La Segunda República

  1. El magma

Visiones: a elevación de astronauta, un balón azul con borrones albinos. A distancia de zepelín, apenas un punto. A vuelo de pájaro, una mancha inquieta. A ras del pavimento, suelas unánimes… ¿Qué es lo que debe de sentirse, qué cosa? Un hormigueo en demasiados antebrazos. No lo sé: solamente me lo figuro. Con codicia. En lejanía de fronteras.

Metro y medio más arriba del piso se acoplan sesenta mil biologías fonadoras que lo son, en ese intervalo, en virtud de un himno arrancado en anacrusa, desde una concha acústica de gargantas coterráneas.

Es el instante del clinamen, ese momento imprevisto y prodigioso en el cual, de conformidad con Lucrecio, los átomos se tocan espontáneamente en el vacío y originan cosas nuevas —albedríos en cuenta—.

Hay ahora en la plaza conexiones neuronales solidarias, donde todas las diferencias se funden en un momento magmático, siquiera por unas horas, aunque fuese por pura novelería de bullicio y granizadas a propósito de catervas de cleptómanos en Palacio y dependencias.

Las imágenes delatan casi un ambiente de cuaresma, pero sin pasear por las calles esculturas de cadáveres sangrantes y de señoras con el miocardio perforado por cuchillos. Ahora se canta una oda al «altar de la Patria, su altar», y no se transita al compás de marchas de réquiem.

Aunque no me lo pregunten, todo pabellón nacional me ha parecido siempre de un simbolismo tribal y regresivo, un simbolismo evocador de biotopos políticos que estaban a cinco minutos de emparentar con la horda y el clan.

Así y todo, he de reconocer su facultad unitiva: en torno de banderas se logran proezas sociales (y también, cómo no, monstruosidades). Sin embargo, en esta hora pivotal, el estandarte que nos identifica como provincia del planeta reclama desinfección. El antiséptico lo tenemos a la mano.

***

¿Será, este, nuestro Mayo del 68? Mayo tiene esos prontos, tiene esos arranques aurorales y deseosos de llevar a la imaginación al poder, como posparto de la indignación. Y no nos vendría mal un pellizco de utopía.

Ojalá se suscite entre nosotros una Revolución de los Claveles, como la portuguesa, que se llevó consigo la hedentina despótica de mierda que embarraba a Salazar. Y ojalá tendamos más a Primavera de Praga que a Primavera Árabe, la cual ha venido cayendo en milicia y fanatismo odorante a tiranía.

  1. Mares al ruido sonoro

El Estado (nosotros/as, vosotros/as, ellos/as) es actualmente una mezcla patológica de gangrena y vitiligo. Y la única armonía que se ha inhalado por decenios es la botánica del Cementerio General.

Pero es evidente que la ciudadanía urbana, otrora con el nervio de la participación atrofiado, víctima indulgente del laissez faire, laissez passer (‘dejar hacer, dejar pasar’), ha evolucionado del marasmo al maremágnum, y de la inercia a la efervescencia.

Por acción de la marejada, ya naufragan ministros y una vicepresidenta. No obstante, el laurel de las movilizaciones ha sido hasta ahora leve si lo que se ha conseguido con la renuncia de la dama Baldetti es el nombramiento del caballero Maldonado Aguirre, cuyo currículum abarca la dación de guiños a alguno que otro genocida y la organización de otras violencias de partido.

  1. El hápax

El clamor ciudadano (aunque de relativamente pocos y más bien elitista) fue el causal de la renuncia de Manuel Estrada Cabrera. Había llegado este a la jefatura del Estado —pistola en mano— ofreciendo balazos al Consejo de Ministros, luego de la muerte violenta de Reyna Barrios y siendo Estrada el primer designado. Y así se mantuvo, bigotón y dictador, por veintidós largos años. Los suficientes para que El señor presidente se deslizase, después, por la catedrática pluma de un tal Miguel Ángel Asturias.

Del clamor ciudadano (otra vez, de relativamente pocos: intelectuales, profesionales y oficiales de rango menor) también se desprendió la dimisión de Jorge Ubico, el filonazi déspota de los catorce años y admirado por Álvaro Arzú. El turbulento año —1930-1931— que siguió a la renuncia de un enfermo Lázaro Chacón vio tres presidentes, y se cerró con la conquista de la primera magistratura por parte de Ubico, gracias a haberse presentado en elecciones donde el único candidato era él. Y así se mantuvo en su uniforme, firme y editorial, el pequeño Napoleón de los trópicos.

El caso ahora es distinto: nunca antes habían hecho operaciones matemáticas, en la misma tabla de multiplicar, azadones y libros, campo y ciudad, autos y animales de carga, covachas y casas de dos plantas, redes virtuales y consejos comunales, pañales y bastones, y crucifijos y arcoíris, para exigir —con el mohicano tomahawk de la protesta pacífica— el cuero cabelludo de autoridades electas legítimamente en democracia. Por eso afirmo que, en la historia del país, lo presente puede definirse como hápax.

Es como si de pronto todas las abejas obreras inundasen de humo la colmena para hacer salir a la abeja reina, escoltada por los zánganos. El pueblo quiere ver dimisiones. El pueblo quiere ver encarcelamientos. El pueblo quiere ver integridad. El pueblo quiere ver pornografía: quiere ver declaraciones de bienes y extinciones de dominio. Y que se deje en paz a la vaca pública, por sacrosanta.

  1. Papel protagónico

Ahora bien, las protestas, per se, no son garantía de pulimiento del Aparato y concordia perdurable. Mucho me temo que se corre un riesgo de balcanización del 25-A y del 16-M si no emergen nuevos liderazgos, colectivos o individuales, e intachables, en medio de lo amorfo del hashtag y del entusiasmo naíf. De lo contrario, tan solo estaremos hablando de civismo en abstracto (aunque concreto en plantones ciudadanos).

Hacen falta mentes que tabulen las demandas y las cincelen en piedra. Que concierten sensibilidades para después coordinarlas y guiarlas al orden. Es asimismo crucial que la Cicig continúe amasando las manos de Corleones y desmontando contubernios. Pero no debería ser protagonista, sino actriz de reparto en la película guatemalteca.

En tal sentido, el protagonismo debería ser nuestro y de nadie más. Y debe provenir de la médula del movimiento primaveral, para aprovechar esta bienvenida tempestad de cohesión.

No obstante, si deseamos renovación, no se puede apostar por los jóvenes sin modificar desatinos; por ejemplo, esa absurda prohibición constitucional que a los menores de 40 años nos aparta de la posibilidad de optar a los cargos más altos del servicio público.

  1. Báculos y flautas

Peligro, que pueden resultarnos dos modelos de liderato con repercusiones distintas. Les daré nombre: san Patricio y el flautista de Hamelín.

Ah, san Patricio, ese de quien cuentan que expulsó a todas las serpientes de Irlanda con dar un solo golpe vertical de su báculo en el suelo. Estupendo… siempre y cuando se recuerde que después impuso un proyecto represivo y subyugador en esa isla durante siglos. Me refiero a la Iglesia católica, que uso yo aquí como metáfora de autoritarismo.

(Digresión: es sumamente cómico que el maravilloso país de los duendes y los tréboles, bastión del Vaticano hasta hace muy poco tiempo, venga de propinarle al catecismo un gancho al hígado: es la primera nación en el mundo que aprueba en referéndum, por holgada mayoría, el matrimonio entre personas del mismo sexo. Creo ver un dígito erguido: el tercero de la mano.)

Ahora saludemos al flautista de Hamelín, quien se llevó a todas las ratas de ese pueblo con la seductora melodía de un instrumento de viento. ¿A qué costo? Al costo de llevarse también a los niños y ahogarlos en el río, luego de no recibir él el pago pactado a cambio de la desaparición de los roedores.

En mi analogía, llevarse a los niños es perder una generación entera, sea por completa irresponsabilidad de la anterior, o bien, por un liderazgo malevolente.

Dicho eso, contar con un líder o líderes o lideresas tampoco es un fin en sí mismo, bien que sea imposible una buena gobernanza sin su timón. La protesta, claro está, se debe encaminar a que dimita toda el hampa ratera, a buscar una convergencia nacional de mínimo común múltiplo, a prestarles el escudo nacional a personas probas… pero todo con la clara meta de darle la vuelta al establishment para demoler el edificio de opresión que ha mantenido a este país en el rezago. Ese es el fin; el resto, los medios.

En cualquier caso, siento un poco de pena por las personas a quienes, con posterior legitimidad, les tocará moverse por el Palacio Nacional y en el hemiciclo parlamentario: deberán caminar de puntillas porque encontrarán solo boñiga. Por supuesto, siempre podremos pagarle al flautista de Hamelín para que haga una limpieza general en edificios estatales, y luego llamar al exorcista.

  1. Juego de tronos

Entre tanto, Otto Pérez Molina sigue dándonos largas y mareando la perdiz. ¿Pero qué dedo habrá de bajar san Pedro para que el ciudadano presidente desista de hacer jaripeo con su cargo, con una mano asida a la montura hasta tener los nudillos morados, y la otra en lo alto y batiéndose en el aire con desesperación sordomuda?

Tampoco ha caído de la gracia del Cacif; al menos, todavía no. Eso sí, si bien esta hermandad de los dineros le había arrojado antes un pato de caucho inflable —porque se debe salvar al ama de llaves—, ahora se intuye que levanta un poco la ceja de recelo y quizás hasta lo vaya apartando de su seno patronal, con suave discreción, ante el trueno del oleaje contra las peñas.

Y hay que ver aún por cuánto tiempo más estará dispuesta la Casa Blanca a conservar un Judas de trapo en la Casa Crema, visto el fantasma de desobediencia civil que recorre un bosque de pancartas.

En el fondo, como de costumbre, se trata de un juego de tronos: el de la rancia plutocracia frente al del pueblo manifestante, ahora inclusivo de agricultores, de operarios, de universitarios, de todas las medianías económicas, de los cuatrocientos muchachos del Popol Vuh y de conglomerados hartos de que sus demandas se pongan siempre en la hornilla de atrás.

Al primer jugador por el trono le importa retener la silla y las alfombras; al segundo, sentar en el solio a la justicia, así sea por una sola vez. Y hay un tercer jugador: la Embajada (por antonomasia, la de Estados Unidos), cuyo único interés consiste en que su trono antinarcótico sea el que impere en ciento ocho mil ochocientos ochenta y nueve kilómetros cuadrados, y más allá. Por lo otro, que arda Troya.

Pero la silla y las alfombras precisan de un salón que les provea techumbre, y esa techumbre la ensamblan las instituciones de gobierno, que juntas y en activo componen la «institucionalidad» —palabra con la cual se masturban en público formalistas y maleantes—.

Traen razón, y tanta, quienes señalan la infructuosidad de contar con instituciones que no están al servicio de la gente, sino al servicio de ellas mismas, cuando no de bastardías.

Podrán ser constitucionales, pero ya no tienen consistencia. Podrán ser reconocidas, pero el pueblo ya las desconoce. Y podrán ser válidas, pero ya perdieron valor. Contertulios: las instituciones existen para defender a las personas, no al revés.

  1. Legitimidad

En la cinta V for Vendetta, un thriller político basado en la novela gráfica de Alan Moore y David Lloyd, se desarrolla al final una escena decisiva: centenares, millares, quizá decenas de millares de personas marchan por las calles londinenses, pasando de largo a los agentes del orden del Estado policía/represor.

Aquellas millaradas, entre las cuales se cuentan individuos procedentes de todas las avenidas de la vida, van ataviadas de negro y con la máscara emblemática de Guy Hawkes, quien en el siglo XVII fuera protagonista de lo que se conocería después como el Complot de la Pólvora (uno de cuyos objetivos era la voladura del Palacio de Westminster, sede del Legislativo británico).

Pues bien, los disfrazados llegan a su punto de destino y se detienen, aquende el Támesis, para ver concretarse la épica explosión del Parlamento cuando, al triunfal sonido de la Obertura 1812, la campana del Big Ben anuncia la medianoche… En ese preciso instante, todos se quitan la máscara. Y en ese instante preciso, también, hay siempre una presencia invisible que pica cebollas frente a mis ojos, qué quieren que les diga.

No abogo por la anarquía, no, y menos por la anomia. Pero ¿qué sentido tiene ver una alcantarilla, perdón, una institucionalidad que no nos representa, que nos despoja, que nos lesiona, que nos miente y hasta nos mata? Hace falta replantearnos, pero ahora mismo, si este estado de cosas vale la pena.

  1. La lámpara

¿Merece la pena celebrar unas elecciones en cuyas campañas partidistas no se sabe muy bien si lo ofrecido específicamente son planes de gobierno o bolsas de Fab?

¿Servirán de algo unos comicios que, con toda seguridad, trasladarán el mando a agrupaciones carentes de rectitud, empatía y voluntad de servicio, atributos que deberían ser innegociables para cualquier aspirante al funcionariado?

El catálogo electoral es un auténtico cuadro clínico. Y el cuadro es un metacuadro donde se observan otros cuadros: cuadros políticos que son en realidad bodegones, es decir, naturaleza muerta.

Hay en esas agencias pordioseras de servicio al cliente, asimismo llamadas partidos, personajes de toda tela: desde golpistas y productores de suicidios, hasta una lady tropical con genes de cuartel y con afán de parecerse a la jequesa de Catar.

Tal vez se tomen muy en serio la sentencia más salerosa de la venerable RuPaul, madre de camaleones: Todos nacemos desnudos y lo demás es travestismo.

Por aparte, la casi totalidad de miembros de la casta posee un cóccix tan elongado que es una invitación al pisoteo. Y ninguno es dueño de un ducado de Alba ético que le valga para entrar a caballo en Catedral.

Cuánta lucidez mostraba Diógenes al buscar por Atenas, con una lámpara, a un hombre en plena jornada diurna. Cuánta sabiduría desplegó cuando el grandísimo Alejandro, el hombre más poderoso de su tiempo, se presentó ante él para conocerlo en persona y decirle que le pidiese cuanto quisiera, a lo cual el filósofo, recostado en el suelo, respondió: «Quiero que te hagas a un lado. Me estás tapando el sol».

Desconfiemos del término «sistema», pues de su tuétano resurge la escoria que cada cuatrienio repite el ciclo de desvalijamiento y ruedas de prensa. ¿De qué elecciones hablamos, de elegir entre qué y qué? Tal como están las cosas, daría lo mismo repartir números y rifar la Presidencia. O votar por cualquier cerdo vestido de frac.

Si no, que se cierre el telón y se clausure la obra nacional, y el último en salir que apague la luz.

  1. El Rubicón

A mí la palabra reforma me suena a remozamiento. Me sugiere cambio de forma, pero no de fondo. Si vamos, vayamos por todo; que esto sea cruzar el Rubicón y no haya vuelta atrás. Para decirlo con el poeta Otto René Castillo, torturado y quemado vivo por el mismo fuego que ha hecho alquimia perenne con la banda presidencial: «Vámonos, Patria, a caminar; yo te acompaño».

A re-crear el Estado, por la Segunda República. Por una república que le cauterice todos los cuellos a la hidra para impedir nuevos brotes de cabezas. Por una república digna, donde todos hallemos cabida.

Por la resurrección del espíritu del ágora: que cada comunidad sea una microágora con potestad de aplicar el ostracismo al infractor y al criminal, dentro del amplio marco de un Estado democrático de derecho. Por esa república. Con Marsella y por Guatemala: Allons, enfants de la Patrie. ¡Por la Segunda República!

  1. Desiderátum

No estamos todos, presidente. Faltan trece. Los mató la negligencia y la avaricia perversas de los encargados del mismo instituto que estaba para asegurarles la vida.

No estamos todos, presidente. Faltan diecisiete. Y faltarán diecisiete mañana, y diecisiete pasado mañana, y diecisiete al día siguiente…

Sucesivamente, porque son diecisiete quienes mueren cada veinticuatro horas en medio de un execrable torbellino de violencia que usted prometió controlar, una vez instalado en donde hoy se encuentra y de donde no tiene deseos de egresar, como no sea con grúa o posiblemente con la zanahoria del exilio.

Si aún le quedan una pizca de dignidad y dos cojones, presidente, haga el favor de renunciar. Y de salir por la puerta trasera, como los perros.

Ramón Urzúa-Navas

Soberanía orgánica con alguna conciencia de sí misma. Habita Sobrevive de momento en Nueva York Chicago, Subsiste indefinidamente en Guatemala (y desempleado). en una de cuyas universidades persigue la obtención de un doctorado donde se plantea seriamente el abandono de la academia. Tiene claro que lo emborrachan la poética, la retórica, la gramática, la filología, la estética, la metafísica, la historiografía, las ciencias, las culturas, los vinos, usted y otros asuntos misteriosos. Ha sido corrector intransigente, catedrático inexperto, traductor plurilingüe, barman ocasional y a veces bohemio, para menor gloria de dios. Aspira a articular alguna coherencia posmoderna mientras cree en un planeta menos bestial. Todo lo demás carece de importancia.

15 Comments

  • Reply May 29, 2015

    Jaime R. C. Letona

    Esto, por lo pronto, es lo mejor y más lúcido que he leído. Digno de leerse muchas veces en voz alta. Me ha tocado.

  • Reply May 30, 2015

    R. U.-N.

    Gracias totales por leer y comentar, Jaime. La idea es esa: tocar, polinizar, diseminar bengalas en conciencias. No más anestesia. ¡Y gracias por el elogio! Un saludo.

  • Reply June 9, 2015

    Fernando Gonzáez

    Entre la verborragia y la poesía, me perdí un poco…, pero aquí va mi comentario salido un poco de mi cenicero y de mi desencanto. Podemos pensar que las manifestaciones son fiel reflejo de una “primavera democrática” y que está logrando lo que en cientos de años no ha existido en Guatemala, “cohesión” contra la corrupción, yo lo veo más como una catarsis social, que poco a poco ha ido mermando, pero que no ha pasado de ser mucha bulla; no pretendo ser un maldito cínico o una persona harta fatalista, pero si no se plantean cambios dentro de nuestro sistema, la cosa seguirá igual o lamentablemente peor, ya que existirán nuevas formas y más astutas de robar y empobrecer sistemáticamente. Lo que escribes es lindo, pero realmente se está quedando corto sí no se ven resultados…., para muestra un botón, el escandalo de la línea de “red moreno” se repitió y sí no cambiamos las cosas hoy, la “linea” en diez, quince, o menos años, se estará repitiendo, ¿me entiendes? tanta bulla, tanta efervescencia debe tener resultados, parir propuestas, sino será estéril.
    Todo mundo “logró” (yo pienso que fue la presión del CACIF) que la Sra. Baldetti renunciara, pero sí se sale con la suya, y burle al sistema de justicia, sólo generará más frustración…., y esta vez será mucho más colectiva.
    Otto Pérez Molina fue un titere del CACIF, de la oligarquía, de la embajada de EEUU, y a ellos ¿cuándo se les pedirán cuentas? porque ellos manejan los hilos, y espero no escucharme como un frustrado de izquierda, pero la verdad es que esos grupos de poder, deciden a quién y cómo poner, y sí se les salió las cosas de las manos, pues lo deponen, y sino, pues lo dejan…, y allí va el rebaño pues…

  • Reply June 12, 2015

    Ramón U.-N.

    Gracias, Fernando, por comentar. Ninguna de tus observaciones está en contradicción con lo poco (o mucho) que escribí. Estoy de acuerdo con tu opinión. Saludos.

  • Reply June 12, 2015

    renè villatoro

    Ramón, totalmente de acuerdo. Sin embargo, mientras no exista o no se cree una verdadera dirigencia que sea capaz de hacer llegar y se apropie de los pedidos de refundación del estado, seguramente los sospechosos de siempre harán lo que mejor saben hacer: aprovecharse de la coyuntura. Y si, el descontento está ahí, lo que hacen falta son líderes capaces. Saludos

  • Reply June 19, 2015

    Ramón U.-N.

    Así es, René. Debe haber una dirigencia unificante, ecuménica si se quiere, pero yo tendría cuidado con que “se apropie” de las demandas puestas sobre la mesa (el verbo “apropiarse”, entendido como hacer de una persona algo que no lo era, conlleva cierta connotación de abuso). En todo caso, sin ese tipo cohesivo de dirigencia/liderazgo, es imposible llegar a punto alguno en esta plantación de berenjenas: el movimiento no trascenderá la etapa del petardo y no pasará de ser un mercado cantonal sin una estrategia clara y coherente, y al mismo tiempo representativa de los grandes puntos en común. Desde que escribí este texto hasta ahora, ya se ven propuestas mejor organizadas. Habrá que esperar (pero no demasiado: septiembre está al doblar la calle, y no podemos celebrar elecciones con la casa sin barrer). Sin embargo, la situación se complica si de todas maneras sabemos que las leyes cuya reforma es urgente no entrarán en vigor (si es que son consensuada y aprobadas) sino hasta el próximo período electoral, y esto quiere decir que deberemos aguantar otro cuatrienio con los mismos “líderes” y el mismo sistema contra los cuales luchamos en primer lugar. Esto es de una frustración que martilla las entrañas. Saludos, y muchas gracias por comentar.

  • Reply June 20, 2015

    renè villatoro

    Ramón, dos cosas: la palabra apropiarse, la utilicé en el sentido de “hacer algo propio que antes no lo era”, también como sinónimo de acomodarse. Si un líder en potencia que marcha a la par de otras 20,000 almas y no es capaz de hacer suyas las propuestas de esos otros, pues bueno, no me lo tomaría en serio. Y segundo, el verdadero riesgo de no lograr hacer un cambio, aun y sea de forma, en esta coyuntura específica, es que el sistema nos dure otros 30 años y ahí si, nada de lo que dejaste como país cuando te fuiste quedaría. El sistema está haciendo todo lo posible para autopreservarse -ya mandaron a los sindicatos a oponerse a las reformas, la CC mandó por un tubo el proceso de antejuicio contra el general, el mismo embajador (en estos casos solo hay uno) presiona para que no haya un quiebre histórico, etc.- y creo que va ganado la partida. Saludos

  • Reply June 20, 2015

    Ramón U.-N.

    De nuevo, gracias por comentar, René. Sin ánimo de entrar en polémicas semánticas, hay una diferencia entre “apropiar” (verbo transitivo: no necesita objeto directo) y “apropiarse” (verbo reflexivo). El segundo caso quiere decir: “Dicho de una persona: Tomar para sí alguna cosa, haciéndose dueña de ella, por lo común de propia autoridad”. Esto está más en consonancia con lo que planteaba yo al principio. No es que un líder no sea capaz de hacer suyas las propuestas de miles de personas, sino de que ese hacerlas propias tenga legitimidad validada por esas mismas personas y no porque lo decide el líder, motu proprio, arrogándose una autoridad que no le fue dada por las personas a quienes lidera. En otras palabras, me refiero a que no debemos caer en el error del mesianismo. Por lo demás, estoy enterado, con consternación, de lo que ocurre en el país. Y por eso mismo es que me produce una frustración inmensa… ¿Quién tiene la solución de este rompecabezas que nos está condenando a más años (o a lustros o a décadas) de atraso? Eso me devana los sesos. Otro saludo cordial.

  • Reply June 21, 2015

    R.U.-N.

    Perdón, René. En medio de la prisa en responder, se me escapó una ligereza. Los verbos transitivos sí necesitan, siempre, objeto directo (escribí que no). Son los verbos pronominales (y “apropiarse” lo es) los que no siempre necesitan objeto directo. Mis disculpas por la confusión.

  • Reply June 24, 2015

    Ramón U.-N.

    Lapsus calami: quise decir “consensuadas”, no “consensuada”.

  • Reply June 25, 2015

    renè villatoro

    Nuevamente de acuerdo Ramón. Lejos estamos de pretender que una sola persona sea capaz de decidir por miles, sin embargo, no es precisamente la variedad o gran cantidad de líderes lo que nos preocupa, sino exactamente lo contrario: la ausencia de los mismos. Ojalá que este movimiento ciudadano encuentre las formas o maneras de que sus propuestas sean consideradas y tomadas en cuenta, de lo contrario, quedará solo como grandes reuniones de amigos en una plaza, que ahora si, podemos llamar pública.
    Por último, cuando haces mención de los “transitivos”, “pronominales” o “reflexivos”, siento una opresión en el pecho, las tripas se me revuelven e inevitablemente me traslado al 3er. año de primaria en la clase de Idioma Español, impartido por la seño Vicky, quien entre otras virtudes, era miembro honorífico de la Real Academia Española (cuando la Real Academia aun no existía) y se desvivía porque sus pupilos aprendiéramos la diferencia entre objeto directo y objeto indirecto, junto con otras finuras del idioma, que por decir lo menos, aprendimos solo para la prueba académica, pero que jamás aprehendimos para la vida. De manera que no dudo que tengas la razón en cuanto al significado y uso de la palabra apropiarse, y si la utilicé, fue en el significado que según yo tenía (qué ya expliqué), de manera que no tratamos aquí de una clase de semántica, sino de la gran incógnita que se nos plantea sobre el qué hacer, cómo hacerlo y porqué. Para problemas de idioma, me ciño a lo que mi abuelita decía años ha: “Ay mijo, el español es tan amplio, que de cualquier manera se entiende”, Saludos

  • Reply June 29, 2015

    Ramón U.-N.

    ¡Me encantaría haber conocido a tu abue! Cuánta razón. Hubo un tiempo en que yo era bastante más intransigente en cuanto a reglas idiomáticas, creeme. Y ese es el problema con los profesores de lengua: enseñan a memorizar para pasar exámenes, pero no para la vida. Ahora solamente soy más exigente en cuestiones lingüísticas en la medida en que haya frases o expresiones o sintagmas que se presten a anfibología.
    El único otro dato que querría yo compartirte es que la RAE existe desde 1713. Me parece muy improbable tu maestra Vicky hubiera nacido para entonces. 😀 Por otra parte, la Academia Guatemalteca de la Lengua Española (AGLE), correspondiente de la ibérica, se fundó en 1887, de manera que creo no estar equivocado si digo que tu maestra tampoco había nacido para entonces (aunque no es imposible que una persona sobrepase los cien años de vida). En todo caso, ¿de qué sirve un académico si no comparte o no sabe compartir su conocimiento? Ese es uno de los grandes problema del sistema educativo nacional.
    En lo que respecta al tema de dirigencias y liderazgos, te encuentro razón en la medida en que señalás la carencia de estos en sentido funcional, no numérico. En el fondo, eso es lo que intento decir en mi texto. La abundancia (numérica) puede llevar a escasez de la eficacia, eficiencia y coherencia. Con todo y lo malo que pueda tener la cultura de los EE. UU., me parece que su lema oficial –que aparece en el Gran Sello– es muy pertinente para lo que ocurre en Guatemala: “E pluribus, unum” (‘de muchos, uno’). Se refiere a los muchos pueblos, de todas partes, que integran esa nación como una sola. Por ahí debería ir nuestro esfuerzo colectivo.
    Nuevamente, gracias por comentar. Un saludo.

  • Reply June 29, 2015

    Ramón U.-N.

    Quiser decir “grandes problemas”, no “problema”. Estas prisas me están matando, ¡jaja!

  • Reply July 1, 2015

    renè villatoro

    Hola Ramón. Es ese precisamente el problema. Muchos liderazgos “pequeños” por llamarles de alguna manera, faltan unos cuantos que puedan dirigir y concretar las demandas ciudadanas, que tengan alcance nacional, lo cual, holga decir, no aparecen por ningún lado.
    Para finalizar, lo de la seño Vicky fue solo un sarcasmo, ya que para principiar, ni siquiera recuerdo si ese es (o era, tengo años de haber perdido el contacto) realmente su nombre. Fue una santa señora que se empeñó -y puso su alma en eso, dejame agregar-porque lográramos escribir de forma correcta el idioma que-según sus propias palabras-nosotros (sus alumnos) nos empeñábamos en maltratar. Sus esfuerzos, a la distancia, hasta me parecen tiernos, Y si bien era ya mayor cuando nos dio clases -frisaba los 50, lo que para un crío de 9 la colocaba como contemporánea de Matusalen- seguramente ni era miembro correspondiente de la Real Academia ni le interesaba. Nuevamente saludos.

  • […] mi mismidad y servidor cruzar el Rubicón desde mayo, por creer necesario hacerlo entonces o nunca, entendido esto como la determinación de […]

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