Votar con el dinero

La noción clásica liberal —libertaria para algunos— de que los consumidores interactúan voluntariamente en los mercados intercambiando toda clase de mercancías, y al hacerlo están “votando con su dinero”, me parece incorrecta, y hasta cierto punto denigrante para el ser humano. Se asemeja a una frase cliché que los apologistas del capitalismo —pero laissez-faire, el “verdadero” capitalismo— sacan de una fantasiosa novela de Ayn Rand, en la que el dinero tiene el magnánimo poder de crear y destruir a su antojo, no habiendo nada que se escape de su esfera de influencia.

Esa idea de transformar el dinero en votos me parece muy contraproducente para el equilibrio social, e incluso para la misma supervivencia de la especie humana por tres principales razones:

1) Automáticamente transforma a la sociedad de ciudadanos en una sociedad de consumidores, y lamentablemente como consumidores todos tenemos diferente poder adquisitivo, distintas capacidades de compra. De esa cuenta, “votar con el dinero” se convierte en un paradigma que promueve la segregación social, el clasismo y la desigualdad (económica, política y jurídica) al clasificar a los ciudadanos/consumidores según la calidad y cantidad de bienes que compran. El que tiene más dinero, “vota” más y mejor, adquiere más y mejor, acumula más y mejor, acapara más y mejor. Por lo tanto, el “votante” rico, tiene mayor acceso a recursos, lo que le permite una dominante posición de control sobre los mercados y, en el peor de los casos, sobre el gobierno —en una sociedad de consumidores todo está a la venta, inclusive la res publica—;

2) El lujo de “votar con el dinero” es exclusivo de quienes viven en condiciones económicas privilegiadas y tienen ingresos suficientemente altos como para decidir de entre bienes de diferentes calidades. La enorme mayoría de consumidores —alrededor de 3 mil millones de personas en el mundo viven en la pobreza— no tiene una amplia gama de productos a su elección ya que sus limitados ingresos no se los permiten. Es poco probable que un trabajador promedio, que devenga un salario mínimo, pueda consumir un producto que sea “éticamente” producido, debido a que por lo general éste tipo de mercancías es desproporcionalmente más caro que sus competidores “no éticos”. Además —y peor aún— los pobres no tienen acceso a las herramientas educativas y tecnológicas necesarias que les permitan enterarse del proceso de producción del bien que adquieren, y poco les interesa porque de todos modos no tienen los suficientes “votos” para poder costear uno mejor. En virtualmente ninguna circunstancia una persona pobre puede discernir entre un producto fabricado ecológicamente, en condiciones de trabajo dignas y con normas de seguridad, de uno que fue producido por trabajadores explotados, contaminación residual, evasión de impuestos y sin estándares mínimos de salud y seguridad. Es allí donde se empieza a generar una verdadera desigualdad: en el consumo, en la calidad de los bienes, en el acceso a la información;

3) La práctica de utilizar el dinero —los “votos”— como un mecanismo de asignación/distribución de recursos se está volviendo paulatinamente obsoleta, en virtud de que el modelo socioeconómico se encuentra en una etapa de transición hacia una economía post-escasez sin precedentes. Nuevos avances tecnológicos en materia de robótica e inteligencia artificial ya permiten la creación de máquinas que son capaces de sustituir al ser humano en casi todas las labores —físicas, intelectuales y creativas—. Los robots inteligentes están a punto de ocupar trabajos a una velocidad que la industria y el comercio no son capaces de alcanzar. Las impresoras 3D prometen romper con las prácticas convencionales de manufactura en unas pocas décadas, alcanzando la mayor eficiencia en la producción que la humanidad haya viso. Las máquinas sustituyen trabajos más rápidamente de lo que los ingeniosos capitalistas son capaces de crear. La automatización hace mucho más eficiente la producción y la distribución, pero al mismo tiempo se necesitan menos personas para satisfacer las necesidades y deseos de la humanidad. Lo anterior se traduce en que por más productos que existan en los mercados, y por más baratos que sean, la gente —desempleada— simplemente no tendrá el poder adquisitivo o los votos para comprarlos. Esta falla del modelo económico llevará a un estallido social —a causa de la desigualdad e ineficiente acceso de recursos— que en el peor de los casos terminaría en guerras, disputas territoriales y uso de armas nucleares que acabarían con la propia existencia humana.

Por esas razones creo que la sociedad de consumidores, en la que todos “votamos con nuestro dinero”, es sumamente disfuncional e insostenible, no sirve al ser humano sino al lucro.

Considero que quienes abogan por esta idea tienen muy buenas intenciones, tratan de promover un cambio social y en cierta medida darle el último poder a las masas, pero no me parece que la vía sea la adecuada. En una sociedad de consumidores el poder lo tiene el dinero, punto. Al final, en una sociedad de “votantes”/consumidores, uno sólo es tan libre como el tamaño de su billetera, y los recursos vitales se pueden volver inalcanzables si el individuo no encuentra la forma de realizar una actividad que sea económicamente relevante para el paradigma económico-social.

En ese escenario consumista, los más perjudicados siempre serían aquellos que tienen menos “votos”, y en virtud de que en esas circunstancias todos los derechos (salud, educación, vivienda digna, etc.) estarían a la venta, se lo pasarían mucho peor.

Es por eso que tenemos que apartarnos de la sociedad de consumidores, y estar conscientes de que hay ciertas cosas que no deberían -aunque sí lo están- ser objeto de manipulación dineraria, del poder de compra, del dinero, de los “votos”, para que la sociedad pueda funcionar (ej.: acceso a agua potable y alimentación, salud, educación, seguridad, justicia e información). En la medida en que un sistema económico facilite el acceso —total y gratuito en el mejor de los casos— a recursos vitales a la mayor cantidad de población, y se asignen recursos en función de la necesidad, no del poder adquisitivo, más libre será la sociedad y el individuo dentro de ella.

¿Qué mayor libertad que no depender de absolutamente nadie en particular para el sustento propio, sino de un sistema que opera a base de eficiencia científico-matemática, cooperación y felicidad?

Giancarlo Melini

Futurista. Escéptico, esporádicamente cínico. Expreso en forma libre lo que considero viciado del paradigma sociocultural que obstaculiza el desarrollo para todos. La espiritualidad es un estado de armonía con los demás y con nuestro entorno, siendo innecesaria cualquier doctrina dogmática que prometa la felicidad. Considero que las soluciones a los problemas se deben pensar utilizando una escala de valores totalmente distinta a la que usamos cuando los creamos. La secularización y la sostenibilidad económica deberían ser un objetivo global. El pensamiento crítico y la apertura mental son mi tarjeta de presentación.

2 Comments

  • Reply November 9, 2013

    Kurono

    La ironía de nuestros tiempos: Lo peor de un sistema comunistas Stanlista (trabajadores semiesclavos) es hoy día realidad en el mundo ultracapitalista, con Estados Unidos a la cabeza de una crisis económica mundial (el país más endeudado el mundo).

    Que curioso que economías capitalistas como Alemania, Japón o Corea del Sur sean bastante estables, pese a que sus gobiernos tienen muchos intereses en sus compañías, SUBSIDIANDO industrias. Si, no es joda, es la realidad, lean ahí quienes tienen acciones en la Bayer, Hyundai, Audi, Toyota, Mercedes Benz, los gobiernos de esos paises INVIERTEN como cualquier accionista en esas empresas y tienen mucho interés en regularlas y aprovecharse económicamente de ellas, así como las empresas en un gobierno fuerte y capaz.

    La “época dorada” del Capitalismo llevó al monopolio del Acero con Carnagie Steal y la Standard Oil de Rockefeller. Y para actividades ciento por ciento libertarias, están los cárteles del narcotráfico y el crimen organizado. Situaciones que son un desastre para la economía de cualquier nación. Pero al igual que sus homólogos marxistas extremos, siguen con la cantinela que “el sistema es perfecto, lo que falla es la gente”.

    • Reply November 11, 2013

      Giancarlo Melini

      Muchísimas gracias por leer y por el aporte Kurono.

      En efecto el capitalismo, según es definido por los libertarios/liberales, nunca ha existido realmente. Aun en la era dorada que ellos tanta anhelan, la segunda mitad del siglo XIX, tuvo un alto índice de injerencia estatal para garantizar la seguridad de las inversiones de quienes tenían el capital -acero, ferrocarril, petróleo, banca, etc.- por lo que es irreal pensar que una economía totalmente capitalista laissez-faire sería factible.

      Por otro lado, los mercados deben de ser herramientas para asignar recursos y provocar bienestar, y no convertirse un un juego de reglas que dictan la forma de vida de las personas. “Los mercados son magníficos sirvientes pero son pésimos amos” dijo una vez Rafael Correa.

      Ningún extremo es bueno. Hasta el momento la fórmula más exitosa según lo que he investigado son las economías mixtas, como las de los países Nórdicos y Alemania, que operan en función de la calidad de vida de las personas, y el lucro es accesorio.

      Saludos

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