De teología y otras piruetas mentales

“Un filósofo,” dijo el teólogo, “es como un ciego en una habitación oscura, que busca a un gato que no existe.” “Sí,” contestó el filósofo, “y si yo fuera un teólogo, ¡encontraría al gato!”     (Atribuido a Aldous Huxley)

Creo que una de las consecuencias del desarrollo intelectual de la humanidad es darse cuenta de lo sumamente inadecuada que es la teología, no sólo a la hora de explicar el Cosmos y nuestra relación con Él, sino también cuando indaga en el campo de la moral.

El primer aspecto, Bertrand Russell lo ilustró con claridad y fineza, no en uno de sus acostumbrados ensayos, sino en un cuento corto que recuerda un poco a L’Ingénu de Voltaire. En The Theologian’s Nightmare, Russell cuenta la historia de un teólogo que se muere y llega al cielo. Al llegar, se presenta como “un buen hombre” que se merece entrar por haber “dedicado su vida a la gloria de Dios.”

Lo primero que deja extrañado al portero, es la palabra “hombre.” “¿Qué es eso?” pregunta. El teólogo le responde muy sorprendido que el hombre es la “obra suprema del Creador.” ¿Cómo es posible que no estuviera enterado?

Para la intranquilidad del teólogo, le es comunicado que jamás habían escuchado de tal criatura con tan distinguidas características. Sin embargo, al ver la angustia que invade repentinamente al teólogo, le ofrece la oportunidad de consultar sus inquietudes con el bibliotecario celestial.

Lo que sigue es una lección de geografía e (in)significancia cósmica. ¿Planeta Tierra? ¿Sol? ¿Sistema Solar? ¿Vía Láctea? ¿Qué diablos significan todas estas palabras? Luego de años de consultas, el teólogo ve sus delirios de grandeza y su linaje celestial completamente destruidos. Resulta que el “hombre” no es tan especial como nuestro teólogo creyó, y nuestro planeta no es más que un insignificante punto en un vasto Cosmos (me siento tentado a decir que ocupamos una nimierdésima parte).

Algunos teólogos “sofisticados” le han jugado la vuelta a estas revelaciones e incorporan la existencia de otras posibles “creaciones divinas” en sus concepciones teológicas. José Gabriel Funes, director del Observatorio del Vaticano, ha dicho que “al igual que existe una multiplicidad de criaturas en la Tierra, también podría haber otros seres, inteligentes, creados por Dios” en otros lugares del Cosmos. “Ello no está en contradicción con nuestra fe, porque no podemos poner límites a la libertad creadora de Dios,” agregó.

Yo no estoy tan seguro.

Como muestra de la obsolescencia de la teología en la moral—o incluso para la vida en el siglo XXI—ofrezco el texto Creced siempre, multiplicaos cuando convenga de Juan Masiá Clavel en Plaza Pública. Refiriéndose al mandato divino de ‘Creced y multiplicaos’ de Génesis 1:28, Masiá dice:

Cierta teología un tanto estrecha de miras explica esta frase diciendo que la procreación es lo principal en la moral de sexualidad, matrimonio y familia, y parafrasean así: “Multiplicaos para aumentar descendencia, para que no se extinga la especie”. Otra teología moral más amplia de miras ( y pienso que también más profunda)hace la lectura siguiente: “Ayudaos mutuamente a crecer y cooperad con el Creador procreando”. Esta segunda lectura separa con una coma el crecimiento humano en la relación mutua de la pareja y la obra procreadora.interpretación (sic) desdobla la unión de la pareja en ayuda mutua y procreación. “Creced, multiplicáos” son dos imperativos diferentes. Se puede alragar (sic) la frase así: “Creced, siempre. Multiplicaos, no siempre, sino a su tiempo, cuando convenga. Para crecer juntos, amaos y deciros mutuamente que os queréis. Decidlo con la palabra y el cuerpo, acariciaos mutuamente y uníos. Y cuando sea oportuno que el amor fructifique en prole, favoreced las condiciones para acogerla”.

Aunque completamente arbitrario, es un loable esfuerzo interpretativo, sin dudas; pero en el contexto bíblico, no deja de ser erróneo. Masiá y otros partidarios de esta “teología moral más amplia de miras” omiten convenientemente lo que precede y sigue a la frase. La Biblia de Las Américas, por ejemplo, traduce Génesis 1:26—28 de la siguiente manera:

Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra. Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla; ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra.

Sed fecundos. Multiplicaos. Llenad la tierra. Sojuzgadla.

El problema no es de comas, como propone Masiá; es algo bastante más profundo, pero también más simple. No sabemos con exactitud quién escribió el texto que ahora conocemos como el Génesis, pero sí podemos deducir de sus palabras que es el producto de una cultura antigua, miope y bastante más ignorante que la nuestra. No por superioridad intelectual, sino porque nos separan más de 3.000 años de investigación y de aprendizaje científico. Tratarlo—y al resto de la Biblia—como una guía moral y querer extraer de allí preceptos o “imperativos” para la vida en el siglo XX es—para decirlo amablemente—una empresa bastante risible. Tenemos tantos problemas, es cierto, y no sabemos qué hacer para solucionarlos; pero dudo bastante que la respuesta esté en un libro escrito hace 3.000 años por un grupo de nómades arreadores de cabras en el desierto del medio oriente. Es bastante más razonable pensar que de haber soluciones, éstas serán el producto de una discusión honesta, de muchas horas de pensar y de investigación científica.

Lo que me lleva a la frase de Huxley que me sirvió de epígrafe. Para que la analogía sea más adecuada, habría que agregar que en la habitación hay varios teólogos, y que cada uno encuentra a un gato diferente; además, cada teólogo—con diferentes niveles de sutileza—asegura o sugiere que el gato que encontró es el único y verdadero gato en la habitación. Hay, incluso, un grupo particular que asevera que hay tres gatos diferentes en la habitación, pero que en realidad son el mismo gato.

Sería divertido si no fuera tan respetada.

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

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