La paradoja de la felicidad

Una encuesta realizada recientemente indicó que los países más felices en el mundo —sorpresivamente— son los latinoamericanos. Aun cuando la certeza, precisión y validez de esta clase de “estudios” son cuestionables, sigue siendo un tema muy interesante para analizar. No obstante que las razones o factores que inciden en tan inesperado resultado no están detalladas, se deben considerar una significativa cantidad de variables, como se explicará más adelante. Otro hecho bastante raro es que los índices de suicidio —per cápita— son mucho más altos en los países industrializados, desarrollados, ricos y educados. Pocos estudios psicológicos se han hecho con respecto a este extraño fenómeno, y ellos muestran resultados intrigantes, y que son difíciles de imaginar para quienes viven en países tercermundistas.

Pero, ¿por qué? ¿Por qué es que la gente que vive en sociedades pobres, violentas, desiguales, sin educación, poco saludables y corruptas es más feliz? ¿Por qué los ciudadanos que viven en abundancia, seguridad, salud y riqueza son más propensos a cometer suicidio y vivir miserablemente?

Es un tema muy complicado porque se está condicionado a pensar que la felicidad significa abundancia material, ergo los ricos deben ser felices ¿verdad? ¡No! En la realidad ese no es el caso. Por favor tomar en consideración que esta entrada no la escribe un experto en ciencias del comportamiento, solo se extraen conclusiones del propio conocimiento y experiencias.

Para empezar se tratará el tema desde la perspectiva de Latinoamérica. Para entender el porqué del alto índice de felicidad en este continente, se deben considerar varios factores. A continuacón se analizan las tres más trascendentes.

Primero, aun cuando hay altos índices de desigualdad, pobreza, violencia y privación en esta región, la vida familiar todavía es muy importante en la cultura latina. En los países industrializados, la mayor aspiración de los jóvenes es emanciparse y vivir solos lo antes posible. Una cultura en la que se vive solo puede causar un nivel bajo de alegría debido a que los humanos somos seres sociales; la soledad simplemente no es una condición natural. Por otro lado, los latinos comúnmente viven con sus familias, y dejan sus hogares sí y solo sí están listos para iniciar otra familia, así que el individuo está siempre rodeado por la compañía de sus seres queridos.

Segundo, es probablemente la causa más importante, es una hipótesis mucho menos romántica. Las personas ignorantes, que no entienden nada acerca de su entorno y no tienen una acertada noción de la realidad, una minúscula idea de cómo funciona el mundo, tienden a engañarse a sí mismos y colocarse en un estado mental que se le puede llamar felicidad inocente, infantil inclusive. Es por ello que tienden a describirse a sí mismos como “satisfechos” con las condiciones que les rodean. Así es la vida o la vida es dura, tristemente piensan. Contrariamente, las personas educadas e inteligentes son mucho más conscientes del funcionamiento de su entorno, están anuentes del comportamiento aberrante que se replica alrededor del mundo, y por lo tanto encuentran muy difícil describirse a sí mismos como “felices”, más cuando ellos mismos y/o la gente que interactúa con ellos vive en constante sufrimiento y dolor; saben que la vida no tiene por qué ser complicada, la dificultad de la vida es un producto enteramente de la forma ineficiente en la que el ser humano se organiza y administra sus recursos. Debido a que la gente en Latinoamérica es en promedio mucho menos educada, es una posibilidad que su ingenuidad es lo que los lleva a “encontrar la felicidad”. La gente ignorante e ingenua vive en una burbuja que los protege de entender las atrocidades del mundo real, bastante complicado y cruel. Así que dentro de este paradigma se le debe dar crédito a George Orwell, cuando en su novela 1984 escribió: “la ignorancia es fuerza”, lema fundamental del INGSOC.

Tercero, estando íntimamente ligada con la ingenuidad, la religiosidad es un factor clave en la “felicidad” de las personas en países subdesarrollados. Es común oir que las personas ateas no son felices —extremo que no ha sido categóricamente probado— mientras que las personas religiosas se “llenan de gracia” y viven una vida “placentera”. Marx dijo una vez que la religión es el opio de los pueblos, y al parecer estaba bastante acertado, ya que actúan como un calmante artificial. Las religiones surten efectos de una especie de droga sedante, aturde los sentidos de las personas y no las deja apreciar claramente la realidad, que es mucho más complicada de lo que el dogma religioso pretende explicar. Buscar las respuestas de un universo complejo en mitos de seres sobrenaturales actúa como un calmante muy efectivo para los ignorantes, que en muchos casos no pueden —o no quieren— buscar la verdad, que por cierto no es tan idílica como la ilustran libros místicos escritos hace miles de años por nómadas del desierto que no tenían ni la más mínima idea de la aplicación del método científico como mecanismo de averiguación de la verdad. Para ahondar más en este tema se recomiendan los libros The god delusion de Richard Dawkins y The demon-haunted world de Carl Sagan.

Ahora, abordando el tema de los altos índices de suicidio en los países desarrollados: Se puede entender que la inclinación a cometer suicidio es principalmente causada por las razones siguientes:

1) En una sociedad donde satisfacer las necesidades más básicas está prácticamente dado por hecho, las personas tienen mucho más tiempo y libertad para preocuparse por cosas no tan importantes, inclusive simples o minúsculas en la mayoría casos. Problemas amorosos, sociales o ligeros desajustes financieros, por ejemplo. En un país industrializado, aun cuando el individuo no tienen un ingreso económico, la posibilidad de que se muera de hambre o termine en la calle es inexistente —aunque esto está cambiando, tristemente—, ya que el sistema socio-económico provee toda una red de seguridad social que previene que eso suceda, y que además garantiza -o pretende hacerlo- el bienestar de cada ciudadano (los países Escandinavos y Alemania son un buen ejemplo). Debido a lo anterior, el miedo que tiene la gente sobre qué hacer para sobrevivir es reemplazado por preocupaciones como qué tanto dinero ganan en comparación con sus vecinos, el status social les da la marca del automóvil que conducen, que harán para hacer el próximo pago de la hipoteca de su casa de tres habitaciones, o como costearán sus próximas vacaciones a Disneyland. En contraste, la gente en países subdesarrollados es agradecida y afortunado por el simple hecho de que sigue viva, y de que tiene otro día para disfrutar con su querida familia y amigos; o se llena de alegría porque tiene un poco de comida para alimentar a sus cinco hijos. Los pobres tienen la extraordinaria habilidad de extraer felicidad de las cosas más simples de la vida, y eso realmente los hace más ricos. El rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita.

2) El ser humano es social y empático, necesita y le gusta relacionarse con otras personas que comparten sus ideas, sentimientos, pensamientos y estilos de vida. Otros estudios han demostrado que los países Nórdicos están entre los más felices del mundo, pero paradójicamente también tienen altos índices de suicidio per cápita. Una posible hipótesis sobre esto es que en esos países, cuando una persona se encuentra en una situación de dificultad, de depresión, de infelicidad, se siente extremadamente sola porque no hay empatía, ya que quienes están a su alrededor son felices. No tener a nadie con quien equipararse/relacionarse puede ser bastante dañino, y ver que todos alrededor son felices excepto uno mismo podría aumentar la ansiedad, lo que se puede constituir en un motivo bastante válido para cometer suicidio. En los países subdesarrollados la situación es muy diferente, ya que cuando la gente está viviendo momentos muy dolorosos, lo único que tiene que hacer es observar a su alrededor para encontrar gente que está en las mismas o en peores condiciones. La capacidad de poder compararse y crear un vínculo con otros que están en situaciones similares es lo que ayuda a la gente a sobrellevar la miseria y en consecuencia superar el deseo de cometer suicidio. Es mejor estar triste acompañado, que triste en soledad.

Así que la paradoja de la felicidad es un tema en extremo interesante y ojalá que eventualmente experimentados sociólogos, psicólogos y antropólogos indaguen más en esta materia, y de esa forma sea más fácil para todos comprender la verdadera raíz de la felicidad. Mientras tanto, se les desea que vivan felices para siempre…

Giancarlo Melini

Futurista. Escéptico, esporádicamente cínico. Expreso en forma libre lo que considero viciado del paradigma sociocultural que obstaculiza el desarrollo para todos. La espiritualidad es un estado de armonía con los demás y con nuestro entorno, siendo innecesaria cualquier doctrina dogmática que prometa la felicidad. Considero que las soluciones a los problemas se deben pensar utilizando una escala de valores totalmente distinta a la que usamos cuando los creamos. La secularización y la sostenibilidad económica deberían ser un objetivo global. El pensamiento crítico y la apertura mental son mi tarjeta de presentación.

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