Nuevos dogmas de género

“No puedo creer —y digo esto haciendo todo el énfasis posible— que pueda haber una buena excusa para rehusarse a enfrentar la evidencia a favor de algo que nos es desagradable. No es a través del auto engaño, por más glorificado que éste sea, que la humanidad puede prosperar, sino únicamente a través de una valentía inquebrantable en la búsqueda de la verdad.” —Bertrand Russell

No es un secreto para nadie con dos dedos de frente que, a pesar de los avances de los últimos 60 o 70 años, aun sigue existiendo mucha desigualdad entre hombres y mujeres; y que existen muchos clichés y estereotipos con respecto a cuál debe de ser el rol de cada uno en la sociedad, el lugar de trabajo y el hogar.

Según los proponentes de la llamada ‘teoría de género,’ esto se debe estrictamente a construcciones culturales. Desde pequeños, por ejemplo, crecemos con la idea de que los niños deben ser grandes y fuertes, y deben sentirse atraídos hacia cosas “masculinas” como los carros, los deportes y la ingeniería; las niñas, en cambio, deben gravitar hacia cosas y actividades más acordes a su “delicadeza,” como las muñecas, la cocina o la costura.

El resultado de esto, según dice la teoría, puede observarse en las vidas y profesiones que llevan las personas de acuerdo a su género, pues hombres y mujeres terminan siendo restringidos por estas “normas” opresivas. No es de extrañarse, entonces, que en países con altos niveles de pobreza, analfabetización y conservadurismo social esto se perpetúe y resulte en una sociedad segregada y machista en donde los hombres son ingenieros o arquitectos y las mujeres son enfermeras o cocineras (si tuvieron la dicha de tener acceso a educación).

Muchas de estas cosas pueden resultarnos demasiado evidentes cuando vemos a nuestro alrededor. Es cierto que tenemos expectativas bastante marcadas y diferentes de lo que debe ser un hombre y una mujer. Lo hacemos inconscientemente y rara vez se cuestiona. Definitivamente hay un componente cultural detrás de esto.

Pero, ¿realmente es toda la historia? ¿Es posible explicar todo el comportamiento observado a través de la cultura? Por ejemplo, ¿qué hay de las sociedades prósperas, más modernas y bien educadas en donde los niveles de vida son bastante buenos y la desigualdad de género ya es un problema del pasado? Si el problema es estrictamente cultural, como muchos académicos y entusiastas de la teoría de género aseveran, en estos países las personas seguramente escogen sus profesiones libremente y los patrones de segregación desaparecen. Sorprendentemente, eso no es lo que sucede.

Veamos a Noruega. En 2008, Noruega ocupó el primer lugar mundial en igualdad de género y ha estado entre los primeros cuatro desde 2006. Sin embargo, según cifras de Camilla Schreiner de la Universidad de Oslo, cerca del 90% de los ingenieros son hombres y el 90% de las enfermeras son mujeres. ¿Cómo se explica tanta segregación en uno de los países más igualitarios del mundo? La teoría de las construcciones culturales se queda corta, me parece. ¿Es posible que realmente, por naturaleza, hombres y mujeres tengan gustos e intereses diferentes? De acuerdo a la ciencia moderna, ese es precisamente el caso.

A través de décadas de progreso en las neurociencias, por ejemplo, sabemos que existen diferencias significativas en los cerebros de hombres y mujeres. Tales diferencias comienzan desde antes del nacimiento. Cuando el cerebro de un humano comienza a formarse dentro del vientre materno, lo que se forma es un cerebro “femenino,” este es el default. Luego, en un punto de la segunda etapa de desarrollo, un flujo de hormonas entra en el torrente sanguíneo del feto e interactúa con el cerebro en crecimiento. La hormona principal en este proceso es la testosterona, que se encarga de “masculinizar” el cerebro.

¿Qué significa esto? La testosterona, una vez que llega al cerebro, es convertida una hormona más potente llamada dihidrotestosterona, y luego, un porcentaje de ésta es convertida a estradiol, una hormona femenina. El estradiol altera el número de neuronas que conforman redes específicas en el cerebro, y como consecuencia principal, hay áreas en el hipotálamo que pueden llegar a tener el doble del tamaño que las mismas áreas en las mujeres. Irónicamente, a pesar de que los ovarios fetales producen cantidades considerables de estradiol, el cerebro femenino no se masculiniza. Las razones son diversas, y para una explicación más detallada y accesible del proceso recomiendo leer Touching a Nerve: The Self as Brain de Patricia Churchland.

Hay muchos factores que influencian el resultado final de este proceso, como la cantidad de testosterona que es secretada y el momento preciso de la formación en el que esto sucede. Tales variaciones determinan el “grado” de masculinización del cerebro o si ésto siquiera sucede. Esto, en gran medida, puede explicar las diferencias en orientación sexual e identidad de género. A veces, los factores se combinan para formar una persona con gónadas masculinas pero cerebro femenino, o vice versa.

Otros estudios hechos con infantes de 9 meses han mostrado que a esa edad ya pueden observarse diferencias en los intereses de niños y niñas. Si se deja a un niño en una habitación con juguetes típicamente masculinos y femeninos, éste inmediatamente se siente atraído hacia los primeros y se entretiene con ellos. Lo mismo sucede con las niñas, pues muestran una preferencia inmediata por los juguetes femeninos. El mismo estudio, modificado para realizarse en infantes recién nacidos, ha mostrado que los mismos patrones son observados desde el primer día de vida.

De acuerdo a los científicos, estos estudios demuestran que aparte del refuerzo cultural, existe un componente biológico fuerte. Sin embargo, esto no ha calado mucho en los departamentos de estudios de género de las universidades, que siguen favoreciendo el paradigma de la construcción cultural y rechazan arrogante y dogmáticamente los hallazgos científicos. En mi experiencia personal, he comprobado que una forma muy efectiva de ganarse un discurso airado de parte de una feminista es hacer referencia a estos estudios. De hecho, hay una blogger—supuestamente autoidentificada como “escéptica”—que ha forjado toda una carrera haciendo precisamente eso.

En 2010, Harald Eia, un comediante noruego con una licenciatura en sociología realizó un documental que explora estos temas. Rodeado de una enorme controversia que terminó con el recorte de fondos destinados a los estudios de género por parte del gobierno noruego, Eia ilustró muy bien este desafortunado problema. Comienza obteniendo explicaciones de académicos del Instituto Noruego de Estudios de Género (NIKK por sus siglas en noruego), que le explican que el problema es enteramente cultural. Luego, Eia acude a científicos de UCLA, Cambridge y Durham, para que le expliquen sus hallazgos en sus respectivas disciplinas. El consenso es que cada vez hay más evidencia para apoyar la existencia de componentes biológicos que explican las diferencias entre hombres y mujeres.

Estas noticias no son bien recibidas por los académicos noruegos al regreso de Eia, y el documental da un giro bastante cómico en este punto. No quiero echar a perderle el documental, si piensa verlo, pero lo que sucede puede resumirse en una respuesta que da una de las entrevistadas:

“¿Que cuál es mi base científica? Yo tengo lo que usted llamaría una base teórica, y allí no tengo espacio para la biología. Siento que las ciencias sociales deberían de retar cualquier tipo de pensamiento que esté basado en la premisa de que las diferencias entre humanos son biológicas.”

Básicamente, es es como admitir que la verdad no es lo que importa, sino lograr un resultado que se ajuste a su forma de ver las cosas, que es la política y moralmente correcta. Esta forma de desenvolverse académicamente es una desgracia. Creo que en este caso nace de una buena intención, pero no por eso es noble o defendible. Es importante abogar por la igualdad de acceso a oportunidades y cuestionar muchos paradigmas y dogmas que hemos creado como sociedad alrededor de estos temas, pero no creo que para eso se tenga que crear una nueva ideología dogmática en el proceso.

Justo como los perros, los cocodrilos, las moscas y los tiburones, los humanos somos lo que somos como resultado de la evolución por selección natural. Eso no significa que no podemos cambiar nuestra situación y que estemos destinados a ser de una u otra manera. Con el invento de la civilización, muchos de los factores que lentamente esculpieron nuestros cerebros ya no tienen la misma injerencia en nuestras vidas, y el futuro de nuestra especie está en nuestras manos. Negar a la ciencia únicamente hace que esta tarea sea más complicada.

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

9 Comments

  • Reply November 5, 2013

    karla

    Me gustó mucho su artículo. Estoy de acuerdo. Lo primero es no ser dogmático, ni siquiera con buena intención. La verdad es lo único que nos hace libres y hay que buscarla a toda costa.

    Una pequeña corrección: en el párrafo 9, la testosterona es secretada, no segregada.

  • Reply November 5, 2013

    karla

    Gracias Giancarlo, acabo de aprender algo.

  • Reply November 6, 2013

    Manuel

    Muy buen artículo, siempre disfruto tu columna. Saludos y por favor no dejés de escribir 🙂

    • Reply November 12, 2013

      Oscar G. Pineda

      Muchas gracias por leer y comentar, Manuel. 🙂

  • Reply November 8, 2013

    hypertexta

    Considero que hay dos cosas que los defensores y las defensoras de la teoría de género deben entender.

    Una, que el factor biológico en la cuestión de género no implica estatismo, invariabilidad. Es decir, no porque exista el factor biológico se puede alegar: “Los hombres y las mujeres son como son y así serán siempre”. Como bien decís vos, pueden cambiar. Y de hecho están cambiando (gracias sobre todo a la cultura). No se debe olvidar que la evolución de las especies es dinámica y que el ser humano es capaz de incidir, incluso de manera consciente, en su propia evolución.

    La otra cosa que deben entender es que el factor biológico no invalida la noción de igualdad de género. Pretender que sí lo hace es tan absurdo como pretender que las diferencias étnicas, etarias o incluso de capacidad o discapacidad invalidan las nociones de igualdad entre personas de diferentes etnias, edades o capacidades. Es cierto que en el pasado (y aun en la actualidad) ha habido estudios ideologizados o tendenciosos que han pretendido valerse del factor biológico para sustentar nociones de superioridad o inferioridad entre razas, nacionalidades, sexos, etcétera. Y seguramente de ahí el miedo de muchos grupos feministas y pro teoría de género (quienes, en tal sentido, no dejan de tener algo de razón en cuanto a sus suspicacias). Pero son eso: estudios sesgados de grupos sesgados. En realidad, la noción de igualdad no debería correr ningún peligro con el enfoque biológico, ya que la igualdad no es un dogma ni una religión, sino una condición necesaria para la vida en sociedad. Independientemente de nuestras diferencias (aun de las biológicas), todos y todas somos iguales en dignidad.

    • Reply November 12, 2013

      Oscar G. Pineda

      Muchas gracias por leer y comentar. Comparto un poco la preocupación por los estudios tendenciosos o las interpretaciones erróneas de los hallazgos por parte del público o de grupos sesgados; pero como dices, eso es lo que son: interpretaciones erróneas de gente que desconoce o tiene malicia. La mejor manera de contrarrestar esto pasa por adoptar el nuevo conocimiento, explicarlo claramente y hacer divulgación científica, no por negar los estudios.

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