La menstruante yihad y la Biblia intrusa (I)

En verdad, en verdad os digo que no querría uno volver a fungir como proctólogo de la fe y comentarista del terror, que por estos días son gestiones siamesas. Es un compromiso no en demasía pulcro, y desfalca al minutero, pero es oportuno cumplirlo. [Insértese aquí un suspiro de fastidio y un resoplido de alarma]. ¿Y cómo no hacerlo, a la vista de renovados sucesos de una muy sanguinolenta barbarie o de disparates ya no tan novedosos?

Lo inicial: ese pelotón carnicero que ha tomado por asalto algunas porciones noroccidentales del golfo que, como se sabe, los iraníes llaman Pérsico, y los árabes, Arábigo. Es esa misma falange que ya suministra su metástasis más allá del delta del Nilo… Se apode esta repugnancia salafismo iracundo, wahabbismo violento, yihadismo, radicalismo musulmán armado o terrorismo islámico… poco importa a esta altura el tornasol. Importa que persiste en su fiereza sin cuartel. Una fiereza elaborada con fuertes lianas devotas y resistentes algas de fervor.

Sus adeptos no asesinan como gesto de protesta contra alguna particular hegemonía imperialista; asesinan en el franco nombre de la divinidad de sus afectos, pues solo Alá es dios y Mahoma es su mofeta. Mis disculpas: su Profeta. Es que buscan imponer su dogma con una autoridad, según ellos, transmitida desde el vértice directo de estos figurones.

Y desean perturbar el sosiego democrático a galope sostenido sobre el tapiz escarlata de cabezas humanas acabadas de arrancar de su respectiva anatomía —aún con la tibieza de la vida—. Y ansían tinturar su misericordioso califato con hollín de homines sapientes que interrogan a gritos a las llamas devoradoras de su cuerpo hasta que de su voz no queda sino aquel volátil hollín. Ya da igual que este provenga de musculatura yahvista, cristiana o aladina.

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Boko Haram, otra secta hemorroísa del mahometismo más inmundo y que contiende en virulencia con Estado Islámico (EI), ha dejado desde 2006 unas trece mil defunciones violentas en Nigeria —país del cual hace fortín—, y exhibe un poderío capaz de forzar a más de un millón de personas a desplazarse a otras regiones de esa nación, según la ONU. Lo más perverso es que opera secuestrando a menores (sobre todo, niñas) y mujeres, a quienes obliga después a inmolarse por los aires tras una detonación de explosivos que llevan adosados.

Hoy mismo, 23 de febrero, a las 12:35 p.m. (GMT), dicha agrupación de hematíes y de mierda logró metabolizar su más reciente animalada. De acuerdo con reportes citados por AFP, en esta ocasión, la víctima —y también victimaria, trágicamente contra su voluntad— ¡ha sido una pequeña de unos siete años! La activación de municiones que portaba en un cinturón causó la muerte de al menos cinco personas y dejó a otras diecinueve lesionadas, con un espacio comercial en Postikum (noroeste de aquel país africano) como teatro del horror. Ante semejantes patrones de una brutalidad tan incalificable, ¿cómo testículos no querer inventar una lengua siniestra para poder adjetivar lo que ya no tiene calificativo?

Y febrero aún no acaba. Hasta ahora, febrero se había inscrito en el inconsciente colectivo como un período loco, mas no como psicópata.

Siempre en este mes, solo que antes, los días 14 y 15 recién pasados fueron pródigos en letalidades infames por la causa de Mahoma. Un gajo del EI en Libia se permite la macabra salvajada de decapitar a veintiún coptos —previamente raptados— ante una videocámara como único testigo. Escena siguiente, Egipto aplasta emplazamientos del EI en aquel otro país.

Mientras tanto, la Dinamarca de Hamlet, la Dinamarca de Andersen, la Dinamarca de Kierkegaard recibe un nuevo turno del zarpazo en Occidente. En Copenhague, en ese exacto fin de semana del 14 y 15, se vio reverdecer el mismo miedo de París y por crímenes análogos. Conchas acústicas: la segunda, una sinagoga; la primera, el Kruddtønden, un café cultural donde se llevaba a cabo un coloquio sobre la libertad de expresión en homenaje a Charlie Hebdo, y entre cuyos invitados se encontraba el dibujante sueco Lars Vilks.

Vilks había publicado en 2007 una caricatura con el rostro del Profeta en un cuerpo de perro, y, por lo mismo, el humorista gráfico ha vivido desde entonces bajo la permanente amenaza de muerte por parte de fundamentalistas de entre aquellos que imploran en mezquitas. Mahoma como cuadrúpedo… ¿Y qué con eso? Es más honroso dibujarte poseedor de cuatro piernas que de dos más un alfanje. Irónicamente, la charla se titulaba: «El arte, la blasfemia y la libertad de expresión».

El malnacido correspondiente a esta danesa vicisitud se llamaba Omar Hamid el-Huseín, y era un hombre de veintidós años que tenía antecedentes penales en aquel reino escandinavo y patria de la Sirenita. Abre el fuego de una balacera en el café, mata a una persona, hiere a tres más; acto seguido, en la temprana madrugada del domingo, aniquila a un civil judío en su recinto de rogativas, y vulnera con plomo ahí mismo a dos guardias del orden público, siempre en la capital de Dinamarca. Horas después, un gendarme mata a El-Huseín, luego de que este iniciara los disparos. La Policía sospecha lo simple: que el criminal pudo haberse inspirado en los eventos fatídicos de la Ciudad Luz en enero.

Lo terrible de ello es que estamos en olfato de otra horma de yihad: la yihad individual, caracterizada, según Fernando Reinares, profesor adjunto de la Universidad de Georgetown, por el hecho de que sus combatientes no tienen que haberse curtido en bases de Al Qaida o EI, sino que actúan por la libre y en apoyo a la guerra santa de frentes abiertos, que es la celular, la organizada, la dirigida.

Hablamos de una nueva menstruación, una de terroristas solitarios y nacidos fuera de Islamia (y por Islamia me refiero al conjunto de naciones donde impera el credo de Mahoma), generalmente con el cordón umbilical unido a barrios marginales de las urbes europeas. Vienen a ser aguijones complementarios al terror deslumbrante y estentóreo del tipo 11 de septiembre. Por supuesto, esto empaña la lupa de los agentes de seguridad occidentales, en tanto no se sabe por dónde saltará la próxima liebre antigregaria y pistolera. En presencia de este modus operandi, ¿cómo afrontar el embate, cómo contraatacar? Un punto de partida eficaz en todos los casos: untar liberalmente de recursos a los servicios de inteligencia y adiestrarlos en pensar como lo haría un extremista con armas en el clóset, y excusen que les invente torpemente la rueda.

Semanas antes de estos atentados, un piloto jordano y musulmán, Maz al-Kasasbé, había sido apresado, confinado en una jaula e incinerado en vida por correligionarios también muslimes, solo que salidos del redil de lo racional. ¿O entrados en el potrero literal de su bibliografía beatífica? ¿Dónde se dibuja la línea? Abominabilísimo. Jordania y su corona anuncian el talión a peso cabal (qué difícil es esto —miren que lo digo sin sarcasmo—), y el grupo execrable del pavor ingresa quizás en pavor él mismo.

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Lo seguro es que aquella línea divisoria entre lo cuerdo y lo maniático está hilvanada por los dedos del establishment, que es aproximadamente un pacto de caballeros. O lo mismo: una fragua patriarcal. Es así como se decide que las hembras no deban pilotar artefactos aéreos o terrestres, o aéreos y terrestres. Porque ellas son cachorras de obediencia, cuando no parte del mobiliario. Porque deben cubrirse de velos.

El velo y sus modalidades (hiyab, niqab, chador, burka, etcétera) ya son componentes habituales del paisaje de la aridez. No es que vaya una mujer envuelta en sábanas y en velos: es que las sábanas y el velo son la mujer.

¿A qué mente reflexiva le puede parecer aceptable esta costumbre, fuere religioso o cultural su porqué? Debajo de cada funda/opresión se esconde un ser humano/madre; un ser humano/hija, /hermana, /abuela, /nieta, /tía, /sobrina, /prima, /cuñada o /concuña de hombres que brindan los glúteos al cielo cada vez que saludan a Alá… Hombres que son «muy barbados y muy hombres» (justo como los de la Introducción al Santo Rosario, del también «santo» Josemaría Escrivá de Balaguer, fascistoide fundador del Opus Dei, y misógino donde los haya).

Es verdaderamente odioso que la mitad de la población humana esté obligada a atravesar, en ciertas regiones mundanales, cuarenta y cinco grados Celsius del alba al ocaso arrastrando toldos negros de la cabeza a los pies… Mismos toldos, solo que de otro tamaño, bajo los cuales hacían noche las caravanas entre las dunas. A eso se rebaja a la mujer: a carpa personal de su marido, a apeadero de él porque lo manda el Profeta o la señora que lo expulsó por la vagina o la divinidad que creó tanto al Profeta como a la señora que lo expulsó por la vagina.

¿Quién en su higiénico juicio puede respetar una tradición que exige a toda persona dotada de trompas de Falopio ir por la vida en disfraz de aparición espectral, como dementor al servicio de Lord Voldemort? Sé muy bien que hay escalas, y que no es lo mismo un chador en Teherán que un hiyab en Casablanca, como si eso indultase la humillación de ser mujer y recibir por ley en herencia la mitad de lo que le tocaría a tu hermano. Como si eso exonerase la monstruosidad de ser mujer y ver tu clítoris mutilado sin anestesia y antes de la pubertad.

La industria informativa es apática ante ablaciones genitales de niñas que aún no ovulan —práctica que ni siquiera es de ascendencia salafista, sino de fuera, en un mainstream sin timideces—. En paralelo, la metódica lapidación de mujeres acusadas de adulterio es escuálida en cobertura periodística.

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Para deslustre adicional, y salvo unos pocos, los medios masivos simulan sordera al fragor de crímenes tremendos perpetrados contra homosexuales (o inculpados de serlo), a quienes se despeña al vacío con bárbara saña, e incluso se les revienta la cabeza a piedra limpia en caso de quedar medio muertos después de la caída. Y la turba vitorea. Y la turba se enciende en aplauso caníbal. Y la turba quiere más sangre para vengar no sabe qué. Hay mucho menos sadismo en un cardumen de pirañas.

Al aviador carbonizado lo preceden flamas cercanas en el calendario. Se ha producido la misma pirotecnia dantesca en el Perú, en Paraguay y en Papúa-Nueva Guinea, solo que por la maldita superstición de creer hechiceras a las víctimas; y también, aunque por motivos de igual forma malditos, se han registrado combustiones no espontáneas en Alemania y, quelle surprise, en Guatemala.

La quema del diablo es juego de niños. La quema de humanos es lacra de adultos. Nada exclusivo ni inherente a una sola zona de esta esfera celeste. Sin apartarnos del perímetro de latría, ¿cómo olvidar que cristianos europeos reducían a ceniza los desgarradores alaridos de la piel viva de comadronas, de curanderas con hierbas, de dialogantes en hablas semíticas y de varones acusados de incursión en el «pecado nefando» de devolver querencias a otros varones…? Qué poco ha cambiado nuestra especie.

Y a todo esto, Francisco I el Populista, procónsul del eterno delfín Cordero del Rey del Universo, ¿qué hace, qué pinta, qué simula? Se le van las estaciones del año en rezar. Rezar y rezar. Eructar ambivalencias, cuando no perogrulladas; desde el solio, tras el altar o sobre tarimas. La vida le transcurre en periplos a todo bombo para ser glorificado en masa y rumiar cuatro ideas confusas a las que solo cambia de posición como en Tetris para principiantes. ¿Se puede esperar otra cosa de un charlatán que, de emerger la interrogante de por qué sufren los niños, le aconseja a uno ponerse a llorar haciendo mutis porque al mundo le falta llanto? Véase aquí. Yo alucino.

Pero sería cicatero no reconocer que el virrey de la Nueva Jerusalén ha mediado entre Barry el del albo domicilio y Raúl el del Tropicana para que fumasen la pipa de la paz (o el habano de la concordia, elija usted). Es razonable: se transfunde calor a un témpano enormemente inútil ya para las partes, con lo cual se da fin a la última glaciación de un antagonismo que no beneficiaba a nadie.

Además, la actual tercería no contiene la perfidia de las escuchas vaticanas de los tiempos del primer actor Karol Wojtyla, satélite de otra máscara trágica, Ronald Reagan: muy partidarios ambos de injerirse en lo extranjero —y, claro está, no distintos de sus contrapartes de detrás de la bambalina de metal—.

Salvedad hecha, ahora apremia que el sumo Bergoglio se levante los refajos, ponga los pies en dirección a la mitad del oriente, dé la función de su presencia y socorra de obra (no solo de pensamiento y palabra) a sus fraternos en la fe, a quienes embiste la ralea más integrista y cruenta de un sistema de creencias que ha venido compitiendo con el suyo. ¿Qué virtud descansa en hacer giras para predicarle al coro en lugares donde ya existe un público cautivo? Ninguna.

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Si ahora y siempre serán aberrantes las acciones terroristas que cometen los jiferos y sicarios del islam, tráigase a la mente que la yihad cristiana no hace lo propio hoy sencillamente porque ya le es imposible.

De no haber sido porque el enciclopedismo dieciochesco y la separación de poderes democráticos les pusieron bozales a la jeta del papado y a la de sus disidencias todavía cristianas, aún estaríamos viendo autos de fe en plazas públicas y sabiendo de suplicios en calabozos y consultando el Index Librorum Prohibitorum para enterarnos de qué no leer.

Es verdad: ya en su momento pidió perdón el senil Juan Pablo II por los crímenes históricos de la asamblea cuyo director era él; así, las fechorías infligidas durante centurias y centurias se desintegraron por efecto de algún conjuro que no llegamos a discernir. Por consiguiente, chamusquemos ahora los tomos de Historia, y todos tan tranquilos. La Biblia nos ampara.

Bíblicos asuntos: recaudo de marañas. En la hectárea guatemalense, ¿quién lo ignora todavía?, el diputado Marvin Osorio presentó hace pocas semanas una propuesta de ley mediante la cual se haría obligatoria la lectura de la Biblia en el sistema educativo nacional, tanto público como privado y por cooperativas, y desde la preprimaria hasta el diversificado. Y uno querría inquirir por qué, cómo y para qué, si se descarta la posibilidad de la fumarola.

Bien, de vuelta a la inmaculada antología, ¿cuál versión se habría de colocar en los pupitres? Si la judaica, estaríamos diciendo el Tanaj, con lo cual se dejaría fuera del supuesto beneficio a todos los cristianos, por cuanto no se adjuntaría el Nuevo Testamento —plataforma de su fe—.

Asumamos entonces que lo repasado sería una Biblia cristiana. En tal caso, ¿qué traducción se adoptaría como oficial? ¿La Políglota de Cisneros, la Nácar-Colunga, la de Jerusalén, la Reina-Valera, la Dios habla hoy, la de los testigos de Jehová, la de los adventistas del séptimo día?… La Nácar-Colunga es católica; la Reina-Valera, protestante/evangélica. ¿Por qué preferir una a la otra?

¿Y la patrocinada oficialmente incluiría los libros deuterocanónicos? Si los incluyese, será por definición una Biblia papista, y quienes no procuran obediencia al Vaticano podrían percibirse como aislados. Magnífico. Que se lea, pues, un ejemplar sin incorporar aquellos textos (a despecho de los apostólicos romanos, quienes siguen predominando en el país). ¿Cómo armonizar ambos cristianismos?

¿Y a factura de qué resolución se debe desairar a un tercer ramal cristiano, el mormonismo? ¿Por qué no leer también el Libro de Mormón, que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, de impacto no insignificante en Guatemala, reverencia como obra canónica y extensión de los dos Testamentos?

¿Por qué no pasar el entendimiento además por el Corán, dado que Arzuópolis —quiero decir, la capital— cuenta ya con dos mezquitas importantes que reflejan la estancia musulmana en el país? ¿Y por qué no hojear además el Avesta, las sagradas escrituras del zoroastrismo? Ah, es que ni el Corán ni el Avesta forman parte de la tradición guatemalteca. ¿Y era tradicional la Biblia hace quinientos años, cuando la importaron y grabaron a orificios de arcabuz unos señores a quienes no se les había extendido invitación formal para visitar este lado del Atlántico, no digamos para subyugarlo?

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Vea. Es que el cristianismo, comoquiera, encapsula en nuestro terruño a la exorbitante generalidad de creyentes; ergo, debe empotrarse lo mayoritario al porcentaje restante de la población. La única contrariedad, doncellas y donceles, damas y caballeros, es que tal lógica no encaja con democracia, sino con oclocracia: el gobierno de la muchedumbre. Una legítima democracia protege de la dictadura de la mayoría a las minorías, precisamente para proveer un marco diamantino a la igualdad de oportunidades.

Ah, es que, en todo caso, mire usted, en la Biblia se puede sacar provecho de una sapiencia antigua, como por ejemplo la del libro de Proverbios. Ya. También el refranero de Sancho Panza en el Quijote es un pozo de la sabiduría popular de su momento. Y parece que las páginas rosadas del Pequeño Larousse Ilustrado siguen siendo una mina de máximas y adagios que nutren la conciencia de quien tenga a bien ofrecerles los ojos y el oído. Los niños son su mejor semillero por su aptitud para absorber.

No hace falta que se nos prometa longevidad a cambio de respetar a los progenitores. Y es un grosero abuso infantil traumatizar a los pequeños con la espeluznante intimidación de pudrirse para toda la perpetuidad en Gehenas, Seoles, Infiernos, Xibalbás o reinos de Hades, si llegasen a desafiar los designios de un tirano barbudo (o algún equivalente) que tenga mansión en los cielos. Y no precisamos de valores bíblicos, sino de valores ciudadanos para llegar a entender las probadas conveniencias social e individual de abstenerse de delinquir. Lo que se debe hacer en riguroso modo imperativo es vigorizar con esteroides la formación cívica, esa asignatura que se ha dejado languidecer y agonizar, cuando no desaparecer, porque —¡craso error!— se la considera superflua.

Pero es que la Biblia es un oasis de delicias literarias sin parangón, dirán aún tres momias como recurso final. Quédense con ello. En lo personal, para ser sucinto, yo antepongo los poemas eróticos de Anacreonte u Ovidio a la poco astuta pluma de Salomón en el Cantar de los cantares.

A la postre, si la referida palabra de dios está en lo cierto en algún punto determinado, habrá que recordar que incluso un reloj sin cuerda tiene razón dos veces al día.

Continuará…

Ramón Urzúa-Navas

Soberanía orgánica con alguna conciencia de sí misma. Habita Sobrevive de momento en Nueva York Chicago, Subsiste indefinidamente en Guatemala (y desempleado). en una de cuyas universidades persigue la obtención de un doctorado donde se plantea seriamente el abandono de la academia. Tiene claro que lo emborrachan la poética, la retórica, la gramática, la filología, la estética, la metafísica, la historiografía, las ciencias, las culturas, los vinos, usted y otros asuntos misteriosos. Ha sido corrector intransigente, catedrático inexperto, traductor plurilingüe, barman ocasional y a veces bohemio, para menor gloria de dios. Aspira a articular alguna coherencia posmoderna mientras cree en un planeta menos bestial. Todo lo demás carece de importancia.

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