Ateo, gracias a la razón

El viernes 1 de agosto 2014 tuve el gusto de compartir en un panel de discusión sobre fe y razón con Quique Godoy y Jesús García-Ruiz. Dicho panel fue auspiciado por la Escuela de Gobierno y moderado por Nicholas Virzi. Fue una excelente oportunidad para compartir con estudiantes de políticas públicas sobre la importancia de separar creencias religiosas de las decisiones del Estado.

Resumo, a continuación, algunos de los argumentos que compartí con la audiencia a manera de introducción.

Generalmente, se escucha por parte de los creyentes que fe y razón son dominios separados y, por lo tanto, la ciencia no debe meterse en asuntos de fe, ni la religión en cuestiones de ciencia. De esta manera se trata de reconciliar lo irreconciliable, pues efectivamente se traslapan y no de manera armoniosa. Por ejemplo, en el cristianismo se habla constantemente de milagros, como sanaciones del cuerpo humano respecto a alguna enfermedad, y se afirma que si la curación no tiene explicación científica, entonces, fue producto de una intervención divina, un don o gracia concedido por la fe del individuo enfermo o de las personas que oraron por él. Evidentemente, la ciencia tiene mucho que explicar al respecto. Como es fácilmente comprobable, es la ciencia la que ha curado a millones de personas y prevenido enfermedades que antes eran inevitables y devastadoras para la población. El dios cristiano, por el contrario, parece no estar interesado en la salud de sus criaturas, pues si interviene lo hace de manera aleatoria, muy de vez en cuando, a conveniencia del charlatán de turno.

Cuando critico la fe y la religión, me gusta distinguirlas de la espiritualidad y del llamado sentimiento religioso. La espiritualidad no necesariamente requiere de creencias religiosas o superstición. De hecho, se acepta entre los no-creyentes la noción de espiritualidad naturalista, como una especie de regocijo por sentirse en armonía con la naturaleza, sabidos que somos parte de ella y no sus dueños. Por su parte, el sentimiento religioso es más primitivo que las religiones estructuradas en torno a las creencias que hoy conocemos. Posiblemente, dicho sentimiento fue contemporáneo del lenguaje entre los humanos, y se basaba en intensas experiencias comunitarias de nuestros ancestros, alrededor del fuego, con danzas y música que les hacía sentir parte de la comunidad. Esa fuerte identidad colectiva ha sido clave para superar problemas cooperativos y, por lo tanto, para la supervivencia del grupo.

La fe y la religión contemporánea, en cambio, se basan en la tradición, la autoridad, la revelación y el dogma. Por eso necesitan del adoctrinamiento, del control social, incluso de la represión, y de la desinformación. En contraste, la ciencia se fundamenta en la evidencia empírica, es decir la observación y la experimentación, da cabida a la creatividad e innovación, construye sus verdades a partir del conocimiento acumulado, que siempre está bajo es escrutinio de la comunidad científica. La ciencia también fomenta la competencia de ideas y parte de hipótesis nulas, es decir que no supone como dado lo que se quiere demostrar, sino que afirma primero que no es cierto, por lo que tiene estándares más estrictos de comprobación. Lo cual ayuda a superar los sesgos cognitivos que están presentes en todos los humanos, sean creyentes o incrédulos. Por todo esto, el conocimiento científico tiene la capacidad de auto-corrección, lo que le permite avanzar rápidamente, en contraste con las creencias religiosas que corresponden a la cosmovisión de sociedades agrarias de hace unos doce mil años de antigüedad.

La fe, en la tradición cristiana, no necesariamente está divorciada de la razón. De hecho, la escolástica era un método utilizado en la Edad Media por los grandes intelectuales cristianos, generalmente religiosos como Santo Tomás de Aquino; usaba la lógica pero se basaba en la autoridad del maestro y en los textos bíblicos considerados como verdad revelada por Dios. Por ello, sus esfuerzos por racionalizar la fe fueron infructuosos, presas de un círculo vicioso que retrasó el progreso científico de la humanidad. Los famosos mil años de oscurantismo, en los cuales la Iglesia Católica dominó en lo político, económico y académico. Su dogma se impuso por la fuerza, no por la razón.

En el paradigma científico no se excluye el denominado gozo intelectual, la satisfacción por descubrir algo nuevo, como el eureka de Arquímedes, o por comprender algo que no entendíamos. Sólo el hecho de entablar un diálogo de altura, leer un libro con argumentos interesantes, o ver una película inteligente, ya nos da una experiencia que bien podríamos calificar como trascendental y, a lo mejor, hasta mística, en el sentido que talvez no podemos articularla a cabalidad por medio de las palabras, pero la hemos comprendido a un nivel más bien intuitivo.

La religión y la ciencia se traslapan, como cuando se intenta racionalizar la fe. El problema es que la religión, aunque use la lógica, parte de premisas falsas que conducen a conclusiones igualmente falsas. La misma definición de fe, creer en lo que no se ve, refuerza el sesgo cognitivo de desechar aquello que contradice nuestras creencias y dar más peso a lo que las confirma. Por lo que la pereza mental nos hace caer en un autoengaño y en el acomodamiento con lo que la mayoría de personas piensan y creen –lo cual es, también, un shortcut cognitivo. El método científico, en contraste, nos vacuna contra tales sesgos y es lo que permite avanzar a la ciencia, independiente de las creencias que los científicos puedan tener. Eso es lo que nos ha permito disfrutar de las comodidades tecnológicas que hoy nos facilitan grandemente la vida.

Intentaré continuar con esta reflexión a partir de los puntos presentados en defensa de la fe y como ataque al paradigma científico.

(*) Carlos Antonio Mendoza Alvarado

Nació en una familia católica de clase media capitalina. Fue bautizado en la Iglesia de la Merced, zona 1 de la Ciudad de Guatemala. Asistió al Liceo Javier, donde fue educado durante doce años por los Jesuitas. Hizo su primera comunión a los 8 años, y su confirmación a los 15. Desde entonces se involucró decididamente en la pastoral juvenil de su parroquia, San Martín de Porres (Vista Hermosa, zona 15). A los 17 años ya era miembro del Consejo Pastoral de dicha parroquia, edad a la que empezó a considerar la vida religiosa como una opción radical para el seguimiento de Jesús.

Maduró dicha idea, y a los 19 años dejó la Universidad Landívar para ingresar a la Orden de los Predicadores. Vivió y estudió teología y filosofía en San Salvador, León (Nicaragua), y San José (Costa Rica). A los 22 años decidió que la vida religiosa no era para él y regresó a Guatemala para estudiar economía. Desde entonces ha experimentado un lento y largo proceso de conversión en escéptico, agnóstico y, finalmente, no-teísta. Es miembro fundador de la Asociación Guatemalteca de Humanistas Seculares, organización que salió a la luz pública el 17 de julio del 2014.

Carlos Mendoza

Soy centroamericano, economista y politólogo, socio-fundador de Central American Business Intelligence (CABI). Nací y crecí dentro de una familia ladina y católica de clase media urbana, pero con profundas raíces históricas en la Verapaz y el Petén. He estudiado ingeniería (URL), teología (UCA e ITAM), economía (UFM), y política (Stanford y Notre Dame). Y ahora me he dado cuenta que me encantan las ciencias cognitivas y la psicología evolutiva. A los 22 años me desencanté de las religiones y poco a poco me he convertido en un escéptico. Me interesan los problemas socioeconómicos y culturales de Guatemala y América Latina, pero aspiro a ser cosmopolita. Mis principales trabajos en el pasado han sido en CIEN y PNUD.

1 Comment

  • Reply September 19, 2016

    cocorera

    Porque e de creer palabras sin sentido, antes que a la biblia, solamente digo cuando estan agonizando por alguna enfermedad y quieren seguir viviendo a quien se dirigen a la ciencia???? Dios es real pero no a todos se le es revelada por la dureza de su corazon. Bendicio es.

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