Más extraño de lo que podemos imaginar

El filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein una vez le preguntó a un amigo cercano por qué fue natural suponer durante tanto tiempo que el Sol giraba alrededor de la Tierra. El amigo respondió, con natural simpleza, que así era como se veían las cosas. La respuesta de Wittgenstein, filuda e ingeniosa, fue: “¿Y cómo se verían las cosas si fuera la Tierra la que gira alrededor del Sol?” Se vería exactamente como se ve ahora. El problema es que nuestros sentidos y nuestra experiencia nos engañan, y nuestra propia (falta de) imaginación nos puede limitar.

Si hay algo que nos muestra que el Universo es, no sólo más extraño de lo que nos imaginamos, sino más extraño de lo que somos capaces de imaginar, es el cielo nocturno que descubrió William Herschel a principios del siglo XIX. Este astrónomo y músico alemán fue la primera persona en comprender que ver hacia el Cosmos no es únicamente un viaje hacia las profundidades del espacio; es también un viaje hacia atrás en el tiempo. Un telescopio es, en realidad, una máquina del tiempo que nos permite ver la infancia de nuestro Universo.

La luz de estrellas y planetas que vemos en el cielo nocturno cada vez que levantamos la mirada, ha tenido que viajar durante millones y millones de kilómetros antes de poder ser captada por nuestros ojos. Esta luz, aunque viaja extremadamente rápido, tiene un límite: 300,000 kilómetros por segundo. Esa es más o menos la distancia que hay de la Tierra a la Luna; eso quiere decir que la luz que refleja la Luna tarda más o menos un segundo en viajar desde su superficie hasta nuestros ojos. Por lo tanto, cuando vemos a la Luna, realmente estamos viendo cómo se veía hace un segundo.

Mientras más lejos está un objeto, más distancia tiene que recorrer su luz para llegar a nuestros ojos. El Sol, por ejemplo, está a unos 150 millones de kilómetros de la Tierra en promedio. La luz del Sol, viajando a 300,000 kilómetros por segundo, tarda unos 8 minutos en recorrer esa distancia. Sí, eso quiere decir que la imagen del Sol que vemos todos los días en el cielo es una imagen con 8 minutos de retraso. El Sol, dicho técnicamente, está a 8 minutos luz de distancia.

Las implicaciones de esto son realmente asombrosas. En una noche despejada es posible ver la luz de muchísimas estrellas, muchas de ellas muy lejanas, y es posible que ni siquiera estén allí. Betelgeuse, por ejemplo, es una estrella gigante roja que forma parte de la constelación de Orión. Es materia de mucho interés para los científicos porque ya está al final de su ciclo y en cualquier momento puede estallar. La muerte de una estrella del tamaño de Betelgeuse es uno de los más grandes espectáculos celestes y podría verse como un segundo sol en el cielo. Asombroso, sin duda, pero he aquí lo más interesante: Betelgeuse está a 640 años luz de distancia de la Tierra; es muy posible que ya haya estallado y no nos hemos enterado porque la luz de la explosión aun no nos ha alcanzado. Si Betelgeuse estallara hoy, nadie en la Tierra se enteraría sino hasta el año 2654.

Muchas de las explicaciones que hemos intentado dar de la realidad han fracasado—irónicamente—porque han estado demasiado apegadas a la observación y se han encerrado en el paradigma de la experiencia humana. Como Neil deGrasse Tyson nos ilustra, pararse en una playa a observar la caída del Sol es todo un con job de la Naturaleza. Guiándonos por nuestra experiencia de ese momento es posible concluir, como lo hicieron nuestros antepasados, que la Tierra es un círculo plano y que el Sol gira a nuestro alrededor, saliendo y escondiéndose por los bordes. No es ninguna sorpresa que en el Génesis, por ejemplo, se describa a la Tierra como un círculo cubierto por un manto de nubes y estrellas—una especie de igloo cósmico.

Nuestra experiencia diaria tampoco entra en contacto con lo infinito o siquiera con lo inmensamente grande. No es de sorprenderse, entonces, que muchas religiones hablaran de un universo muy pequeño y muy joven. Cristianos fundamentalistas, en pleno siglo XXI insisten en un universo de 6,000 años. La misma ciencia que explica por qué al ver por un telescopio vemos hacia el pasado, explica también por qué ese estimado no sólo es falso, sino increíblemente corto de imaginación. Si el universo realmente tuviera 6,000 años, ¿cómo es que podemos ver la luz de estrellas y galaxias que están a millones o incluso miles de millones de años luz de distancia? En un universo de 6,000 años, la luz de esos astros simplemente no tiene el tiempo suficiente para viajar hasta nosotros.

Richard Feynman, uno de los científicos más grandes del siglo XX, solía decir que los grandes descubrimientos de la ciencia no vienen precedidos de un jubiloso “¡Eureka!” sino de un incómodo “Hmm…eso no debería de suceder.” Y es cierto, mientras más exploramos más nos asombramos. ¿Estrellas oscuras que no brillan pero atraen a todo lo que encuentran a su paso? ¿Un universo en donde absolutamente todo está moviéndose a velocidades inconcebibles? ¿Una manera para viajar hacia el futuro utilizando las leyes fundamentales de la Naturaleza?

¿De qué otra manera sabríamos todo esto si no es por la exploración científica? Durante siglos, la idea predominante del Cosmos era la de Aristóteles, que imaginaba un universo inmutable, perfecto y estático. Fue un paradigma que sirvió para estancar el conocimiento porque nos encerró en una idea preconcebida que apelaba a muchos de nuestros deseos y además hacía algún tipo de sentido. El mensaje de este episodio es que la Naturaleza no se inclina ante los deseos humanos ni cae nítidamente dentro de los límites de la experiencia humana. ¡Ni que hubiera sido creado para nosotros! Otra manera, de tantas, en la que la ciencia nos pone en nuestro lugar cuando comenzamos a sentirnos especiales.

La mejor herramienta que hemos inventado en contra de nuestra propia torpeza se llama ciencia. Como discutimos la semana pasada en el podcast ‘trece punto siete,’ y como muestra la historia de la teoría de la relatividad de Einstein que Neil deGrasse Tyson expuso, la ciencia es un trabajo colectivo. Eso, además de ser muy útil para acumular conocimiento y unir neuronas para trabajar en un problema, es una forma de eliminar los sesgos cognitivos personales y ampliar los horizontes de la imaginación. La secuencia en la que observamos la línea de influencia desde Isaac Newton hasta Albert Einstein, pasando por Michael Faraday y James Clerk Maxwell es realmente una belleza. Realmente estamos parados sobre los hombros de gigantes.

Cerrando con otro emotivo final, Tyson nos recuerda por qué estimamos tanto a Carl Sagan. Él fue un apasionado, tierno y articulado defensor de la ciencia como forma de comprender el mundo. Como la luz de las estrellas que han muerto, pero que siguen brillando en nuestro cielo nocturno, su espíritu nos sigue iluminando.

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

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