmo, ya que donde se asienta la ignorancia, reina la superstición.

Como segundo término, es importante examinar el papel que han jugado las mismas doctrinas religiosas en la marginación de la mujer. Si se examinan las religiones abrahámicas, se observa claramente que la mujer es considerada un ser humano inferior, de segunda categoría, débil e ignorante. En el primer testamento de la Biblia cristiana se presenta como si fuera un ánima débil y tonta que necesita la guía de su esposo, además de que es la culpable del castigo de dios por enredar al hombre en la tentación. El Islam no se queda atrás, ya que en dicha religión la mujer es un objeto que puede ser comercializado a cambio de favores y mercancías, además de que los hombres no tienen un límite de mujeres con quienes se pueden casar. Es una religión tan machista, que en algunos países que adoptan la Sharia—ley islámica—como ordenamiento jurídico oficial, las mujeres tienen prohibido conducir automóviles, hablar con hombres que no sean sus parientes, y asistir a instituciones educativas. Como dato irónico, en Arabia Saudí se acaba de realizar la Conferencia de Mujeres Saudís, sin que haya habido una sola mujer presente. Uno se preguntaría ¿no debería ser este inherentemente abusivo trato hacia la mujer el motivo de su deserción? Pues no. La marginación religiosa de la mujer tiene efectos muy parecidos a los de la exclusión intelectual, debido a que por la falta de acceso a información y conocimiento la mujer es más susceptible a envolverse en las supersticiones que la mantienen esclavizada. También es una especie de síndrome de Estocolmo, ya que algunas mujeres aman ciegamente y defienden con fervor esa atadura mental, social y económica impuesta por el dogma. Nuevamente, la ignorancia e ingenuidad son la mayor ventaja de la devoción religiosa.

Como tercer punto, es absolutamente necesario tratar el aspecto socioeconómico, ya que para algunos este puede ser un factor decisivo, y dada la evidencia estadística pueden estar en lo correcto. Según los datos de World Value Survey, la diferencia porcentual del ateísmo en favor de los hombres por sobre las mujeres es constante. Es muy curioso que inclusive en países en donde la igualdad total de género ya es virtualmente una realidad—impulsada por una fuerte política estatal—como en Noruega o Suecia, la tendencia permanece. Esta evidencia estadística demuestra que en el acceso a recursos educativos, la libertad de optar a puestos de poder y alto poder adquisitivo aún no disminuye significativamente la propensión que tiene el género femenino hacia la idolatría religiosa. En Japón, por ejemplo, donde existe un Ministerio de Igualdad de Género y la paridad entre sexos es mucho más grande que en Guatemala, es en esta última donde la diferencia porcentual entre hombres y mujeres ateos/as es menor. Una mirada a las estadísticas indica que la propensión al ateísmo es menor en mujeres que en hombres aún habiendo igualdad de acceso a todo tipo de recursos. Es evidente que las mujeres tienen una mayor atadura sentimental hacia el teísmo, y es donde entran en juego los factores psicológico y biológico.

La cuarta explicación, choca fuertemente con la visión feminista, que se niega rotundamente a creer que la mujer está biológicamente predispuesta a aferrarse a ideas sentimentales y no racionales. Se parte de la idea de que la mujer es más empática, sentimental, obediente y menos conflictiva, lo cual crea una mayor apertura mental para aceptar ideas no tan racionales como la religión. A mi humilde parecer, esta explicación se queda corta, pues diversos antropólogos—como Gabor Mate, James Gilligan y Robert Sapolsky—han concluido que el ser humano es extremadamente susceptible de ser condicionado por su entorno, y si existe alguna predisposición genética o biológica hacia alguna conducta—en este caso la religiosidad, ésta se activa con las condiciones externas que aquejan a la personas. Históricamente, a las mujeres se les han asignado roles que provocan una intervención emocional más fuerte, como el cuidado de los hijos y la complacencia del esposo, lo cual la condiciona a una apertura sentimental sobre la racional, nublando en cierta forma el raciocinio y la capacidad de pensamiento crítico. Socialmente “la mujer es sentimental, y el hombre es racional”. Esa es una noción que el ateísmo, de la mano del humanismo—no del feminismo, que se ha vuelto radical—deben buscar romper. Las mujeres en países desarrollados, como los Nórdicos, aún están expuestas a prototipos culturales—más extranjeros que domésticos—que les crean una imagen de lo que es ser mujer: la moda, el maquillaje, las películas, la música, la televisión juegan un papel importantísimo.

A mi parecer, el ateísmo entre las mujeres crecerá al mismo ritmo que entre hombres cuando la igualdad de roles sociales se haya consumado totalmente y a nivel mundial. Ello cambiará cualquier predisposición biológica o genética -si se llegara a comprobar científicamente que esta existe- que tiene la mujer para aplicar en menor medida el pensamiento crítico, como mero acto de evolución. El acceso a educación, seguridad económica y estabilidad sentimental son factores que apartarán a la mujer de la necesidad de creer en un ser superior para encontrar consuelo y sentido de pertenencia, y nos acercará a una sociedad secular que causará felicidad y prosperidad para todos.

Giancarlo Melini

Futurista. Escéptico, esporádicamente cínico. Expreso en forma libre lo que considero viciado del paradigma sociocultural que obstaculiza el desarrollo para todos. La espiritualidad es un estado de armonía con los demás y con nuestro entorno, siendo innecesaria cualquier doctrina dogmática que prometa la felicidad. Considero que las soluciones a los problemas se deben pensar utilizando una escala de valores totalmente distinta a la que usamos cuando los creamos. La secularización y la sostenibilidad económica deberían ser un objetivo global. El pensamiento crítico y la apertura mental son mi tarjeta de presentación.

3 Comments

  • Reply August 1, 2013

    Julio Rodríguez

    excelente artículo nomas que Einstein creo que no se consideraba ateo

    • Reply August 2, 2013

      Giancarlo Melini

      En efecto Julio, Eistein no se consideraba ateo sino agnóstico, y no creía en ninguna forma de dios personal. Si de algo estaba totalmente en contra era de las religiones organizadas, por lo que usarlo como ejemplo es aplicable. Saludos.

  • Reply July 22, 2014

    Ricardo Berganza

    ¿Acaso habrá mujeres ateas, que simplemente no asignan importancia mayúscula a desafiar la idea de un dios hombre? ¿Podría ser un asunto de prioridades? Es decir. Ante los retos cotidianos, en medio de un mundo donde la religión tiene tanto peso, tal vez muchas mujeres optan consciente o inconscientemente por el pragmatismo. Una mujer libre todavía genera reacciones machistas en muchos ámbitos, pero una mujer libre y atea, puede ser víctima de mayor represión. Y si no, recordemos, quienes nos decimos ateos, las reacciones de otras personas, que con solo la mención del ateismo, se perciben automáticamente atacadas y acusadas de ser tontas o menos racionales.

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