Concierto en (lá)grima para cloaca mayor

  1. El fenómeno

No, no lo olvido: debo un menstruo. Y vendrá en otra ocasión. Pero en esta, ante la mácula de estiércol en los colores que no es debido manchar en tu enseña, pedazo de cielo, estimo más oportuno verter algunas consideraciones en relación con el 25-A; es decir, el 25 de abril.

La marcha de aquel día, o el plantón o la fornida demostración de bíceps cívicos, como guste usted, merece una glosa o varias, y por varios motivos. Muchos de cuantos no pudimos ser parte de su electromagnetismo, porque nos separan territorios, no sabemos sino sentir una envidia potable. Algo va bien cuando las diferencias se dejan a un lado por una causa loable. Y alienta observar que las concentraciones se hayan replicado, si bien en menor medida, hasta verse consumada la renuncia de Íngrid Roxana Baldetti Elías a su cargo como vicepresidenta. Adiós, su excelencia.

Pero temo que el entusiasmo y las felicitaciones mutuas por la paz de los encuentros esté soslayando pormenores sustanciales en esta fenomenología; por ilustración, que el triunfo indiscutible pueden atribuírselo las capas medias urbanas, no la ruralidad campesina. Y esto se convierte así, por extensión, en la gran conquista de las redes sociovirtuales. Signos de los tiempos, que dirían las encíclicas.

¿O es que los campesinos e indígenas no cuentan ya decenios de manifestarse pacíficamente para plantear sus exigencias de justicia en la sede de un Bunkerstaat criollo-ladino? Ocurre que, cuando marchan desde sus lugares de origen, se les suele negar visibilidad y fonación, se los somete con inquina a las fuerzas del orden público, y son incluso acusados de obstruir con terrorismo el tránsito de automotores —el cual, por supuesto, es mucho más importante para que el buen capitalino pueda almorzar a su hora de costumbre—.

Los manifestantes rurales no se encaminan hasta la urbe del mando con objeto de hacer picnic y tomarse el día libre. Sin embargo, persiste en el fondo y en la flora un afán deshumanizador hacia ellos de parte de la casta política; un afán resonante de la desdeñosa mentalidad metropolitana y permitidor de que, en otras circunstancias, sean ellos también «acarreados» para hacer bulto en cualquier trivialidad, y después se les echa alfalfa ya reunidos como recua.

Desde luego, pesa la estigmatización, y pesa toneladas… sobre todo contra los mayas contemporáneos cuando son, con malévola frecuencia, ninguneados y descritos en términos facciosos y de atraso. Por su lado, los xincas ya solo comparecen como anécdota lingüística, mientras los garífunas siguen siendo vistos como la nota de alegría y colorido folk en el paisaje de Izabal.

Si queremos de verdad cambiar los paradigmas, manda el Señor que evitemos encorvar la columna vertebral de tanto vernos cierto agujero en el abdomen.

Eso dicho, la fanfarria por la muscular armonía del 25-A no es carente de razón: supone una salida del autismo, un destierro de la abulia, una disipación del sopor. Los guatemaltecos capitalinos de la subespecie clasemediera habían o habíamos sido conocidos hasta este punto por llevar varias eras acampando en el monte del Profeta, en espera de que fuese este (o Quetzalcóatl, o el Mesías, o el que fuere) quien viniera a nosotros con su reino.

Pero los roles se invierten: se va ahora al encuentro de la causa. Y se diría que en esta serie de oberturas se concentra más civismo que en dos siglos de vida —más o menos—independiente. Parece que el concepto de ciudadanía resurge como de las cenizas de Pompeya, como de las algas de la Atlántida.

Se pasa hoy el plumero por la conciencia ciudadana, trayéndose con eso a la mente que democracia no es sinónimo de urna electoral, porque toda la vida hemos padecido de disfunción eléctil. Un despertar ciudadano donde concurren en tsunami más de treinta mil individualidades para demandar que rueden cabezas electas no puede sino definirse como un hápax en la Historia del país.

Y rueda la primera cabeza: la de Medusa.

  1. El noúmeno

En el siglo XIX, los puristas de la lengua se llevaban las manos a la cabeza porque la gente decía «sinvergüenza» en lugar de «inverecundo». En el siglo XXI, todos nos llevamos las manos a la coronilla porque la palabra «sinvergüenza» está ya vaciada de sentido.

Tiempos cínicos son estos, cuando hasta el presidente Peña Nieto sale diciendo en el Foro Económico Mundial que «la corrupción es un asunto de orden cultural». ¿No se otorga con esto un poco de legitimidad a la podredumbre? Además, puesto así, ¿quién puede, y cómo, combatir una cultura? Relindas palabras las del gobernante de nuestros vecinos allende el Usumacinta.

Para volver a nosotros, la pestilencial administración de turno ha convertido a todo lo oficial en una anchurosa fosa séptica; mientras tanto, en los sótanos palaciegos, a la sombra de micrófonos y tarimas, e incluso a plena luz, ha existido durante todo este tiempo una basta (y vasta) telaraña de favores ilícitos, la cual se ha ido tejiendo entre engaños al fisco y batracios en cuyo honor se componen corridos.

Esquivar la canasta tributaria es en realidad un embarazo que se viene arrastrando desde que el criollerío decimonónico declaró su independencia respecto de España simplemente para evadir el pago de impuestos, no por otra cosa. Y el entonces imperio aceptó con un bostezo: le salía más caro mantener estas colonias istmeñas.

Pues bien, algunos herederos psíquicos o genéticos de aquellos defraudadores se compungen hoy porque el chunche llamado Cicig ha sacado a la vergüenza la existencia aduanera de un cuerpo ilegal o aparato clandestino denominado La Línea (¿la línea de qué?), cuyo archimandrita resultó ser nada menos que el secretario privado de quien fuera hasta hace pocos días la vicepresidenta de la República, y cuyos numerosos aros de putrefacción y de estafa arancelaria alcanzan al respetable empresariado. En breve, los anillos de Saturno nos han mandado un telegrama para hacernos saber que ya tienen competencia. Señoras y señores: he aquí el último clavo en el ataúd del Partido Patriota.

La Línea. Qué nombre tan sugerente. Y yo me pregunto cuántas líneas de cocaína habrán pasado por los dedos de los empleados y contratistas que han estrechado la mano del comandante general del Ejército y jefe del Ejecutivo, o a lo mejor por los dedos de él mismo, después de quedarse solo en el cuartel de sus desvelos. Sin un gramo de decencia.

Corruptores y corrompidos se han cebado con ríos de leche y miel a costa de los pezones estatales, mientras a los ciudadanos nos toca recibir, por la vía de nuestras memorables tragaderas, torrentes de pus y vinagre. A ellos les sobra para hacer gárgaras; a nosotros nos toca reciclar incluso los gargajos.

Es para devanarse los sesos el concebir cómo pueden los gánsteres de marras recostar todas las noches sus delincuentes cráneos en las almohadas sabiendo que, sin aquellos afluentes monetarios, dejan hospitales sin camas ni medicinas, escuelas sin libros ni pupitres y comunidades enteras con el hambre hasta el yeyuno. Da asco.

Pero el umbral de dolor de los gobernados ha llegado a su punto de grito. Figuradamente, vuelan puñales en la plaza y van dirigidos a la espalda de Otto Pérez Molina.

¿Y por qué no dimite? Como no sea por el eros del poder, no se explica que el ciudadano Pérez se aferre con las uñas y los dientes a su cargo, en una época en que abdican incluso pontífices y monarcas. En ello no hay nada que ataque a la institucionalidad; la renuncia de los mandatarios la contempla la mismísima Constitución e indica cómo proceder.

  1. Cherchez la femme

En la opereta nacional, Pérez ha pasado de ser el miles gloriosus, el militar fanfarrón de las farsas en latín, al soldadito de plomo de la cuentística infantil, solo que con un ayer que ronda el genocidio.

El general ofertaba mano dura, cabeza y corazón, y lo manifiesto es que lo único duro en su persona es la cabeza, mientras el corazón parece latirle a la altura de quien le seguía inmediatamente en jerarquía. Y ay de aquel que, con ciega locura, sus colores —los de esta buena mujer— pretendiera manchar, porque se observaba también que quienquiera que se los tocase al general —los colores de la dama— le tocaba en realidad los conciertos de Brandemburgo. Eso, o es un señor sometido a maleficios.

Ahora se lo ve salir públicamente con el semblante agrio y escurrido, como a quien le duele la vejiga de la orina, cuando no con la escala expresiva de un bloque de granito. Aparece así porque quizá le duela la ignominia con que abandona la escena la mitad de su binomio (un binomio que se aproximaba más a duunvirato).

A propósito, yo no acabo de entender por qué se insistía en referirse a esos dos prójimos con el aglutinante nombre de «pareja presidencial». Que se recuerde en las décadas últimas, no se decía lo mismo de Arzú y Flores, de Portillo y Reyes, de Berger y Stein o de Colom y Espada. Tal vez sea esto consecuencia de una percepción según la cual podría haber un nexo que junta diablo, carne y mundo entre Pérez y Baldetti.

No obstante, habría sido más apropiado bautizar a esa díada como virrey y vicevirreina, pues el único cetro indisputable en Guatemala es el de la oligarquía crematística; los presidentes y segundos y terceros al mando son meras estampas tridimensionales del poder, si bien con una nunca despreciable agencia sobre el cofre del tesoro.

Con todo, puede entreverse que la opinión pública transpira ligeramente más encono hacia la figura de Baldetti que hacia la de Pérez. Muy en lo profundo, él es visto como Sansón, disuelto en el regazo de una astuta Dalila… y en el imaginario colectivo se tiene por emasculado al hombre que pierde su fuerza por ceder a perfumes en vientre de mujer —o más abajo—. Pero esta historia da para otro cuadro semiótico y posiblemente dos o tres lecturas psicoanalíticas, así que la dejo aquí.

La pregunta ahora es si el general optará por derrumbar los pilares del templo y acabar con los filisteos de una buena vez en el futuro inmediato, aun si en ello le va a él su propia destrucción, e incluso después de nombrado(a) el(la) nuevo(a) vicepresidente(a). La pregunta ahora es si está dispuesto a desencadenar el efecto dominó, y a qué costo político. La pregunta ahora es si tendrá él el honor del samurái para hacerse haraquiri, sobre todo en un momento en que faltan crisantemos de una geisha de la erre.

Ojalá tan solo se tratase del viejo tópico de la mujer como germen de la ruina, cantado hasta en boleros, y cuyas encarnaciones emblemáticas van desde Eva hasta Herodías, de Helena de Troya a Yocasta, de Lucrecia Borgia a Margarita la de Fausto, de la Cava Florinda a la Malinche… y así hasta tocar todo arquetipo de la perra básica en la misógina narrativa patriarcal.

Ojalá, pero no. Todo parece indicar que Roxana Baldetti podría estar metida hasta la nuca en un pantano tan inmundo como el lecho de Amatitlán, que no es precisamente el lago de los cisnes. Mas no debe dársele a priori la razón a Alexandre Dumas padre, cuando dijo: Cherchez la femme !, ‘buscad a la mujer’… a la mujer que, según él, está detrás de todo crimen. Sería más sensato decantarse por el sequi pecuniam, ‘sigue [el rastro de] la riqueza’, que aconsejaban los antiguos romanos. Y el rastro de la riqueza —se comienza a saber— hace algunas paradas hasta en el Organismo Judicial.

***

No embargante lo anterior, se debe también anotar que fue Baldetti misma quien cultivó su propia animadversión a ojos ciudadanos. Con una altiva manera de fungir, llegó a ser vista como una envanecida María Antonieta, la de los bucles y el abanico y quien responde «que coma pastel» cuando se le notifica que el pueblo no tiene pan. Y luego sigue regalada a su vidorra sin saber de la Bastilla.

Poco a poco se iba acumulando la antipatía hacia esta señora en el sentir popular. El destape de sus fastuosas posesiones fue un insolente escupitajo en el rostro de un pueblo que jadea por llegar con solvencia a fin de mes, y cada revelación de su patrimonio era proporcional al nivel de mofa que inspiraba entre las masas, como cuando montó su comedia lacustre con la promesa de una fritanga de mojarras.

Ahora habla a cuentagotas. Pero, cuando se escotaba la faringe, impartía siempre la sospecha de tener menos luces que un galeón fantasma. El asunto es que desde su retorno del Asia, en medio de lo más candente del escándalo, no le daba la gana redactar su dimisión, ni aunque se la hubieran pedido en versos alejandrinos. Ni aunque se la hubieran exigido en esperanto. Ni aunque una estudiantina le hubiera llevado serenata para que la dama se asomase al balcón y dejase caer un pañuelo.

Llega la tarde y no le favorece, señora mía. Con sus obras u omisiones eligió usted desde el principio trotar sobre la cuerda floja, con tacones de aguja, sin vara de equilibrio y con los brazos pegados al cuerpo. Si no vio venir su caída en desgracia, la culpa no es del optometrista. Más adelante en su vida, dele usted mis saludos al círculo de Judas, Casio y Bruto; esto es, si cree usted en rectorías de suplicios infinitos más allá de este potrero. O bien, abrazos a los ángeles, si cree usted que en su momento se le abrirán las puertas del Cielo con una fragancia de lilas.

Mis pícaros favoritos son los estéticos. Los de la Madrid cervantina y la Londres dickensiana. Pero la suya, señora, es una picardía de esperpento, una que se pinta las uñas en el consulado de Miami, recibe honores nocturnos en Seúl y crea pociones en Israel para darlas a beber a cuerpos de agua fecal.

No, no cabe toda esta bazofia en la hoja de su renuncia, la que además debió usted haber presentado envuelta en celofán.

  1. Escenarios

Partirá esta gestión oficialista y dejará al país con las finanzas marchitas. Llegará septiembre y se verá a la nueva selección. Y ya se divisa en lontananza que la liga non sancta entre el partido Lider (sic) y los residuos del PP solo puede redundar en provecho del señor Manuel Baldizón, caballero de los plagios. Gracias a su terco y carmín empeño en posicionar —con meses de ventaja— sus apetitos en el centro del mercado del sufragio, ha conseguido hacer lucir a las carreteras nacionales como si les hubiera dado escarlatina.

Con el entusiasmo de quien encabeza el vagón de los payasos, su agrupación se dedicará de lleno a la repesca de votos patriotistas. Y todos sabemos quién sale ganando en río revuelto.

El problema es ese. La oferta electoral mueve a desazón: los aspirantes a la primera magistratura proceden del mismo sistema corroído y nauseabundo que ha posibilitado la proliferación de estructuras delictivas en la anatomía del Estado, o paralelas a este. Ahora bien, suspender el evento electivo no se antoja conveniente, pues se nos vive diciendo que se deben guardar las hormas de la famosa institucionalidad, aunque el Estado sufra aluminosis, como de hecho ocurre.

¿De qué modo responder al enigma de la esfinge? Dos futuribles: 1) El presidente del Ejecutivo renuncia de manera voluntaria; el presidente del Legislativo toma la estafeta —tal cual lo dispone la Constitución—; el Congreso nombra después a un gobernante interino que le entregue la banda en enero de 2016 al candidato que habrá sido elegido democráticamente este septiembre; el presidente electo asume funciones; se convoca a una Asamblea Constituyente, que producirá una nueva Constitución; se reforma la Ley Electoral y de Partidos Políticos; se procesa y condena a los mafiosos; se restituye lo robado; se depuran gobernaciones, alcaldías y dependencias públicas; se reestructura la Superintendencia de Administración Tributaria; somos felices.

2) El presidente del Ejecutivo se mantiene en funciones hasta enero; todo sigue como está —quosque tandem, Catilina?, aunque con una nueva cara vicepresidencial; la indignación se convierte en caos; del caos nace un nuevo orden imprevisto; la nación se vuelve ingobernable.

En ambos casos, mantener vivo el elan del 25-A será vital, pero (ya se ha dicho) es insuficiente. Sin una estrategia coordinada, aquello no habrá sido más que fuego fatuo, vuvuzelas, selfis y banderitas como souvenir. Habrá que pensar a largo plazo. Habrá que sentarnos a la mesa y armar la sintaxis del gobierno que queremos.

  1. Basamentos

Podemos teorizar cuanto queramos. Podemos, ciertamente, hacer teoría política silvestre. Podemos subir y bajar la escalinata como los ángeles del sueño de Jacob. Podemos construir maquetas antroposociales en el éter y de estilo rococó. Podemos preconizar una conciencia colectiva que nos hermane con todo lo visible y lo invisible…

Podemos dibujar volutas en el aire y pensar que las soluciones a nuestros ahogos manarán de aquellos impalpables resortes multiusos. Podemos darle a esto todas las vueltas que deseemos y seguir rizando el rizo…

Podemos imaginar virutas inteligentes que destraben nuestras trancas. Podemos querer inventar el agua azucarada si, por acaso, suponemos novedoso un eclecticismo que en realidad se remonta hasta Panecio de Rodas y Antíoco de Ascalón, y el cual es el chasís filosófico de un sistema que milenios después hemos conocido como «tercera vía» (que a veces solo llega a tercer vericueto, es decir, a carril auxiliar)…

Podemos. Podemos…

Pero lo concreto, lo probadamente operativo, es que toda convivencia solidaria viene certificada en una democracia liberal, sostenida por una sociedad pluralista, irrigada por una economía social de mercado y bajo el paraguas de un Estado laico. La concordia suele apersonarse con un garbo exquisito y en carruaje cuando existe este entramado.

Huelga decir que tal armazón gestáltica protege a sus minorías y a sus colectividades ancestrales sin caer en paternalismos, y es avaladora incondicional de toda libertad —muy en cuenta la de expresión y la de emisión del pensamiento— que no esté en pugna con el imperio de la ley. En relación con esto último, no faltarán quienes puedan muy bien creerse en sus afueras: encima de la ley o más allá, y tal vez hasta más allá de las leyes de la Física; el delirio es de ellos, no de la ley.

Mientras no se invente otro cimiento, habrá que buscar este arreglo en cuestión como quien busca el Arca de la Alianza, el Santo Grial y hasta la piedra filosofal.

Entre tanto, resistencia y vigilancia, sin tomar gigantes por molinos. Siempre existirá una Dulcinea en el Toboso. Y un calabozo para aquellos que sustraigan porvenires.

Ramón Urzúa-Navas

Soberanía orgánica con alguna conciencia de sí misma. Habita Sobrevive de momento en Nueva York Chicago, Subsiste indefinidamente en Guatemala (y desempleado). en una de cuyas universidades persigue la obtención de un doctorado donde se plantea seriamente el abandono de la academia. Tiene claro que lo emborrachan la poética, la retórica, la gramática, la filología, la estética, la metafísica, la historiografía, las ciencias, las culturas, los vinos, usted y otros asuntos misteriosos. Ha sido corrector intransigente, catedrático inexperto, traductor plurilingüe, barman ocasional y a veces bohemio, para menor gloria de dios. Aspira a articular alguna coherencia posmoderna mientras cree en un planeta menos bestial. Todo lo demás carece de importancia.

4 Comments

  • Reply May 12, 2015

    Carlos Sandoval

    Es de lo mejor, de lo mejor, de lo mejor, de lo mejor que he leído y releído. Compermiso Ramón, lo volveré a leer.

  • Reply May 12, 2015

    R.U.-N.

    Muchas, muchas gracias por leer, por comentar y por elogio, Carlos. Un saludo.

  • Reply May 13, 2015

    Carlos Sandoval

    No me deja de dar tristeza que cuando lo posteé en mi muro apenas unas 3 personas lo leyeron. Qué pena que tu artículo pase desapercibido. Éste fue mi encabezado:
    Éste es un artículo tan único que es casi un poema al que bien se le podría acompañar con la música de algunos de esos trovadores. Definitivamente 10 minutos de lectura bien invertidos, ya me darán la razón. Saludos muchá.

    Aprovecho a felicitarte nuevamente.

    Slds.

    cs

  • Reply May 13, 2015

    R.U.-N.

    Pues redoblo mi agradecimiento, y más por la difusión (yo nunca tuve Twitter, y cerré mi cuenta de FB el año pasado, qué le vamos a hacer). Un saludo y otras mil gracias.

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