El lápiz, la bala y la fe, o el humor en tiempos de cólera (y III)

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El Occidente de nuestros días no es tanto un cobertizo geopolítico más o menos imperial—aunque también— cuanto una condición de mercancías conceptuales. Es una idiosincrasia, una cosmovisión. Es una forma de hacerse una imagen del mundo a partir de la Hélade y el Lacio, con levadura de humanismo antropocéntrico, bajo el esquema de disyunción entre gobernanza y teología, y sobre el cimiento vivo de la dignidad y la igualdad innegociables de toda ciudadana/todo ciudadano ante la ley como única vara de medir.

Así pues, no se identifiquen (necesariamente) extensiones o contornos territoriales con paradigmas constitutivos. Dado que Occidente es una valoración de factores, es hacedero exponer que esta zona imaginaria, inclusiva de Centroeuropa y Europa del Sur, se encuentra tan al oeste de dichas topografías como Winnipeg, Canadá, y tan a su este como Wellington, Nueva Zelanda.

¿Europeo? Tal vez. Pero el pabellón de Vladímir Putin, hijo anímico de Iván el Terrible, no es Occidente: hostiliza con amplitud las garantías que vertebran al Estado de derecho; verbigracia, la separación de poderes —y la barrera divisora entre régimen político y régimen espiritual—. El tiranuelo echa la hiel por restituirle a la «madre Rusia» su prestigio de antaño y su privilegio de amamantar al vecindario con ojivas de misil. Se intuye que anhela verla esculpida en posición ecuestre, rublo en mano, como generala de reinos edecanes.

Finalmente, tampoco se busque la parábola de Occidente en el oriente, ni siquiera en Israel. El Israel que edifica Netanyahu aspira a ser un Estado etno-confesional para techo propio de la judería, dejando en la ribera del náufrago al 25% demográfico que no está en comunión con el Talmud. Y aquí tienen el problema: la compota en que se mezclan religión y política en ese país es precisamente aquello que en la civilización occidental, de ordinario, produce reflujos a la digestión de la genuina democracia o de la auténtica república. Por principio general, y con alguna excepción que confirma la regla (besos a Italia y al sur estadounidense), no puede haber potaje admisible: cada ingrediente conoce desde el siglo XVIII su lugar en la alacena.

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Occidente es un fermento de emblemas y referencias; es un engarce de culturas distantes y distintas, cuyo mínimo común múltiplo es haber osificado positivamente libertades en normas y preservarlas como se preservan las alhajas de una corona.

Del Olimpo a la Bastilla.
Del ágora al tocino.
De Lucrecio a Diderot.
De Pericles a la píldora.
De Demócrito a Velázquez.
De Júpiter Capitolino a la Constitución de los Estados Unidos con sus treinta y tres enmiendas.
De Hipatia de Alejandría a la libertad de prensa.
De las bacanales a Darwin.
De Homero a Kant.
Del estilo dórico a la Revolución industrial.
Del Foro romano a la Mesa Redonda.
De Safo de Lesbos a Frida Kahlo.
De Gutenberg a la pizza.
De Jacinto a Rimbaud.
De la Giocconda a la Novena sinfonía de Beethoven.
De Arquímedes al porno.
Del Renacimiento al dadaísmo.
De don Quijote a Luther King.
De la Venus de Milo al voto femenino.
De la torre de Pisa a la torre Eiffel.
De Miguel Ángel a Beaudelaire.
De Platón a Dalí.
De Rómulo a La dolce vita.
De Prometeo a Mozart.
De la Eneida a Chaplin.
De la mayéutica a Oscar Wilde.
De Magallanes al escote.
De Hegel a Batman.
De Nuréyev a Almodóvar.
De la Teogonía de Hesíodo a la libre deserción de cualquier credo.
De Merlín a Rousseau.
De Licurgo a la Estatua de la Libertad.
De Botticelli a Marilyn Monroe.
De Cicerón a Lincoln.
De las tragedias de Sófocles a las redondillas de Juana Inés de Asbaje.
Del Hiperuranio a la legitimidad jurídica del matrimonio unigénero entre una pareja de adultos sin nexos consanguíneos.

…Tantos otros símbolos, tantas conquistas más, cuántos otros créditos icónicos.

Y no, como extraordinario abastecedor de singularidades a Occidente, ciertamente no me propongo esconder al cristianismo entre los dígitos, ni pretendo minimizarlo. Para mal y para bien, y sin barrunto de duda alguna, este (cuasi) monoteísmo ha contribuido a labrar un agro inestimable y hermoso de producción cultural sin el cual aquella aldea figurada no sería lo que hoy es. Sucede que a la referida técnica de fe le sobran paladines.

Pero no es de sabios equivocar cristianismo con Iglesia, y esta con papado. Lo primero es un etos y una antropología; lo segundo, un club masivo; lo tercero, una Sicilia.

Efectivamente, hasta 2006, uno de los títulos que retenía el papado era el de «Patriarca de Occidente» para investir a su jefe supremo, a su cabeza visible (en mismidad, a su capo).

En cualquier caso, sería más exacto apuntar que cristianismo se declina en plural: cristianismos. No hay, ni la hubo jamás, una sola versión universalmente aceptada de las opiniones que los seguidores de Jesús de Nazaret encumbran como verdad… Ni siquiera en su debut, no digamos con la obra así de adelantada.

Para finalizar, y absuelvan ustedes el excurso, es miope o marrullero el canto de odas al bagaje occidental sin tener en cuenta sus antecedentes policiales—colmados de invasiones, tiranías, servidumbres, holocaustos, donaciones atómicas, torturas y atrocidades inenarrables que, por lo tanto, no voy a narrar—.

  1. El nubarrón y el rayo ultravioleta

El califato regresa a Europa después de una ausencia de cinco siglos, computados desde que el derrotado Boabdil traspasara las llaves de Granada al catolicismo de Castilla y Aragón. Y, si bien la reedición del califato se encuentra en este instante en etapa criatural, en contextura de corpúsculos, ya se trasluce que no renunciará a su cometido de poner al ideario de la Ilustración a mirar para La Meca.

Lo que vemos después de este martirio de humoristas no es la espada de Damocles, sino la guillotina de Robespierre. Es la guillotina de un Robespierre coránico extremista, financiado o impulsado desde la wahhabista casa real de los Saúd.Y es una guillotina suspendida encima del precioso cuello de albedríos arrebatados a las fauces de los Torquemadas y los verdugos que lo fueron en nombre de su señor y salvador.

En virtud de la tercera ley de Newton («con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria»), irrevocable en Física pero no siempre conveniente en la granja social, vislumbraremos en el futuro mediato o inmediato un rebrote de xenofobia en Europa y Estados Unidos… un despertar de los furores que permanecían agazapados en un subconsciente supremacista del pigmento, según el cual, decir Occidente es decir un tono de cutis.

No, no nada más: de acuerdo con ese prisma aborrecible, en Occidente se realiza la única coloración epidérmica que resulta ventajosa para incubar lo mejor de la especie sapiente. Por fortuna, esta boutade ya la traen los libros de Historia bajo el rótulo de «Nazismo».

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De modo que, si pronosticamos que se retornará al avivamiento de la sinrazón, no vamos mal encaminados. Es de mucho temer que se reanude la vandálica injusticia de fustigar sin rodeos a las comunidades árabo-musulmanas en las metrópolis de fenotipo tirant lo blanc y de herencia mayor o menormente liberal, en revancha a las abyecciones perpetradas por unos matarifes imbéciles que confían en recibir, pasada la aduana de la muerte, siete decenas y dos unidades de hímenes sin mancha.

Tras cada estruendo del terror, la pisada de talones contra grupos sin culpa ha acudido prontamente a Nueva York, a Madrid y a Londres, y ahora también a la Ciudad Luz, en forma de ataques gratuitos a algunos centros mahometanos de oración (léase aquí). Peor aún: la animosidad se viraliza (relatos mínimos: esto, esto y esto). Todo acoso es salvajismo.

Y el salvajismo es trasunto instantáneo de sí mismo: como se sabe, entre el 17 y el 18 de enero recién pasados, hordas enloquecidas hicieron arder casi todas las iglesias en Niamey, capital de Níger, además de arremeter contra bares, hoteles, centros culturales y negocios (e incluso un orfanato y una escuela) de propiedad francesa o no musulmana, y este atropello se saldó con diez muertos y doscientos dieciocho heridos, todos civiles. Esto sí, por lo menos, una veintena de ulemas y teólogos islámicos ha tenido la urbanidad de llamar a la calma por la televisión pública, según AFP.

De acuerdo con la misma fuente, entre trescientos y cuatrocientos cristianos están —cuando esto redacto— confinados a protección militar en Zinder, la segunda ciudad de ese país africano. ¿Dónde, dónde acabará esta inicua borrachera de líquido arterial con la violencia motivada por la religión? ¿En un baile más macabro que la Danza ídem de Saint-Saëns, según se exclame «¡aleluya!» o «¡Alajú Akbar!»?

¿De qué manera responder cuando lo que se televisa o se disemina por otros medios no es la cultura de Avicena, de Averroes, de Alfarabio, del álgebra, del arte mudéjar o de los poetas eróticos andalusíes? Un buen inicio sería replicar con los mecanismos establecidos por la deontología clásica liberal para complicaciones graves como la que nos ocupa, por muy imperfectos o teóricos que sean.

Con el dominio judicial delante y en debido proceso, se necesita sentar a la alimaña en el banquillo, y oírla, vencerla y condenarla en la medida de su infracción. Si la alimaña es foránea, lo será asimismo la defensa, pero dentro de la cuadrícula instrumental consensuada multilateralmente desde los juicios de Núremberg o los convenios de Ginebra o el Estatuto de Roma. En lo doméstico, ha de primar la irrestricta apertura de criterios, la aristocracia de los silogismos, la circulación de ideas sin aranceles y el libre tránsito de abstracciones.

Nunca serán módicos quienes abominen del divorcio entre los tres poderes del Estado y «el gran poder de Dios», pero la lucidez les enseñará los omóplatos. Lo imperioso es proteger siempre, por decirlo de alguna manera, al cristiano en tierra de moros o de hebreos, al moro en tierra de hebreos o de cristianos, y al laico en todas las tierras; va de curso que no en circunstancia de crimen o delito, e incluso así es preciso respetar su dignidad con las cauciones brindadas por la ley como promesa.

Por último, es francamente pueril insistir, como quieren algunos, en que la dignidad de las personas comparte piso y estancia con la dignidad de las creencias. No hay relación de identidad: así de simple.

Sin que ello obste, no son escasos los medios occidentales que sostienen, como apunta Soledad Gallego-Díaz en un artículo perspicaz (El País,«El auténtico musulmán», 11/01/2015), que «no se pueden [sic]herir “la sensibilidad religiosa”», y se pregunta —y se contesta—: «¿Por qué no? Las creencias religiosas son creencias, ideas, tan plausibles de ser criticadas y burladas como cualquier otra idea en cualquier otro orden, político, cultural o económico. Son las personas que mantienen esas creencias las que deben ser escrupulosamente respetadas. Es su derecho a mantener esas creencias lo que debe ser defendido. No la creencia en sí, ni mucho menos» (énfasis mío). Más diáfano, ni el agua de un arroyo de los Himalayas.

En esto creamos. Y los fanatismos NO pasarán.

  1. La invitación

Distinguidos yihadistas:

Les otorgo mi pecho para ensayar el tiro al blanco cuando el mando superior o la propia volición les suenen el silbato. No es bien visto el abandono de labores, y yo soy un cerdo infiel. El acierto de la bala será un logro más en sus vidas y un favor para la mía: ganancia al cuadrado. A fin de eludir los controles migratorios, les sugiero arribar por alfombra mágica, o bien, manosear las maravillas de una lámpara para pedirle tres deseos a quien les surja. Que Mahoma, la paz de Alá sea con él, los ilumine en tan magnánima faena y los lleve al éxito de su empresa. Aunque Alá no tenga sentido del humor.

CaricaturaRamon

Desde Manhattan con cariño,

Ramón Urzúa-Navas

Ramón Urzúa-Navas

Soberanía orgánica con alguna conciencia de sí misma. Habita Sobrevive de momento en Nueva York Chicago, Subsiste indefinidamente en Guatemala (y desempleado). en una de cuyas universidades persigue la obtención de un doctorado donde se plantea seriamente el abandono de la academia. Tiene claro que lo emborrachan la poética, la retórica, la gramática, la filología, la estética, la metafísica, la historiografía, las ciencias, las culturas, los vinos, usted y otros asuntos misteriosos. Ha sido corrector intransigente, catedrático inexperto, traductor plurilingüe, barman ocasional y a veces bohemio, para menor gloria de dios. Aspira a articular alguna coherencia posmoderna mientras cree en un planeta menos bestial. Todo lo demás carece de importancia.

1 Comment

  • Reply March 24, 2016

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