Yo, ¿acuso?

Uno de mis ejemplos favoritos de coraje y valentía a la hora de poner la pluma sobre el papel, viene de la lucha en contra del antisemitismo y la manipulación mediática de parte de los poderosos en la Francia del siglo XIX: el llamado L’affaire Dreyfus. En estos tiempos de ataques al derecho a la libertad de expresión de periodistas, satiristas y columnistas, tanto en Francia como en Guatemala, vale la pena recordarlo.

A finales de 1894 el capitán Alfred Dreyfus, un joven oficial del ejército francés, fue condenado a pasar el resto de su vida en la prisión de la Isla del Diablo en la Guyana Francesa. A Dreyfus lo acusaron de haber traicionado a la patria al vender secretos militares franceses a los alemanes y fue hallado culpable. Todo el escándalo se había desatado cuando una conserje de la embajada alemana en Francia, quien trabajaba como espía para los franceses, encontró en la basura un documento anónimo escrito a mano por algún oficial francés, ofreciendo proveerles de documentos militares secretos. Todo el caso legal en contra de Dreyfus recayó casi exclusivamente en el argumento de calígrafos que examinaron este infame papel, conocido como el bordereau. Con la ayuda de elaborados diagramas declararon que la falta de similitud entre la escritura de Dreyfus y la encontrada en el documento era evidencia de un intento de encubrir su propia identidad.

La razón por la que las sospechas se concentraron en Dreyfus desde un inicio fue la condición de “otro,” de étranger, que los poderosos medios antisemitas crearon y reprodujeron en una fuerte batalla mediática en su contra. Para ellos, Dreyfus era el obvio culpable y por partida doble: no sólo era judío, sino también era oriundo de Alsacia, una región en el noreste de Francia que colinda con las fronteras de Suiza y Alemania, y que en un momento fue territorio alemán. ¿Qué más pruebas que esas?

Dos años más tarde Georges Picquart, jefe del Deuxième Bureau, la agencia de inteligencia al servicio del ejército francés, descubrió evidencias que exculpaban a Dreyfus y que incriminaban a otro oficial de alto rango llamado Ferdinand Walter Esterhazy. Picquart tuvo en sus manos una correspondencia escrita a mano entre el general alemán Maximilian von Schwartzkoppen y Esterhazy. Luego de comparar la escritura de Esterhazy contra la del bordereau, Picquart se convenció de la inocencia de Dreyfus y de la culpabilidad de Esterhazy.

Picquart se esforzó por convencer a sus superiores de que habían cometido un grave error sentenciando a Dreyfus, y luchó sin éxito por que Esterhazy fuera juzgado. En sus intentos por hacer justicia, se topó con una fortísima oposición que terminó silenciándolo al ser descargado de su puesto y ser enviado a la guerra en Túnez. Finalmente, entregó las evidencias a los abogados de Dreyfus, quienes comenzaron a hacer campaña para liberarlo y hacer que Esterhazy efrentara a la justicia. A pesar de contar también con cartas que Esterhazy había dirigido a una novia, en donde expresaba su odio al ejército y su total desprecio a La República, a Esterhazy lo siguieron protegiendo. Cediendo un poco a la presión, finalmente fue llevado ante un tribunal de justicia militar, a puertas cerradas, de donde salió exonerado. Para muchos, esta fue la gota que derramó el vaso. Tal desfachatez dividió a la población en dos bandos y empoderó a los antisemitas.

Fue en este clima de desorden social que el influyente intelectual y escritor francés Émile Zola puso en riesgo su brillante carrera y publicó una carta abierta en defensa de Dreyfus en el diario francés L’Aurore. Con el ya legendario título J’accuse (Yo acuso), Zola se dirigió el 13 de enero de 1898 al presidente de Francia, Félix Faure, para acusar a su gobierno de antisemitismo y de un total desdén por la verdad y la justicia al haber encarcelado injustamente a Alfred Dreyfus. Hacia el final Zola, sabiendo perfectamente a lo que se atiene, acusa directamente por nombre a los poderosos, a quienes él ve como culpables de la más cruel de las injusticias, y dice, augurando su destino:

No ignoro que, al formular estas acusaciones, arrojo sobre mí los artículos 30 y 31 de la Ley de Prensa del 29 de julio de 1881, que se refieren a los delitos de difamación. Y voluntariamente me pongo a disposición de los Tribunales.

El 23 de febrero de 1898, Zola fue juzgado y encontrado culpable del delito de difamación y calumnia. Para evitar ir a prisión Zola huyó hacia Inglaterra, en donde permaneció hasta que regresó a Francia justo a tiempo para ver el colapso del gobierno en junio de 1899. A su regreso, Zola encontró una sociedad profundamente dividida, cuyas diferencias se veían exacerbadas por este affaire, y alineada en dos bandos. Entre quienes apoyaban a Dreyfus—los Dreyfusards—estaban el mismo Zola, Georges Clemenceau, Anatole France y Henri Poincaré; entre los detractores de Dreyfus—los anti-Dreyfusards—estaba principalmente Edouard Drumont, director del diario La Libre Parole, conocido por su férreo antisemitismo. En esa época era normal encontrar caricaturas en las páginas y portadas de La Libre Parole, en donde Dreyfus y sus defensores eran representados como grotescos seres mitad hombre, mitad bestia.

Ubiquémonos, ahora, en la profundamente dividida Guatemala de 2015. La historia no es tan diferente. Estamos viviendo una salvaje guerra mediática e ideológica que gira, en buena parte, alrededor del juicio por genocidio en contra de Efraín Ríos Montt y siglos de racismo e injusticia social. Justo como sucedió en la Francia de la Tercera República, el juicio de Ríos Montt no es la causa de la división, pero sí un agravante en un país que no necesita más agravantes.

Como frecuentemente sucede en estos asuntos, lo único que es capaz de unir a personas con puntos de vista tan diferentes para luchar por un mismo ideal, en el mismo sentido, es un enemigo en común: Manuel Baldizón. Desde hace ya un tiempo, Manuel Baldizón ha ido armando su propia red de medios de comunicación—el canal de noticias NTV, el diario La Nación, las revistas Tribuna y esPrimicia—la cual ha utilizado para atacar a sus detractores y manipular descaradamente la opinión pública.

Hace unos días, a través de su consorcio, Baldizón lanzó una serie de ataques en contra de Juan Luis Font, Pedro Trujillo y un periodista no nombrado de Uspantán, Quiché. Entre otras cosas, Font, Trujillo y los medios que representan, han sido denunciados en el Ministerio Público por difamación, calumnia, fraude, discriminación de otros medios, tráfico de influencias, extorsión y abuso de autoridad. El objetivo de Manuel Baldizón es claro: intimidar periodistas y silenciar las críticas en su contra en el año electoral. Irónicamente, sus acciones caen en lo mismo que supuestamente están denunciando, y son un atentado en contra del fundamental derecho a expresarse libremente de los periodistas en una democracia.

Ante una amenaza de este tipo, es importante manifestarse y defenderse. No sólo los directamente intimidados, sino todos los que apreciamos la libertad de prensa y de opinión. En mi caso, al haber estado de ese lado, al ser objeto de la censura, expreso mi total solidaridad con los afectados. Eso simplemente no se puede tolerar. Habiendo dicho eso, sin embargo, la conferencia de prensa realizada ayer en Casa Cervantes me ha dejado mucho en qué pensar.

No pude evitar hacer la comparación, por ejemplo, con lo que sucedió la semana pasada en Francia durante la surrealista marcha en apoyo a la libertad de expresión y a Charlie Hebdo. Entre los asistentes en calidad de líderes mundiales estuvieron algunos de los principales enemigos de la libertad de expresión y de conciencia en la actualidad:

  • Mariano Rajoy, presidente de España y promotor de la llamada “ley mordaza,” que restringe libertades fundamentales de los ciudadanos.
  • David Cameron, primer ministro del Reino Unido, quien amenazó a los diarios británicos con acciones judiciales si publicaban cualquier información de las filtraciones de Edward Snowden. Cuando The Guardian incumplió, el gobierno los obligó a destruir sus archivos digitales.
  • Ahmet Davutoğlu, primer ministro de Turquía, nación que encarceló a la mayor cantidad de periodistas de cualquier país del mundo en 2012 y 2013. Actualmente, tienen a 70 periodistas que cubrieron un sonado caso de corrupción gubernamental esperando proceso.
  • Enda Kenny, primer ministro de Irlanda, en donde la blasfemia es criminalizada.
  • Mohammed bin Ismail Al Al-Sheikh, embajador de Arabia Saudí en Francia, en donde el bloggero Raif Badawi fue sentenciado a 10 años de prisión y 1,000 latigazos por “insultar al Islam.” Badawi recibió la primera tanda de 50 latigazos apenas dos días antes del ataque a Charlie Hebdo. Arabia acaba de pasar una ley que declara que todos los ateos son terroristas.

Al ver la foto de la conferencia de ayer, reconocí muchos rostros sonrientes. Entre los que se manifestaron en favor de la defensa del derecho a la libertad de expresión estuvo Giovanni Fratti, protagonista de un supuesto incidente con Marielos Monzón en 2009, a quien intentó intimidar en medio de un restaurante con amenazas de cambiar el país a “sangre y plomo.” No vi a Pedro Trujillo, pero sí reconocí a Alfred Kaltschmitt y Humberto Preti, quienes junto con Trujillo, reproducen un discurso que coquetea peligrosamente con el racismo, en donde los indígenas son vilificados y tachados de terroristas desde sus columnas en Prensa Libre. Pueden ver una muestra aquí, y aquí. En primera fila aparece Gloria Álvarez, quien no es periodista ni columnista, pero quien desde su página de Facebook impulsa la idea de que los pobres son pobres porque quieren. Un poco escondido, al fondo, reconocí también a Martín Rodríguez, quien cuando fue director de Plaza Pública, censuró una columna de mi autoría. La columna utilizaba a la censura realizada a lo largo de la historia por la Iglesia para mostrar, precisamente, la inutilidad de la censura en la era del internet. El chiste se cuenta solo. Se podrán imaginar mi sorpresa al verlo posando para la cámara mientras se manifestaba “en defensa de la libertad de expresión.”

¿Qué tiene que ver esto con Francia, Dreyfus, Zola y Le Libre Parole? Noto una similitud entre esta alianza temporal entre periodistas, y una completamente imaginaria alianza entre Émile Zola, Edouard Drumont y los periodistas que apoyaron el proceso en contra de Dreyfus en primer lugar, para defender “la libertad de expresión.” Es una disonancia moral y cognitiva terrible. No se puede combatir el racismo de la mano de personas que reproducen el discurso racista y no se puede pedir que se respete el derecho a la libertad de expresión de la mano de quienes sistemáticamente lo irrespetan o se aprovechan de él.

Está de más decir que esto no es un llamado a la censura de opiniones que considero fundamentalmente erróneas y nocivas. Por muy equivocados que estén, tienen derecho a expresarse y la mejor manera de contrarrestarlos no es la censura ni el bullying mediático a-la-Baldizón, sino simplemente la construcción de mejores argumentos. Por eso me confunden estas cosas. Expreso mis más sinceras muestras de solidaridad hacia Juan Luis Font, Gustavo Berganza y a cualquier periodista a quien quieran intimidar cobardemente; pero me cuesta muchísimo ver despliegues de hipocresía como los de ayer y hacerme de la vista gorda. En palabras de Émile Zola:

“Y es un crimen más apoyarse con la persona inmunda, dejarse defender por todos los bribones de París, de manera que los bribones triunfen insolentemente, derrotando el derecho y la probidad. Es un crimen haber acusado como perturbadores de Francia a cuantos quieren verla generosa y noble a la cabeza de las naciones libres y justas, mientras los canallas urden impunemente el error que tratan de imponer al mundo entero. Es un crimen extraviar la opinión con tareas mortíferas que la pervierten y la conducen al delirio. Es un crimen envenenar a los pequeños y a los humildes, exasperando las pasiones de reacción y de intolerancia, y cubriéndose con el antisemitismo, de cuyo mal morirá sin duda la Francia libre, si no sabe curarse a tiempo. Es un crimen explotar el patriotismo para trabajos de odio; y es un crimen, en fin, hacer del sable un dios moderno, mientras toda la ciencia humana emplea sus trabajos en una obra de verdad y de justicia.”

Tiene que haber una mejor manera…

 

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

4 Comments

  • Reply January 22, 2015

    Jose Lopez

    alguien esta ardido que nadie lo pele como a la canchita…jajajaja ridiculo

  • Reply January 23, 2015

    Pedro López

    Contrario a lo que comenta José López, es un texto importante, ojalá más comentaristas o columnistas tuvieran una visión crítica de los medios en Guatemala, que históricamente han estado en manos de los opresores.

  • Reply February 9, 2015

    Kurono

    Aquí en Guatemala tenemos de todo, desde los famosos periodistas faferos, que gustan de publicar y chantajear a sus “víctimas” (políticos y gente involucrada con ellos, tal vez no inocentes del todo, pero igual de deleznable) con noticias reales o inventadas para sacarles dinero, al más puro estilo Mara 18 o Salvatrucha o los bandidos de las cárceles. Luego tenemos a tipos como Fratti o Trujillo, que literalmente exigen linchamientos físicos o intelectuales contra los que no son de su cuerda. Hay gente que se autocensura o bien practican la censura a otros, no voy dando nombres, porque los conocemos. Hay quienes son un grupo de gente de ideologías cuestionables (como el ex-guerrillero Miguel Ángel Albizures o el hijo de militar Méndez-Ruiz), los cuales son desgastantes, absurdos, vacuos y en ocasiones, veladas invocaciones a la violencia intelectual o hasta física, rememorando los oscuros “viejos buenos tiempos”. Hay también grandes periodistas columnistas y periodistas, como el Lic. Óscar Clemente Marroquín, el Lic. Haroldo Shetumul o la Lda. Marielos Monzón, con un estilo claro, imparcial y objetivo, muy propio y humano. Lástima, que sen la minoría y que no sean las voces de consejo que ilustren las mentes de las élites políticas, empresariales o sociales y prefieran más a otros más mediáticos, pero menos preparados o bien, nocivos para la salud de la institucional y la paz de este ya de por sí desastroso estado.

    No pueden hablar de indignación, hacer marchas de “Je suis Charlie” gente que moralmente se comportan de una manera intencional similar a los islamistas que masacraron a la gente de “Charlie Hebdo”

  • […] Internet hubo comentarios a favor y en contra de la conferencia. Por ejemplo, el bloguero Oscar Pineda expresó: “Entre los que se manifestaron por el derecho a la libertad de expresión […]

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