Cambio

Muchas de las bases de la ciencia moderna, como ya he escrito antes, fueron sentadas en la Antigua Grecia con los filósofos presocráticos como Heráclito, Parménides, Anaximandro, Tales o Demócrito. En muchas ocasiones sus explicaciones no fueron las más acertadas y resultan bastante extrañas a la luz del conocimiento que hemos obtenido desde entonces, pero sembraron y cultivaron una forma diferente de pensar: se alejaron de las explicaciones sobrenaturales y míticas en favor de la idea de que la Naturaleza está regida por un número reducido de leyes que dan lugar a toda la vasta diversidad de formas que observamos en el Universo. Una vez esta idea se difundió, el campo se abrió para comenzar a especular acerca de cuál es la mejor manera para conocer esas leyes. Así, a partir de la reflexión filosófica, nació la ciencia—o por lo menos lo que 2 mil años después se convertiría en ciencia. Es en ese contexto que hay que tratar de entender a Parménides y a Heráclito, junto con el resto de los primeros filósofos occidentales.

Uno de los debates filosóficos más antiguos en occidente giró alrededor de la naturaleza misma del Cosmos: ¿Es el Universo un lugar estático en donde todo siempre permanece igual, como proponía Parménides? ¿O era un lugar dinámico en donde nada es permanente excepto el cambio, como proponía Heráclito?

Parménides argumentaba que el cambio era imposible y nada más que una ilusión. El sólo concepto implicaba una serie de contradicciones lógicas en sí mismas. Para que algo cambie, es necesario que pase de un estado de “no ser” a un estado de “ser.” Por ejemplo, para que un árbol crezca, tiene que pasar del estado de “no ser alto” al estado de “ser alto.” ¿Cómo es posible que algo que es, surja de algo que no es? Otro problema para la validez lógica del cambio fue propuesto por Zenón de Elea, un discípulo de Parménides. Para Zenón, en la misma línea argumentativa de Parménides, es imposible moverse del punto A al punto B porque para eso primero tenemos que recorrer la mitad de la distancia; luego, la mitad de la mitad de la distancia, equivalente a un cuarto; luego la mitad de un cuarto de la distancia, equivalente a un octavo; y así sucesivamente hasta el infinito. Por lo tanto, el punto B jamás puede ser alcanzado. Este argumento es conocido como la paradoja de Zenón.

Heráclito, en cambio, concebía un Universo muy diferente en donde todo estaba en constante cambio y movimiento: “Las cosas frías se calientan, lo caliente se enfría, lo húmedo se seca, lo seco se humedece.” La Naturaleza, en otras palabras, siempre estaba en un constante estado de flujo. Todo se encuentra en proceso de convertirse en algo diferente a lo que era anteriormente. Es imposible bañarse en el mismo río dos veces, por ejemplo, porque el agua siempre fluye y es reemplazada por agua diferente. Como seres materiales y biológicos, estamos en un proceso de vivir y al mismo tiempo de morir, constantemente desechando y renovando la materia que compone nuestros cuerpos hasta que dejamos de ser. Eso suena bastante parecido a lo que sabemos gracias al desarrollo de las ciencias naturales, y Heráclito lo propuso hace unos 2 mil 500 años.

Y es que Heráclito fue uno de los primeros humanos en intuir un Universo como el que la ciencia nos ha ido revelando. Este episodio de Cosmos puede verse como un resumen de lo que sabemos acerca de la historia de nuestro planeta, la estrecha relación que tiene con quienes lo habitamos y la actividad geológica constante que lo mantiene siempre cambiando. También es, en muchas maneras, una confirmación de una versión filtrada de la metafísica de Heráclito y una muestra del poder de la filosofía y la ciencia para complementarse mutuamente. Veamos los detalles.

Hace unos 300 millones de años la Tierra sufrió un grande e importante cambio al verse poblada por grandes árboles, producto de la aparición de una molécula orgánica llamada lignina. Esta molécula, además de darle a los árboles la fortaleza y la rigidez para que pudieran alcanzar grandes dimensiones, no era digerible para los organismos que descomponían las plantas y animales muertos. De esta manera, los árboles dominaron el paisaje terrestre durante millones de años extrayendo dióxido de carbono y agregando grandes cantidades de oxígeno a la atmósfera. Este exceso de oxígeno modificó radicalmente el clima del planeta y, entre otras cosas, permitió que los insectos alcanzaran dimensiones muy grandes. Como no había agentes que descompusieran a los árboles muertos, éstos se acumularon en los suelos en forma de carbón que luego fue relanzado a la atmósfera durante épocas de alta actividad volcánica. Esto creó un efecto de invernadero que resultó en una extinción masiva—la extinción masiva del Pérmico-Triásico—que casi acaba con la vida en la Tierra.

Si consideramos a la existencia como algo bueno, este evento fue muy malo para casi todas las especies vivas de la época pero muy bueno para nosotros porque limpió el terreno para que las especies que dieron lugar a la cadena evolutiva que llegó hasta nuestra especie pudieran prosperar. Solemos pensar que todo esto existe para nosotros, que el propósito del Universo es la humanidad, pero la ciencia cuenta una historia muy diferente en la que somos producto del azar y del cambio. ¿Acaso no es eso algo maravilloso? Por poco y no existimos. Estamos vivos y somos humanos porque un mamífero pequeño se las ingenió para sobrevivir una catástrofe hace millones de años, porque muchas otras especies murieron en el intento y porque un asteroide exterminó a los dinosaurios en otra de las grandes extinciones masivas de la historia.

¿Qué mejor ejemplo de lo que dice Richard Dawkins en Unweaving the Rainbow?

“Nosotros vamos a morir, y eso nos convierte en los afortunados. Mucha gente nunca va a morir porque nunca nacerán.  Las posibles personas que podrían haber estado aquí en mi lugar, pero que de hecho, nunca verán la luz del día excede en número a los granos de arena del desierto del Sahara. Por supuesto aquellos fantasmas sin nacer incluyen poetas más importantes que Keats, científicos más importantes que Newton. Nosotros sabemos esto porque el conjunto de posibles personas permitidas por nuestro ADN excede tan masivamente al conjunto de personas reales. A pesar de estas asombrosas posibilidades somos tú y yo, en nuestra normalidad, los que estamos aquí. Nosotros, los pocos privilegiados, que ganamos la lotería de la vida en contra de todas las probabilidades, ¿cómo nos atrevemos a lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado anterior del cual la inmensa mayoría nunca ha despertado?”

Además de llevarnos a este tipo de reflexiones filosóficas, toda esta historia es relevante para nuestro día a día porque nos muestra cómo puede ser el futuro a través de un viaje al pasado. El actual fenómeno de cambio climático ha sido una versión creada por nosotros mismos de los eventos que desencadenaron en la extinción masiva del Pérmico-Triásico. Carl Sagan, en el Cosmos original, utilizó a Venus y sus peculiares fenómenos atmosféricos como un ejemplo de lo que puede ocurrirle a nuestro planeta si no modificamos nuestro estilo de vida y seguimos liberando cantidades industriales de carbono a la atmósfera. Druyan, Soter y Tyson utilizan a la historia misma de la Tierra para pintarnos la misma imagen.

¿Algún día lo comprenderemos?

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

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