El lápiz, la bala y la fe, o el humor en tiempos de cólera (II)

  1. Los motivos del lobo

Todo fanático se arroga la «verdad única» de las figuraciones que acaricia, pero no todo fanático acaricia el terrorismo, gracias a Odín. Es así que, si la variante fanática de la religión llega a enjoyarse de armamento, la guerra se santifica y naturalmente evacuará de la piscina genética a cualquiera en el nombre de la fe. La subvariante monoteísta lo ha hecho en todo ámbito habitable, vamos a ver, quizá desde que el cristianismo se desayunó con santa Elena al Imperio romano, que ya es mucho decir. Pese a ello, hay quienes tienen todavía las amígdalas para gruñir que a su credo no se lo respeta lo suficiente.

Lo que impele a los terroristas religiosos a asesinar no es la falta de consideración a su modalidad de correspondencia con lo intangible. Es que ansían el poder y el control de todas las mentes, a través de la avenida del miedo. Y no hay mayor pavura que la infligida por harina de salitre, azufre y carbón.

En ese entendimiento, quienquiera que obstruya esa autopista merece ser pasado por las armas, y hacer así de este sujeto una advertencia ejemplar para insumisos por venir. Por apelación a la pesadilla, los extremistas armados se comportan bien en la galante usanza de impedir que otros se les opongan, incluso si los rebasan en número. Insistamos: no es aspiración al respeto; es un proyecto de absolutismo.

Cierto teócrata que maneja demagogias desde Roma ha entendido esto muy mal, porque a ninguna persona a quien le hayan abolido la vida por dar materia a sus ideas, fueran pías o seculares, se le debería espetar: «Sea usted más respetuosa».

De aquí que el ambiente se enrarezca cuando oímos que el embajador plenipotenciario de Su Divina Majestad parece justificar la violencia por la ofensa, por muy espontáneo que sea el reflejo. Perlas salidas de la boca pontificia:«[…S]i el doctor Gasbarri [organizador de los viajes papales], que es un gran amigo, dice una grosería contra mi mamá, le espera un puñetazo. ¡Es normal!» […] «Hay mucha gente que habla mal, que se burla de la religión de los demás. Estas personas provocan y puede suceder lo que le sucedería al doctor Gasbarri si dijera algo contra mi mamá». (El País, 16/01/2015).

Señor mío, no tengo el gusto de conocer a su dadora de gameto femenino, pero sí conozco a su Santa Madre Iglesia lo bastante como para decir un par de cosas, e hidratarle a usted la memoria con la manera patrística en que tan maternal figura fue descrita por dos de sus más celebrados tratadistas: Ambrosio de Milán: «meretriz casta» (Expositio evangelii secundum Lucam, III, 23); y Agustín de Hipona: «prostituta pero virgen» (Sermón 213, 8). ¿Ya rememora usted? Esencialmente, su madre mística es una ramera con olor a palma de gloria, y no lo digo yo. ¿Me dará usted un puñetazo o se lo propinará a los santos doctores de la esposa del Mesías?

Se concuerde o no con lo siguiente, de usted se espera como mínimo congruencia con aquello que recoge el Evangelio —suponiendo que haya leído usted los cuatro—. «Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo os digo: No resistáis al mal, y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra; y al que quiera litigar contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto, y si alguno te requisara para una milla, vete con él dos» (Mateo 5, 38-41, versión Nácar-Colunga). ¿No fue el mismo Cristo quien dejó esto establecido?

¿Y acaso no lo repitió otro de sus biógrafos, Lucas, en esta cita textual: «¡Ay cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros, porque así hicieron sus padres con los falsos profetas! Pero yo os digo a vosotros que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian. Al que te hiere en una mejilla ofrécele la otra, y a quien te tome el manto no le estorbes tomar la túnica» (6, 26-29, versión Nácar-Colunga)?

Entiendo. Es que al vicario de Cristo tal vez le parece menos sexy el enfoque cristiano que el paulino. Tiernas palabras las de Pablo: «¡Ojalá se castraran del todo los que os perturban!» (Gálatas 5, 12, versión Nácar-Colunga).

Hay dos clases de mamíferos que pueden llevar piel de oveja, y usted, Jorge Bergoglio, no es una oveja.

  1. El factor gore

Qué divertido es el Corán. Propongo un sabroso entremés… En una de sus aleyas (la 51 de la sura 33, traducción de Isa García[1]), Alá le comunica a Mahoma: «Puedes relegar a quien quieras de tus esposas [y no pasar la noche con la que le correspondía] y estar con la que quieras, o bien si lo deseas volver con alguna de las que relegaste, pues en ello no hay falta para ti. Esto es más conveniente para que estén alegres [pues así lo ha decidido Allah (sic)], no se apenen y para que se sientan conformes con tu elección. Allah (sic) bien sabe lo que hay en vuestros corazones, y Allah (sic) es Omnisciente, Tolerante» (las interpolaciones entre corchetes aparecen en el original, pero el énfasis es mío).

La versión de Abdel Ghani no difiere gran cosa. Veamos:  «Deja postergada a la que quieras de ellas y une a ti a la que quieras. Y si deseas alguna que hayas mantenido alejada no hay mal en ello para ti. Esto es más conveniente para que sus ojos se refresquen (se consuelen) y no se entristezcan y estén satisfechas con lo que les des. Allah [sic] conoce lo que hay en vuestros corazones. Allah [sic] es Conocedor, Indulgente» (de nuevo, la interpolación se encuentra en el original, con excepción del adverbio «sic» y del hincapié en negrillas).

De modo que este personaje no solo consiente la poliginia, como obvio es, sino que también piensa en la libido de su apóstol y en la alegría de sus mujeres. ¡Cuánta tolerancia, cuánta indulgencia, por el amor de Alá!

Qué cómico: esa misma tolerancia no es expansible en caso de que algún deslenguado albergue la peregrina idea de ofender al Compasivo y Misericordioso. Apenas cinco aleyas después de la citada, se lee claramente lo siguiente (versión de Isa García): «A los que ofenden a Allah [sic] y a Su Mensajero, Allah [sic] les maldecirá en este mundo y en el otro, y por cierto que les tiene preparado un castigo humillante» (33, 57), y «[s]erán maldecidos doquiera se encuentren, y deberán ser apresados y matados» (33, 61). Palabra de Alá.

Abdel Ghani lo traduce así: «Los que ofenden a Allah [sic] y a Su mensajero, Allah [sic] los maldecirá en esta vida y en la Otra. Ha preparado para ellos un castigo infame»; «[m]alditos, donde quiera que se dé con ellos serán capturados y matados enérgicamente» (aleyas 57 y 61, respectivamente).

Podría objetarse que la orden de acabar con los incrédulos se aplica solamente a los de Medina, ciudad que se menciona en la aleya 60 de la misma sura. Sin embargo, no habría razón para suponer que Alá quisiera desembarazarse solamente de sus ofensores medineses —y de los de su mandadero—, dejando impunes a los autóctonos de cualquier otro lugar del ancho mundo.

En todo caso, aquellos términos tan cándidos exhiben solo algunas intenciones de ese dios clemente y misericordioso a quien adora el credo de Mahoma. Lo tenemos muy difícil si queremos explicar que cualquier energúmeno del islam no es un verdadero islámico, cuando lo único que hace es volver al fundamento e interpretar literalmente lo contenido en el núcleo mismo de su fe, el propio Corán.

***

Así se desembarca en el trasfondo de los crímenes en el pequeño supermercado kósher parisino y en la redacción de Charlie Hebdo. Y así es como las aguas cosmopolitas se llegan a enturbiar. Admito que para mí tiene esto un no sé qué de personal y déjà-vu. Fue un 14 de febrero sin santidad de Valentín. 2003, ah. Estudiaba Malvivía yo en París cuando Dominique de Villepin, entonces ministro de Exteriores de la República francesa, brilló con soltura y ardentía en el seno neoyorquino de la ONU, donde externó su pétrea denegación a la comparecencia de la Galia Transalpina en el asedio a la Babilonia de Sadam. Pero los dados de la guerra ya venían amañados, y, un mes después, los pulió en las islas Azores el Trío Calavera, integrado en ese tiempo por el segundo Bush, evangélico metodista; Anthony Blair, católico de facto; y José María Aznar, apostólico romano.

No era tan fácil presagiar, al menos a mi ver, que la nevada de bombas en primavera acarrearía secuelas así de sangrantes en el juego internacional de damas chinas. No ha habido alianza de civilizaciones, como pediría después Rodríguez Zapatero, presidente de turno del Ejecutivo español. Lo que ha habido es rencor en las esquinas y afianzamiento del frenesí.

Pero a Francia no se le antoja esta noche derramar proyectiles sobre el Magreb, ni demoler desde el aire los tesoros asirios o el patrimonio cultural de los sabeos o la arquitectura mesopotámica, como no se le antojó hace ciento treintaicuatro meses con Irak para bañarse en oro negro. Lo que le apetece con justeza es emprender el contrarresto de cualquier principio activo que se adiestre en pasar corriente al pavor, sea en enclaves de La Marsellesa, o bien, en comarcas del EI (Estado Islámico).

Nunca mejor que ahora es oportuno evocar la grandeza de La Libertad guiando al pueblo, cuadro insignia del Romanticismo más apasionado y milagroso. Puede que París valga una misa, frase atribuida al rey hugonote Enrique III de Navarra, converso al catolicismo; pero en el cuadro de Delacroix cabe toda el arca de libertades cívicas y laicas que debemos defender, a despecho de que el yihadismo se nos ponga cada vez más gore y nos muestre una dentición con exceso de caninos.

  1. Gradaciones

Hace una década, entonces veinteañero, servidor publicó en una página periodística guatemalteca que el islam y él no congeniaban, pero que tampoco congeniaba servidor con ver al islam como demonio. Es hora del matiz: uno entrega el adjetivo «demoníaca» a toda doctrina de glóbulos rojos —de vocación feligresa o no— que urda avasallar a sus compatriotas o a turistas, o a naciones enteras, sobre lomos de cadáveres. No es forzosamente el caso del islam, sino el de sus hemorroides, los islamistas.

No se caiga en tentación de intrincar islámico con islamista, homólogo de yihadista. Como tampoco se haga coincidir cristiano con cristianista en el mismo cajón de sastre. Además, ni todos los árabes son musulmanes (hay árabes cristianos, como en el Líbano), ni todos los musulmanes son árabes (refiérase a Indonesia), y aun —sin tilde— y aún —con ella— sería bochornoso recalcar que no todos los árabes y musulmanes son terroristas.

En sus suelos de adopción, la fenomenal mayoría de islámicos, por otro nombre muslimes o musulmanes, son gente pacífica. Sumamente misógina, pero pacífica. En extremo homofóbica, pero pacífica. Muy antijudía, pero pacífica. Allí poseen desde luego el inalienable derecho a su luna creciente, a su mano de Fátima, a su profeta ágrafo, a descalzarse en sus mezquitas y a orar segregados por sexos, y, en fin, a manifestar su devoción como Alá les dé a entender. Es perogrullesco decir que solo desean ganarse con rectitud la vida como cualquier otro individuo.

El punto de contraste se quiere entrever en el lugar de residencia. El mahometismo se reviste de sospecha para el ojo occidental dentro de las regiones desde las cuales despunta dicha confesión, donde logró adueñarse de conciencias con ofertas de hemoglobina. Allí, las protestas contra los actos terroristas son muy abundantes, sí, sí, como los camellos en la Antártida, y en esto no se capta benevolencia.

Nadie parece reparar en que las condenas emitidas por líderes muslimes partan casi siempre de los asentados —o formados— en Europa o Norteamérica, y en ello el mérito se abrevia. Esos hombres de su dios enuncian un rechazo porque pueden: los arropa el derecho de expresión que saborean en sus patrias anfitrionas (o anfitrionas de una o dos de sus generaciones precedentes). Lo meritorio sería comunicar repudios vigorosos desde las áreas donde la religión de Mahoma es la consueta.

¿Qué mulá se permite exaltar su voz con un rechazo sin ambages ni suavizantes a esta forma miliciana de vindicar al emisario del Corán, sin salir indemne de la rechifla de su propio pueblo? En el momento en que tecleo estas sílabas, aún no se escucha, ni con una caracola al oído, la absoluta reprobación de este terror vociferada por el ayatolá Alí Hoseiní Jameneí, del Irán, o por el gran muftí de Arabia Saudita, Abdul-Aziz ibn Abdulá Al ash-Shej. ¿Su repulsa? Música de grillos.

Queda Turquía, la versión gourmet del islam. Un islam que se dejó afeitar en su momento por este Estado secular, pero que hoy se cuela en los residuos de lo que fuera el Imperio otomano, en aspecto de partidos políticos y administraciones que prestan la oreja a los minaretes cinco veces en la jornada. Involución, así se denomina.

  1. La parábola geográfica (y una falacia telúrica)

Lo posible: que lo dicho a continuación despida un hedor a reduccionismo dicotómico. Sea. Y, sin embargo, venimos de avistar un nuevo careo de barbarie contra civilización. Pero barbarie no equivale a polvo y palmeras, ni civilización es un sinónimo de pavimento y alumbrado. Llamo a esto «falacia telúrica», por cuanto se daría por sentado que el suelo ejerce un influjo determinista sobre la conducta de las culturas que lo pueblan.La barbarie tiene poco que ver con la rosa náutica; tiene que ver con una feral resistencia a obedecer un acervo básico de reglas para la vida en común.

Es cuestión de observancias democráticas, de adherencia a la equidad, de transigencia al desacuerdo… en suma, de un guion de libertades que ha probado ser el más apto para conseguir la coexistencia solidaria de todos los movimientos que no riñan con la legalidad. De manera que no es un telurismo contra otro, sino de un conjunto de armonías contra un repertorio de obcecaciones.

(Continuará)

[1] Los musulmanes mantienen que el Corán es la palabra absoluta e intraducible de Dios/Alá, quien, por lo visto, tiene al árabe del siglo VII de la era vulgar como idioma materno. En esa lengua lo recitó Mahoma cuando así se lo ordenó el plumífero Gabriel. Cada aleya tiene siete significados diferentes y sujetos a interpretación, pero el único significado verdadero se encuentra en la edición príncipe: la de la mente de Alá. Por lo tanto, toda traducción no es más que una rendición imperfecta de lo inefable, y quienes no hablamos ni leemos arabía debemos conformarnos con aquello que nos presente un traductor.

Ramón Urzúa-Navas

Soberanía orgánica con alguna conciencia de sí misma. Habita Sobrevive de momento en Nueva York Chicago, Subsiste indefinidamente en Guatemala (y desempleado). en una de cuyas universidades persigue la obtención de un doctorado donde se plantea seriamente el abandono de la academia. Tiene claro que lo emborrachan la poética, la retórica, la gramática, la filología, la estética, la metafísica, la historiografía, las ciencias, las culturas, los vinos, usted y otros asuntos misteriosos. Ha sido corrector intransigente, catedrático inexperto, traductor plurilingüe, barman ocasional y a veces bohemio, para menor gloria de dios. Aspira a articular alguna coherencia posmoderna mientras cree en un planeta menos bestial. Todo lo demás carece de importancia.

Sé el primero en comentar

Add Comment Register