La menstruante yihad y la Biblia intrusa (II)

¿No convendría más impartir Historia de las Religiones en lugar de administrar cucharadas abrahámicas? No. [Pausa]. Entiendo. El alumnado se podría despistar al toparse con fundamentos no bíblicos que formulan de mejor manera la universal regla de oro: No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti. Y es muy anterior al cristianismo. Se encuentra ya en las Analectas de Confucio y, a su modo, en los Diálogos de Platón y en la Ética a Nicómaco de Aristóteles. Y está en el taoísmo. Y está en el Buda. Y está en los preceptos del yainismo. ¿No amedrenta esto al monopolio de lo correcto y bueno y bello y verdadero que la religión del Buen Pastor pretende acaparar? Sospecho que no llegan a tanto las entendederas del honorable congresista Marvin Osorio, proponente de una monserga.

Uno se ilustra en otros enfoques de integridad por la misma motivación que conduce a aprender otros idiomas: por apertura de criterios. Para comprender otras visiones. Para comparar lo nuestro con lo extranjero, e incluso para enriquecerlo. Desde luego, también por motivos prácticos (explorar lejanías, ejercer en distintos ámbitos, acercarse a diversas culturas).

Aplicarse en la Biblia a secas —en cualquiera de sus transvases—, tan solo porque se da por sentado que es lo propio de «nuestra identidad», es con toda llaneza una especie de endogamia cultural. Es semejante al arcaísmo de casarse exclusivamente con miembros de la gens, o mejor: es similar a las nupcias entre parientes inmediatos. Ya conocemos las peculiaridades genéticas que se dibujan en las generaciones subsiguientes como ramificación de esta práctica.

¿Por qué aferrarse a los criterios únicos de un libro de libros que, a manera de ejemplo, ordena agarrar a pedradas a aquella mujer que no haga con virginidad su primer deber en el lecho conyugal, y continuar apedreándola hasta matarla frente a la puerta de la casa de su padre (Deuteronomio 22, 21)? Sí, claro que lo sé. Este pasaje viene presentado como parte de la «vieja alianza», porque la nueva se cumplió con Jesucristo, y de él dicen que dijo: «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra» (Juan 8, 7).

Curioso. El mismo personaje, dicen, dijo también: «No penséis que he venido a abrogar la Ley o los Profetas; no he venido a abrogarla, sino a consumarla. Porque en verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que falte una jota o una tilde de la Ley hasta que todo se cumpla» (Mateo 5, 17-18). En este rumbo admonitorio, el dulce Jesús mío asimismo dejó dicho: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada» (Mateo 10, 34). ¿En qué quedamos? Quedamos en disonancia cognitiva.

¿Sería útil educar al estudiantado en propuestas de dos teologías distintas, pero pegadas con chicle a conveniencia de oligarquías eclesiásticas de la Antigüedad tardía? ¿Por qué la exigencia de aleccionar en las andanzas de un dios-hombre que, o bien era esquizofrénico, o bien era bipolar? Que tales condiciones neurológicas no abrigan estigma en sí y por sí, es cristalino. Pero el primer paso para salir adelante es admitir que se tiene un problema, y el Cristo lleva más de doscientas décadas de ausencia en las terapias de rigor.

Por aparte, si bien los dos Testamentos bíblicos se aceptaron durante siglos como indiscutiblemente verdaderos en todos sus aspectos, satisface subrayar que eso cambió cuando las varias disciplinas empíricas los fueron descremando; lo que vemos ahora es apenas el suero.

Como contestación, la maniobra de defensa ha ido adoptando este estilo: en cuanto se expone un descubrimiento que cuestiona o desmonta algún episodio de la «historia sagrada», se alega que en realidad aquello era material alegórico, y nada más. Felizmente, lo alegórico en esta diligencia va quedándose cada vez más retraído en su corral, y este se va encogiendo poco a poco y ya de manera irreversible.

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Algunos feligreses no han intuido que en las casas de enseñanza laicas se busca elevar el intelecto y en los templos se elevan plegarias, no a la inversa; que en las escuelas se piensa y en las iglesias se reza, no al revés. Si se destinan minutos a la exposición bíblica en las aulas, es justo y necesario reservar un lapso simétrico para el repaso de los libros de ciencias en el culto o en la misa. Quid pro quo.

Conjuntamente, caso de instruir al alumnado en mitos que son pasados de matute por verdades —perdón, por La Verdad®—, habría que meter muy bien en la cabeza que la vida en el planeta no evolucionó desde el Precámbrico, sino que se la extrajo de la manga un ser invisible en el tercero de seis días de creativa actividad paranormal, y tal cual hoy la observamos.

Ya por la labor, no habría controversia en enseñar no Matemáticas, sino cábala; no Química, sino alquimia; no Psicología, sino clarividencia; no Filosofía, sino teosofía; no Geografía, sino rabdomancia; no Física, sino astrología; no Biología, sino a hacer predicciones por interpretación de vísceras de animales exangües; no Idioma (xinca, garífuna, mayas o español), sino a orar en lenguas angélicas; no Estadística, sino a leer el tarot…

Y a contratar al brujo de la Boca del Monte como ministro de Educación. Y a colgar en su despacho retratos de Maléfica, Morgana y la Tatuana pintados al pastel en la Escuela Nacional de Bellas Artes.

Hermanas y hermanos: ni la Biblia es un volumen de Historia ni es verosímil la nómina de sus figurantes. Vaya elenco. Los profetas Isaías o Jeremías, exempli gratia, resultan ser unos coristas no más ni menos falsarios o de ficción literaria que la pitonisa de Delfos o el adivino Tiresias.

Se diría que el reverente legislador Osorio desea colocar, tal vez, a los doce apóstoles de Cristo en la misma liga que a los siete sabios de Grecia, lo cual sería una guasa de pésimo sabor. De hecho, aflige que Solón de Atenas ya no sea siquiera un eco que resuene en los planteles.

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Contrariamente al viejo y conocido refrán, la culpa no es de quien tira de la pata de la vaca, sino de quien la mata. Así, y con pena, la ocurrencia del honorable diputado no es del todo carente de apoyaturas legales en los mismísimos protocolos sobre los cuales cimentamos nuestra entereza civil, aunque lejos esté él de saberlo.

Ya el Acta de Independencia de la Capitanía General de Guatemala, vale decir, nuestro pliego fundacional, vino al mundo en calidad de sufragánea de los Estados Pontificios: feudalismo del espíritu —e incluso de la materia—.

¿En qué otro alfabeto se puede descifrar su inciso 10º, el cual dispone «[q]ue la religión católica, que hemos profesado en los siglos anteriores y profesaremos en los siglos sucesivos, se conserve pura e inalterable, manteniendo vivo el espíritu de religiosidad que ha distinguido siempre a Guatemala, respetando á los ministros eclesiásticos seculares y regulares, y protegiéndoles en sus personas y propiedades»?

Si aquí no se dejó abierta (queriendo o sin querer) una rendija a través de la cual pudieren filtrarse pestilencias de teocracia en un contrato social ulterior, entonces todo aquello fue apenas una mala plana de caligrafía neoclásica, ¿no? Pues no. No es azar que el pergamino haya sido rubricado ante el ilustrísimo señor arzobispo y el venerable señor deán y el cabildo eclesiástico y los prelados regulares.

Nuestra soberanía nació con taras ingénitas. Salió tarada. Y heredó sus quebrantos a los constituyentes de 1985, cuando estos beneméritos legistas faccionaron un documento que principia «invocando el nombre de Dios». Exactamente cómo se llevó a cabo tal invocación, no lo sabemos. ¿Por medio de una mesa parlante en una sesión de espiritismo, quizás?

¿Y el nombre de cuál dios fue el invocado? ¿El de ese del sustantivo común que alguna rutina escribe con mayúscula inicial por antonomasia? Supongamos que sí. Se habla de la misma deidad que le dijo a Moisés: «Yo soy el que soy» (‘Yahvé’), fórmula que el ente ese utiliza como nom de plume porque su nombre propio no lo quiere divulgar.

¿Cuán en serio puede tomarse un corpus de reglas máximas en cuyo preámbulo se suplica ayuda a un genio mitológico que es amante de hacerse llamar por pseudónimos? Queremos seriedad.

¿Y por qué los señores jurisconsultos no comenzaron mencionando a Kukulkán, que sería más doméstico; o al Corazón del Cielo, que sería más bucólico? Es que es más chic adorar a tres divinidades vestidas con esmoquin de una sola. Un dios 3-en-1, como artículo de ferretería.

No nos mintamos. El Estado guatemalteco es aconfesional, no laico, y hay entre ambas nociones una diferencia no tan sutil. Ello se revela en el título II, capítulo I, artículo 37 de la magna carta que nos rige. A efectos prácticos, se concede primacía al cristianismo de rito latino en relación con otros credos, confesiones o desahogos de piedad, al constituir aquel la única derivación religiosa cuya personalidad jurídica se ve reconocida con explicitud de cine para adultos.

La desilusión embargará a todos cuantos esculquemos el texto constitucional a la caza de una sola, una mínima referencia a las palabras «laico», «secular» o «laicidad». Son aire. Son partículas de ozono presentes por elipsis.

Y todo gracias a nuestros heroicos próceres, que lograron, sin choque sangriento, colocarte en un trono de amor (o de lo que fuere).

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Ay de nosotros. No poseemos algo parejo a una Primera Enmienda que con claror de mediodía recoja algo semejante a esta aureola solar (versión oficial al castellano): «El Congreso no aprobará ninguna ley que se aboque al establecimiento de religión alguna, o que prohíba el libre ejercicio de la misma […]»[1]. Ni se ha sentado jurisprudencia por una Corte Suprema de Justicia que en nuestro país hubiese emitido este fallo: «[…E]l gobierno no debería preferir una religión más que otra, o religión más que irreligión»[2]. Pero evaluar a Guatemala con la cinta métrica de Estados Unidos en términos legales es como hacer que Goliat y una persona con acondroplasia se posicionen espalda a espalda en un duelo de estatura.

La letrada Francia es madre de luces en varios flancos; entre otros, en su añeja y loable ruptura entre Administración y misterio teologal. El Artículo 1º de la Constitución vigente, leal a su tradición de distanciamiento del ancien régime, declara que «Francia es una República indivisible, laica, democrática y social. Asegura la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, sin distinción de origen, raza o religión. Respeta todas las creencias»[3] (énfasis mío).

He aquí la sinfónica hidalguía de la laicidad: la promisión de que los poderes del Estado serán neutrales en cuanto a la relación individual que sus ciudadanos sostengan con el mundo de lo incorpóreo, a fin de que todos estos vínculos subjetivos puedan cohabitar en concordia y sin menoscabo de uno solo en ventaja de otro, por mayoritario que sea. En otras voces: cualquier club de misticismo será ajeno a las bridas del gobierno civil.

Aunque el Estado aconfesional tampoco reconoce culto alguno como oficial, en la práctica esto implica la viabilidad de suscribir concordatos o tratados de subsidio con instituciones que doblan la rodilla ante esencias indemostrables pero autóctonas de alguna oculta dimensión, y en ello es diferente del Estado laico.

Así y todo, la España posfranquista, otro de nuestros referentes, aprendió muy bien la lección que le dejó la dictadura del «Caudillo», fiador del nacionalcatolicismo y por lo tanto enaltecido y laureado por el beneplácito del clero —incluidos tres sucesores de Simón el pescador—. Refrendada en proceso democrático en 1978, la actual Constitución española destapa esta esbeltez: «Ninguna confesión tendrá carácter estatal» (Sección 1.ª,  Artículo 16, inciso 3; énfasis mío)[4]. Paráfrasis: si bien su Estado no es laico, es expresamente aconfesional, y eso ya es buen signo.

No obstante, toda la vida se verá alguna hebra capilar en el consomé: en seguida se estipula que «[l]os poderes públicos […] mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones».

¿Deliberada cooperación con la consorte etérea de un predicador divinizado y de cuya existencia no hay ninguna prueba concluyente, y también cooperación con escisiones a las que dicha desposada tiene por bastardas? La única cooperación pertinente sería que tales (de)formaciones se inhibiesen de meter su espátula en asuntos gubernativos, vicio cuyo abandono se les complica con gravedad debido a sus siglos de coito con la autoridad civil.

Por fortuna para ellos, parece que los elementos en el Reino de España se ven trastocados en un punto de inflexión. Felipe VI, titular de una monarquía históricamente católica (y tanto), ahora modifica algunas reglas del deporte y aprueba que los funcionarios juren su cargo sin crucifijos ni símbolos devotos, en estricto respeto a la aconfesionalidad del Estado hispánico.

Independientemente de que ese nuevo soberano haya recibido después una bendición en misa privada, su entronización pública no estuvo presidida por purpurados. Es indisputable que la realeza resulta ser una ranciedad ampulosa, inservible y abusiva en el Occidente de nuestros días, y, sin embargo, no es ocioso preguntarse en qué otro Estado monárquico se prescinde del poder religioso para legitimar el señorío del cetro. Claveles a esta decisiva postura del Borbón.

Otro tanto puede glosarse del nuevo jefe de Gobierno de la nación de los helenos, Alexis Tsipras, ateo como Sócrates. Si bien ha asegurado Tsipras que mantendrá buenas relaciones con el cristianismo de rito constantinopolitano (y en ello no hay problema), ha sido el primero en toda la historia de su país en prestar juramento exclusivamente civil, y así se lo manifestó a Jerónimo II, arzobispo ortodoxo de Atenas y primado de Grecia. Me cuesta hasta el colmo concebir que un futuro presidente de la República de Guatemala rehúse la celebración de una eucaristía de tedeum tras haber vencido en elecciones, o que descarte la opción de jurar su cargo con la mano en la Biblia. Años luz.

No resta sino emprender la ideación de una reforma constitucional que cierre todo resquicio de llamamiento a seres impalpables y a corporaciones místicas, por el bien del Estado laico o, en su defecto, aconfesional pero de veras.

En compendio, a la confianza en lo deífico se la podría instar a que no emigrara de su propio ecosistema. A buen seguro estará mejor en sus paraísos sublimados, en sus chakras, en sus sacramentos, en sus nirvanas, en sus Valhalas; a que dejase la ley civil en otras manos, esas que están contaminadas y por lo tanto son indignas de tocar aquella tersura. Y honores a sus víctimas. Y castigo a sus victimarios. Y freno a sus promotores montoneros.

Y Mahoma puede mucho ladrar en su perrera, que aquí no tiene poder. Y Osorio puede mucho relinchar la presunta necesidad de introducción del verbo de su deidad en las escuelas (intrusión, en honor a la semántica), pero, aun con la existencia de una ranura constitucional con arreglo a devociones establecidas, no pueden consentirse ni la instauración de un credo estatal ni el gravamen de un libro santificado por capricho de concilios medievales.

Y, a quien no le divierta, podría quizá sugerírsele que orase y sollozase. En una gruta de Belén.

Continuará…


 

[1] «Congress shall make no law respecting an establishment of religion, or prohibiting the free exercise thereof […]». Texto constitucional entero, aquí.

[2] «[…] government should not prefer one religion to another, or religion to irreligion.» Board of Education of Kiryas Joel Village School District v. Grumet, 512 U.S. 687 (1994). Dictamen íntegro, aquí.

[3] «La France est une République indivisible, laïque, démocratique et sociale. Elle assure l’égalité devant la loi de tous les citoyens sans distinction d’origine, de race ou de religion. Elle respecte toutes les croyances.» Constitución francesa completa, aquí.

[4] Constitución española

 

Ramón Urzúa-Navas

Soberanía orgánica con alguna conciencia de sí misma. Habita Sobrevive de momento en Nueva York Chicago, Subsiste indefinidamente en Guatemala (y desempleado). en una de cuyas universidades persigue la obtención de un doctorado donde se plantea seriamente el abandono de la academia. Tiene claro que lo emborrachan la poética, la retórica, la gramática, la filología, la estética, la metafísica, la historiografía, las ciencias, las culturas, los vinos, usted y otros asuntos misteriosos. Ha sido corrector intransigente, catedrático inexperto, traductor plurilingüe, barman ocasional y a veces bohemio, para menor gloria de dios. Aspira a articular alguna coherencia posmoderna mientras cree en un planeta menos bestial. Todo lo demás carece de importancia.

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