El lápiz, la bala y la fe, o el humor en tiempos de cólera (I)

  1. La obviedad hiriente

Y bien, ¿cómo no querer estallar en puños de ira ante la agonía de cada niño consumido de parásitos y hambruna; frente al asesinato de cada mujer que se ve sometida al ángulo más bronco del escroto, antes de ser pasada por el grito y el descuartizamiento de su cuerpo; contra el homicidio sistemático de pilotos de autobús por negarse a ennoblecer una extorsión; o a favor de cada persona trans cuya vida es segada por el mismo gendarme que debía defenderla? Y pensar que hablamos del gluten cotidiano de apenas una nación: un territorio nuestro, donde hijos valientes y altivos «veneran la paz cual presea».

Sin embargo de lo anterior, los próximos párrafos no versarán sobre los fallecimientos siniestros de un país brutalizado, que dan de sí para pesadumbre y basca hasta la hipérbole. Versarán sobre otras vidas extirpadas con insania criminal, por otros móviles y en otros tejidos societales. Será un asunto de terror y de fe. O de ambas cosas a la vez.

  1. La hilaridad como vitalismo

Entre 1550 y 1551, el emperador Carlos V convocó a catorce teólogos a debatir en el Colegio de San Gregorio de Valladolid sobre si era justa y moral la conquista y el sojuzgamiento de los «naturales del nuevo mundo», en virtud de una imposibilidad para practicar autogobierno que pretendidamente les era a estos muy suya. Ginés de Sepúlveda argüía que aquellos «bárbaros», entre otras cosas acusados de idolatría y sodomía y de ser incompetentes en conducir una vida racional por una «inclinación natural al vicio», debían ser cristianizados para salvarlos de sí mismos; en consecuencia, era legítimo el uso de la fuerza, y respaldó tal desvarío en Aristóteles.

Por su parte, Bartolomé de las Casas aducía que la noción aristotélica de bárbaro no era aplicable a los nativos del hemisferio «descubierto», y citaba arquetipos de organización política entre ellos; además, denunciaba la sevicia con la cual eran subyugados a la cruz, y pedía para estos un trato más humanitario, a fin de invitarlos a adoptar «voluntariamente» el catecismo. A la postre, no cosecharon laureles los postulados esclavistas de Sepúlveda, pero tampoco el paternalismo de Las Casas. La disputa concluyó sin dictamen, pese a que ambos oponentes reclamaron después la victoria para sí. Así y todo, en esa junta se estaba coagulando el cigoto del derecho internacional.

Inspirado en aquel debate, el cineasta y escritor Jean-Daniel Verhaeghe dirigió en 1991 el telefilm La controverse de Valladolid. Esta versión reconstruye, no sin licencias históricas, el litigio entre aquellos polemistas, pero ante un delegado del papa. A Las Casas lo acompaña en esta ocasión un grupo de «indios»: se propone demostrar que «tienen alma» —pocos años atrás, no en la ficción, se había llegado incluso a situar en duda su mismísima humanidad—.

Puesto que la facultad de reír es privativa del hombre, razona el enviado pontificio, si ríen los traídos se demostrará que son tan humanos y tan hijos del Padre como los europeos. Se hace entonces venir a los entretenedores de la corte, con objeto de decir ocurrencias a costa de los clérigos. Mas no se consigue alterar los músculos faciales de los defendidos de Las Casas, sencillamente porque la lengua les es exótica. El heraldo concluye que los habitantes originarios de América no son humanos, por cuanto no son capaces de reír. Y, no obstante, en el momento en que él se apresta a salir, se enreda en su propia sotana y da con sus huesos en el piso. Los indígenas se incendian en risotadas, y el jolgorio se vuelve unánime y vital.

No hay nada más humano que la risa. Verdad es: ríen también las hienas, pero ríen porque matan y el instinto no les da para más. Ríen, ríen, ríen, pero no tienen humor. Cuando perdemos la pulsión de la risa, dimitimos de ser humanos. Cuando el lápiz es más fuerte que la bala, alcanzamos un poco las estrellas.

  1. La libertad de ofender

Las hienas tienen nombre y apellido, y ahora fueron tres. Tres como las Moiras del destino. Tres como las brujas de Macbeth. Tres: dos hermanos Kouachi, Saïd y Chérif, y un Ahmedy Coulibaly, en un dúo de embestidas separadas; la de este, en una tienda judía de abarrotes, y la de aquellos, en un semanario satírico. Todo en París. ¿Por qué, por qué la acometida y por qué lo feroz? Porque la suprema libertad de reírse de los íconos horroriza a los cretinos y a los lacayos de los dogmas.

Sátira, fruto del vientre del humor. Ese tipo de humor que sumerge raíces en la antigüedad grecolatina, con las comedias de Aristófanes y los epigramas de Catulo. Por allá el cinismo cáustico de Diógenes, por allí las farsas de Plauto o de Terencio, por aquí las pullas de Petronio.

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Humor es tipificar lo que apodamos realidad desde el borde que se afloje más frente a la risa. Lo que en lógica se designa como falacia del fantoche de paja (variante del argumento ad hóminem), en literatura y otras formas de arte asume las deliciosas complexiones de sátira, parodia, ironía, sarcasmo, cuadros de costumbres y otros géneros de hilaridad como carril para la crítica.

Objetar con irrisión no deleita a los fanáticos. No les ameniza: los amenaza. Encarnación de lo que hablamos: diecisiete víctimas humanas; entre ellas, cinco artistas cuyas gónadas nos ganan el bombín o la pamela, y cuyas tumbas exigen, con una sonrisa, que todos sigamos de pie.

Al mismo tiempo, hay una víctima no humana, sino litúrgica: Charlie Hebdo, culpable de humanizarse en el espíritu bufo de no dejar santo parado ni títere con cabeza, pues nuestra cepa biológica ostenta el inmanente derecho a instalar a lo «sacro» en un pedestal de veneración, tanto como a hacer de este una letrina.

Porque los humanos tenemos el derecho a contagiar la bacteria de la risa a cuenta de los valores propios y ajenos, y a zaherir a toda autoridad y toda institución de poder…

Porque tenemos derecho al gracejo, al carnaval y al mundo al revés…

Porque entendemos la autonomía de desarmar por el humor…

Porque tenemos la libertad y el derecho de emitir por cualquier vía el pensamiento…

Porque atesoramos la libertad de mimar al ingenio del insulto…

Porque poseemos, cuando la causa lo licita, la civilizada libertad de ofender sin recurrir a los nudillos, como el prójimo tiene la de pagarnos con la misma tarjeta —cuidado: injuria, calumnia, apología del delito o incitación a la violencia son ya jabalinas muy al margen de la ley; la ofensa es otra cosa—…

Porque también somos libres de abstenernos de reciprocar la cortesía de la ofensa…

Y porque, salvo la vida humana sintiente y pensante, por mucho que la superstición organizada asegure lo inverso, no hay nada que en estricta objetividad sea sagrado. Por ende, no existe cosa sacrílega, ni sacrilegio factible, ni cosa irreverente.

* * *

El crayón de Charlie Hebdo ha sido fracturado por atreverse a ejercer la libertad de delinear «irreverencias», como las nalgas de Mahoma en decúbito prono, o las piernas abiertas de la Virgen María en dilema de parto, o la consagración de una hostia en forma de condón por Benedicto XVI. Todo lo cual valdría de pretexto para que, por ejemplo en Guatemala, la hipocresía persignada se descosiera alguna prenda de vestir, se rebotara la mano en el pectoral izquierdo, y requiriera amordazar y enjuiciar a los profanos.

Esta es solamente una divergencia elemental entre un espacio de apertura y un país donde pasear efigies tétricas en andas aparatosas se aquilata como sello identitario, si bien en esto hay por supuesto libertad. Sería inconcebible contemplar un vuelco de multitudes a las calzadas metropolitanas para pronunciarse en contra del exterminio de caricaturistas que hubieran dibujado, un suponer, al Señor de Esquipulas besando en los labios (los del rostro) a la pecadora de Magdala. ¿No es así?

Con todo, los tartufos nacionales conservan al menos la deferencia de no llevar al entreno la voladura de los sesos del impío. Aunque lamentable, sus anatemas se constriñen a la censura, y hasta ahí. Nada, nada, nada pero nada justifica el saqueo de vidas por presuntos agravios a sensibilidades de índole beata. Y es de truhanes buscar atenuantes a matanzas.

  1. Eso que se nombra religión

En lo que me concierne, existen innúmeras creencias que no solamente no respeto, sino incluso no las considero respetables. Botones del modelo: los mormones están convencidos de que el buen dios tiene su trono a inmediaciones de un planeta llamado Kolob, y que los mortales podemos llegar a poseer características de divinidad mediante un proceso de progresión eterna para gobernar nuestros propios planos espirituales en el más allá. Profeso más respeto por las fábulas de Fedro o los cuentos de los hermanos Grimm que por esto.

La Iglesia de la Cienciología nos cree importaciones alienígenas que, hace setecientos cincuenta millares de centurias, descargó en volcanes de la Tierra un déspota galáctico que respondía al nombre de Xenu. No solamente irrespeto tal creencia, sino que me parece una melonada por donde quiera vérsela.

Los suníes dan por verdadera la existencia de Al-Burāq, bestia que vendría a ser un cruce entre Pegaso y centauro, más grande que un jumento y más chica que una mula, y empleada por el Profeta como medio de transporte de Medina a Jerusalén, desde cuyo Domo de la Roca fue conducido por ella hasta el séptimo cielo para entrevistarse con Alá. Perdonarán ustedes que me ría.

Más del 60% de musulmanes en el Oriente Medio, el norte de África, Afganistán, Pakistán, Bangladesh y Malasia (o sea, sociedades donde se concentran más adeptos a Mahoma) cree en imponer la pena de muerte a todo aquel que reniegue del islam. Yo no solo me burlo de esa pretensión, sino discurro que es una barbaridad hija de la gran puta.

El lado más gesticulante del judaísmo cree en una figura paternal omnímoda y ubicua, a quien no se ha visto ni oído desde la Edad del Bronce. Eso sí, a juzgar por sus proezas, ese ente tenía siempre la cólera a punto de caramelo (o el colon a punto de irritación). Me pregunto cuánto se habrían beneficiado los infelices israelitas únicamente con que Yahvé se hubiese matriculado en un cursillo para aprender a controlar las emociones —en especial, el encono—. Siempre estuvo a dos margaritas de un ataque de nervios.

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Los cristianos aseveran que una joven gozó de un virgo ileso después de concebir por obra y gracia de una irradiación inmaterial. Creen que un héroe caminó sobre agua, que cinco panes y dos peces le bastaron para dar de comer a cinco mil hombres (sin contar a féminas ni párvulos), que transformó moléculas de hidrógeno y oxígeno en moléculas de vino, que revivió a varios difuntos, incluido él mismo, cuyo cuerpo levantó del sepulcro para morar en un paraíso sobrehumano y sentarse a la derecha del papá, con quien es consustancial. Es una historia relinda y no veo inconveniente en que la gente la digiera, pero me apena señalar que no es muy distinta de otros mitos en diversas regiones de este orbe.

Una cifra de bautizados cree que un apiñamiento de células piensa. Yo no honro opiniones como esta, que concedería derechos a una muestra de epitelio. Ni siquiera voy a comentar sobre el exorcismo y la supuesta certidumbre de que los padecimientos físicos y psíquicos son producto de ángeles caídos.

Empero, a algunos hombres «santos» les parece apropiado anunciarme que se me atormentará después de morir, y que en lo civil se debe legislar con arreglo a un libro divino (del cual solo creen en la mitad). Y aun alegan, con frescura inmensa, que no respeto la fe suya cuando confieso no creer en su deidad, pues pondero que abrazan un tipo de quimera y se congregan con individuos de pensamiento similar para robustecer la misma fantasía. ¿Doble rasero? En efecto.

Si yo me obstino en proclamar la existencia de un fauno de tres cuernos que va creando quásares para el sistema binario de Alfa Centauri, y sin estar sujeto a las leyes del tiempo, debo demostrarlo de manera categórica; caso contrario, estoy obligado a abrigar la posibilidad de que me estudien o a ser pasto de la mofa.

Igual podría conceptuar la perpetuidad de un clan de sirenas bizcas que origine formas puras, demiúrgicamente, desde una de las veintisiete lunas de Urano, y podría quedarme serenísimo si le doy a esto el nombre de religión.

Pero esta analogía no la comprenden los creyentes, que a veces son religionistas. Podría ser más fácil razonar con un pitecántropo de la Era Cuaternaria o sentar a un mandril en un pupitre para que resuelva un cubo de Rubik.

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Ya es cansino leer cada vez con más frecuencia que la exposición vocal del ateísmo o del agnosticismo es semejante a seguir una inflexible tónica de religión, y esta falsa equivalencia es tan inconsecuente como decir que la alopecia es un color de cabello.

No, no es así. La negativa a creer en dioses (no otra cosa es ateísmo) jamás estará en el mismo polígono que la credulidad sin fundamento. Y la exhortación a utilizar el raciocinio no puede equipararse a la ceguera del fervor.

Por muy recalcitrantes que se los pueda percibir o que quiera coloreárselos, no hay movimientos laicistas capaces de detonar explosivos en vagones de trenes urbanos ni de irrumpir en templos con el específico propósito de ametrallar a los genuflexos. Prepárese usted a pescar en el planisferio una rama de terroristas que lo sean en representación del secularismo, y resígnese a marcharse con las atarrayas vacías. Por contraste, el extremismo de la fe también es una modalidad de la fe; integrista, pero fiel al fin y al cabo. Entre ambos procederes media un abismo.

Las personas que se asean el cerebro a base de lavados religiosos no pueden darse el lujo de dejar que las persuadan hechos y evidencias, porque este lujo implicaría un desabroche de vigilia y hay comodidad en el hecho de recostarse en ensoñaciones.

(Continuará)

Ramón Urzúa-Navas

Soberanía orgánica con alguna conciencia de sí misma. Habita Sobrevive de momento en Nueva York Chicago, Subsiste indefinidamente en Guatemala (y desempleado). en una de cuyas universidades persigue la obtención de un doctorado donde se plantea seriamente el abandono de la academia. Tiene claro que lo emborrachan la poética, la retórica, la gramática, la filología, la estética, la metafísica, la historiografía, las ciencias, las culturas, los vinos, usted y otros asuntos misteriosos. Ha sido corrector intransigente, catedrático inexperto, traductor plurilingüe, barman ocasional y a veces bohemio, para menor gloria de dios. Aspira a articular alguna coherencia posmoderna mientras cree en un planeta menos bestial. Todo lo demás carece de importancia.

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