La religión como molde social y cultural en la Hispanoamérica colonial

“La reina Tlacoxhuatzin, su madre, como era mexicana y algo endurecida en su idolatría, no se quería bautizar, y se había ido a un templo de la ciudad con algunos señores. Ixlilxúchitl fue allá y le rogó que se bautizase: ella le riñó y trató mal de palabras diciéndole que no se quería bautizar, y que era un loco, pues tan presto negaba a sus dioses y ley de sus pasados.

Ixlilxúchitl viendo la determinación de su madre, se enojó mucho, y la amenazó que la quemaría viva si no se quería bautizar, diciéndole muchas razones buenas, hasta que la convenció, y trajo a la iglesia con los demás señores para que se bautizasen, y quemó el templo en donde ella estaba, y échole por el suelo. Esta reina, que fue la primera que se bautizó, se llamó Doña María. Fue su padrino Cortés (…)”

— Fernando de Ixtlilxóchitl, Relación de la venida de los españoles y principio de la ley evangélica

Desde el establecimiento del hombre en comunidades fijas, a partir de la revolución agrícola, fue necesario un orden que mantuviera a las personas que las conformaban en común acuerdo, persiguiendo metas comunes. Gracias a sus capacidades de comunicarse, organizarse y desarrollar un imaginario colectivo, el ser humano tuvo éxito en esta empresa, al menos por épocas, dándole la posibilidad a las diferentes civilizaciones, desde la antigüedad, a desarrollar rasgos únicos y formas de organización funcionales.

Ese orden, resultado de la imaginación humana, dio lugar a las diferentes culturas: una forma de organización social –un orden jerárquico con propósitos organizativos-, un mito con el cual identificarse, una forma de vida y una colección de dioses en los cuales apoyar sus miedos y explicar su existencia. De hecho, la creencia en seres supra-humanos fue la clave para mantener integradas a sociedades cada vez más complejas y numerosas, donde el orden político y la organización social no eran suficientes[1].

En el estudio de las diferentes culturas, su evolución, su transformación e incluso su aparente desaparición, la religión juega un papel central, sea como lazo social o como convicción política. Es la fuerza influyente y a la vez la fuerza conquistadora que determinará el cambio.

La manera como las diferentes civilizaciones, a través de su visión religiosa, han influido, transformado o conquistado otras es sin embargo muy distinta y pretender catalogar este tipo de procesos exclusivamente bajo la bandera mítico-religiosa puede sonar en algunos casos exagerado. Sin embargo, no podemos negar que a lo largo de la historia de la humanidad, y no sólo en occidente, la creencia en seres superiores ha determinado en gran parte el rumbo que las sociedades han tomado, no sólo en el sentido de “evolución cultural”. En el caso específico de Hispanoamérica, la religión cristiana moldeó a su sociedad original, transformó su cultura y estableció una vida en gran parte contradictoria a la que inicialmente se había desarrollado en esta zona. Este aspecto se resalta ala hora de analizar los modos utilizados por la civilización conquistadora y los aspectos que determinaron su triunfo.

Cuando los Romanos conquistaron grandes imperios, éstos no intentaron forzar a sus conquistados a practicar su religión. No enviaron misioneros a tierras lejanas, más allá de su control político directo, a convencer a sus pobladores de aceptar a sus dioses. Sin embargo, para los conquistados, nuevos ciudadanos o súbditos del imperio era obligatorio respetar a los dioses “oficiales”, si bien no era necesario que renunciaran a sus propios rituales, costumbres y creencias, y, sobretodo, al César. Era una forma de darle legitimidad al imperio y era un símbolo de lealtad al mismo. Pero también en muchos casos fue la élite imperial la que adoptó algunas de las creencias de sus conquistados. Fue natural la adopción de dioses asiáticos y egipcios en su panteón. El único dios que los romanos se negaron rotundamente a aceptar fue el cristiano.

Ese orden imaginado, basado en el respeto a los dioses del imperio y consideración sobre las otras creencias era el carácter central del Imperio Romano, forjado por siglos de desarrollo, al lado de su política. Era la base de un orden social y un reglamento centrado en la obediencia en un imperio “multicultural” en constante expansión.

Para la llegada del emperador Constantino, en el año 306, el concepto de tolerancia religiosa parecía haber cambiado drásticamente. Los romanos habían llevado a cabo varias persecuciones acusando a los cristianos, principalmente, de falta de lealtad al imperio. Sin embargo será precisamente el cristianismo el que se caracterizará, desde su establecimiento como religión “oficial” en territorios romanos, por la persecución y el aniquilamiento de otras creencias. La religión cristiana será, a partir de entonces, el bastión de innumerables guerras por lo menos a lo largo de los siguientes 1,500 años.

El cristianismo fue el estandarte de las Cruzadas, guerras realizadas en un afán de recuperación de territorios considerados santos y de expansión religiosa por medio de la conversión forzosa, principalmente de judíos. Y fue el espíritu medieval de Cruzada (esa combinación político-militar-religiosa) el que definiría, en parte, al Reino de Castilla, su reconquista de la península Ibérica y su eventual actuar sobre el Nuevo Mundo. También será la religión la base sobre la cual se va a fundamentar, si no justificar, una imposición cultural que significaría el cambio definitivo de una serie de civilizaciones únicas, dando lugar a un nuevo mundo religioso, político y cultural.

DE CASTILLA A AMÉRICA

Cuando los españoles pusieron pie por primera vez en América, se encontraron con una serie de civilizaciones complejas. Muchas de ellas, más desarrolladas de lo que hubieran imaginado, contaban con sus propios mitos, órdenes políticos y sociales, y una religión conformada por numerosos dioses y creencias animistas.

El proceso de la colonización no fue nada fácil y en los primeros años de conquista no parece haber un propósito claro. Aún así, la religión estará presente desde la llegada de los primeros franciscanos, sólo tres años después de la llegada de Hernán Cortés al valle de México. El establecimiento de una política adaptada a partir de la Ibérica, un nuevo orden social, implicaría la ardua aculturación de las civilizaciones prehispánicas, así como un proceso que mermaría a las sociedades mismas, también desde el punto demográfico.

La Iglesia católica jugó un papel central en la sociedad y la política no sólo durante el proceso de conquista sino de toda la época colonial, transformando a toda la sociedad. En el siglo XIV, la iglesia de Castilla había tenido un intento de reforma a partir de que su episcopado parecía más preocupado por los asuntos mundanos que por los espirituales, sumado al bajo nivel intelectual del clero, que ni siquiera tenía conocimientos del latín. Por otro lado, la Corona de Castilla no era ajena a la difusión de corrientes de religiosidad consideradas heréticas, las cuales serian sofocadas para 1445, con la respectiva aplicación de duras represiones contra los simpatizantes de las mismas[2].

La construcción del Estado moderno fue una empresa tomada muy en serio por los Reyes Católicos. A partir de su legado en el terreno doctrinal y práctica política, camino iniciado desde el siglo XIII por Alfonso X. Esto había dado lugar a la eventual creación de instituciones centrales de gobierno como la Audiencia y el Consejo Real, establecidos por los Trastámaras. El poder local se había formado, a su vez, con bases como el regimiento y los corregidores, tutelados directamente por la corona.

El ideal de la guerra religiosa, si bien por algunos más intensa que en otros, había caracterizado al reino, convirtiéndose en una tarea pendiente de concluir. Desde la unión de Castilla y Aragón en 1474 el reino mostraba el anhelo de expansión, evidente en su pronta conquista de Granada y sus anexiones a Navarra, siendo éstas parte de las circunstancias que darían lugar a las primeras exploraciones atlánticas. Este es el punto en el que se inicia también un proceso de unificación cultural, con la religión como baluarte. La tolerancia, mínima pero existente, que los gobernantes de los reinos hispánicos de Castilla, Aragón y Navarra habían tenido durante los siglos anteriores hacia sus súbditos, cambió radicalmente a partir del siglo XV. Para 1492, los judíos españoles se encontraron en la encrucijada de tener que elegir entre el bautismo o la expulsión de los territorios de los Reyes Católicos. Sin embargo, ya en un texto de 1465, atribuido al monje Alonso de Oropesa, se hacía referencia a los judíos conversos como “malos christianos e sospechosos de la fe”. La misma suerte corrieron los moros en Castilla en 1529 y en Aragón en 1526. En las palabras de Ferran Soldevilla, los Reyes Católicos lograron “dar salida a las energías del pueblo castellano, antes fratricida, elevar la lucha civil a lucha nacional, la guerra intestina a guerra externa”.

El nuevo Estado buscaba una uniformidad de creencias que le diera a los dominios españoles un fin común y a su vez una idea en la cual justificar la perseguida unificación europea. Por otro lado, la influencia de los juristas italianos del siglo XIV, como Bartolo Sassoferrato, con sus ideas acerca del derecho privado común asociado al canónigo, donde el poder estatal debía controlar a la sociedad en todos sus aspectos incluyendo el control eclesiástico, le van a dar a la corona de Castilla y Aragón un poder inigualable.

A diferencia de otras políticas europeas, las coronas de Portugal y Castilla no contaban con una nobleza lo suficientemente poderosa que ayudara a definir el carácter peninsular y buscar la expansión política. Las aristocracias urbanas de estos reinos, para el siglo XV, se hallaban divididas en bandos antagónicos, en medio de luchas sin justificación aparente, para conseguir el monopolio del poder local. La iniciativa de expansión de parte de la corona, más allá de la península, va a ser resultado de esta característica, sumado al poder obtenido en el ámbito religioso. Así, el control sobre Madeira, Azores, la costa occidental de África y luego las Islas Canarias van a ser ensayos de lo que sería la conquista de América, y prueba de la aplicación de estrategias en respuesta a problemas con los que más delante también se encontrarían.

En el momento de la conquista de América, como se señala anteriormente, la península Ibérica se encontraba en un momento decisivo. La reconquista de los antiguos territorios cristianos de manos de los árabes, había dejado establecida la convicción de que la fe podía y debía propagarse con medios militares, como se había hecho en las Cruzadas. Esa conquista, predominantemente espiritual, es uno los mayores logros del catolicismo. “La conversión de los indios caló muy hondo en el trasfondo de la cultura de los pueblos para los cuales los ritos y las ceremonias de su religión eran esenciales. La simbiosis entre lo indígena y lo cristiano se produjo gracias a una labor misional sistemática y bien dirigida por las órdenes mendicantes.”[3]

Según el Sumario de la natural historia de las indias (1526), publicado por Gonzalo Fernández de Oviedo, la idea providencialista se ratifica en el hecho de que los Reyes Católicos “se movieron a mandar estas tierras, o mejor dicho los movió Dios” con el fin de “buscar ánimas que se salvasen” más que la de encontrar tesoros y nuevos estados. El deseo de riqueza y crecimiento imperial era obvio, pero las múltiples instrucciones, cédulas, órdenes y dictámenes de la Corona siempre giraban entorno al papel evangelizador que tenía que realizarse en la empresa americana.

Es por ello que la Iglesia, más que la política europea o sus costumbres, es la que va a forjar a una nueva cultura. Partiendo de la imposición de una nueva creencia y estableciendo una vida rutinaria que girase alrededor de ella. 

LA TRANSFORMACIÓN DE UNA CULTURA

Bajo el dominio de un Imperio, las ideas, la sociedad, los bienes y la tecnología pueden expandirse mucho más fácilmente que cuando deben cruzarse fronteras políticas. Ese paso hacia la unificación de la humanidad, tomado por España con el descubrimiento de América, como continuación de la aspiración romana y cristiana, se va a consolidar con la formación del Imperio, que justifica sus acciones como necesarias para expandir una cultura “superior” en el mundo[4].

Dentro de ese contexto la religión siempre ha tenido un papel central. Los ordenes sociales y las jerarquías (siempre creadas y justificadas por el grupo conquistador y dominante) son usualmente frágiles, sobretodo mientras más numerosos son los integrantes de dicha sociedad. Va a ser la religión, a lo largo de la historia, el elemento legitimador, estabilizador y mantenedor. La mayoría de religiones, desde muy temprano en la historia, argumentan que las leyes que gobiernan la vida en sociedad no son producto de un capricho humano sino que han sido ordenadas por una autoridad absoluta y suprema. Una vez establecido el Sacro Imperio Romano Germánico, con Carlos V (1520), la religión católica será la piedra angular de todo actuar en sus tierras y principalmente en las Indias Occidentales.

Sin embargo, la expansión religiosa no iba a ser, como tampoco lo fue en el occidente medieval, una tarea fácil ni mucho menos pacífica. La convicción era una y había que desarrollarla a como diera lugar. El historiador Pierre Chaunu escribe: “El siglo XVI significó la mayor mutación jamás habida del espacio humano” y en su Historia General de las cosas de la Nueva España, Fray Bernardino de Sahagún[5], se menciona la sorpresa que fue para los españoles encontrarse con una cultura -la Azteca- con un modo de organización que se superponía en muchos aspectos a la española. Las civilizaciones prehispánicas contaban con un orden jerárquico claro, basado en riquezas, oficios o lugar en el sistema de comercio, y una serie de leyes basadas en el mismo. También habían desarrollado religiones complejas y una tradición de ritos arraigados entre todos los pobladores de las principales ciudades, siendo Mesoamérica y la zona de los Andes los puntos de máxima concentración poblacional a la llegada de los españoles. Algunas de estas sociedades contaban además con objetos de culto, calendarios complejos, templos y edificios religiosos, clases sacerdotales, y literatura narrativa y astrológica.

La etapa de dominio español en América puede entenderse en dos partes: el contacto inicial, caracterizado por un enfrentamiento brusco entre “conquistadores” y “conquistados”, aunado a una abrupta mengua de la población nativa; y por otro lado, el período de la colonización o de trasplante cultural definitivo, caracterizado por el establecimiento de poblaciones y una rápida expansión de la población mestiza, alcanzando su pico en el siglo XVIII. En las fases más tempranas, los españoles penetraron profundamente en la sociedad indígena, algunos llegando a ser cabezas de linaje, siendo, en muchos casos, el parentesco el único medio efectivo para ejercer la autoridad. El mestizaje fue inmediato y va a ser característico del orden social establecido, no como en Norteamérica, donde los colonos ingleses llegaron con sus familias y no solos. Y también a diferencia de Norteamérica, entre de las estructuras españolas, los indígenas se van a convertir en siervos dependientes.

“En el año de 1524, que los naturales llaman chicuacen técpatl (pedernal número 6), casi a mitad del año llegaron a esta tierra Fr. Martín de Valencia, vicario del papa, con doce compañeros religiosos del orden de S. Francisco, que fueron los primeros que convirtieron y bautizaron los naturales según la ley evangélica”.[6] La corona española se sentía comprometida con su misión catequizadora, evidenciado en la presencia de un clérigo en toda expedición. Los reyes entendían esta misión como la justificación última del dominio sobre tierras americanas en vista del encargo recibido por el papado. Así mismo, los soldados estaban convencidos de su “superioridad religiosa” y de la idea de que contaban con un apoyo divino. “Amigos, sigamos la cruz, si la fe tuviésemos en esta señal, venceremos” era el estandarte que les acompañaba.

Otro aspecto determinante para el triunfo conquistador va a ser el declive demográfico de la población local. Nunca antes había resultado una conquista por los europeos en una disminución a tal nivel de la población. Esta disminución, empero, no fue resultado del enfrentamiento en sí. La confiscación de reservas alimenticias y la separación de familias, así como la labor minera han sido mencionados como causas también secundarias de ese suceso. Tampoco lo fueron los abusos señalados y supuestamente mitigados por las Leyes Nuevas de 1542. La pauperización y la pérdida de la cultura propia, lo que implicó la estrangulación de la capacidad reproductiva de los naturales[7], tampoco fue un hecho definitivo. La causa central de la enorme disminución poblacional indígena fue la propagación de epidemias. Las enfermedades europeas encontraron en los americanos huéspedes sin inmunidad. Los indígenas, además debilitados por el cambio de dieta y los abusos de la explotación, empezaron a morir por montones. Se habla incluso de un sobreviviente por cada diez. En 1519 los oficiales de la Española manifestaban que la viruela había diezmado a los naturales de la isla. En 1524, Hayna Cápac, rey Inca, murió a causa de la misma enfermedad, incluso antes de la llegada de Pizarro; la enfermedad le había ganado la carrera a los españoles. Las epidemias tuvieron una recurrencia de una década a lo largo de todo el siglo XVI. Las tareas de evangelización, no cabe duda, se habrán facilitado al disminuirse la población a evangelizar.

Las dos décadas posteriores al año 1519 representan la base decisiva de la dominación castellana en Hispanoamérica. Desde su base en Antillas, los españoles conquistaron Mesoamérica para dirigirse después al sur y conquistar al imperio Inca. El papado había, desde hacía más de medio siglo, intervenido en las expediciones de exploración y conquista tanto de Portugal como de Castilla; y las bulas de mediados del siglo XV centran ya su interés en los problemas religiosos de las poblaciones conquistadas, aspecto que le confería legitimidad a las conquistas. Las bulas Inter Caetera (1493) y Eximiae Devotionis (1493 y 1501) de Alejandro VI, Universalis ecclesiae (1508) de Julio II y Exponi novis (1523) de Adriano VI, otorgadas a la corona castellana, determinaron la trabajo de evangelización en América.

Es a partir de éstas que la Iglesia obliga a los Reyes a promover la conversión de los habitantes de las tierras descubiertas y a proteger a la iglesia militante bajo el Patronato Real. La corona de Castilla asume el control de la vida religiosa en un grado nunca antes visto en Europa. La política eclesiástica se convirtió así en un aspecto más de la política colonial, coordinada a partir de 1524 por el Consejo de Indias, siendo una de sus tareas más comunes la de elegir y enviar al personal eclesiástico a las Indias. En 1538 de dio la orden de que todas las comunicaciones entre Roma y las Indias debía pasar por el Consejo para su aprobación.

La iglesia en Hispanoamérica tenía una misión práctica: activar la sumisión y la europeización de los indios y predicar la lealtad a la corona de Castilla. Cualquier resistencia por parte de la Iglesia al cumplimiento de esta función se consideraba y trataba como un problema político.[8] Los españoles estaban dispuestos a hacer uso de la fuerza para derribar templos, suprimir idolatrías, sacrificios humanos y otras prácticas que consideraban ofensivas. Los esfuerzos misioneros fueron, por otro lado, en la mayoría de los casos pacíficos, aunque éstos utilizaran métodos tan ineficientes como el del Requerimiento, redactado en 1513, el cual era leído a los indígenas en castellano, exponiendo la historia del mundo desde Adán y llamándolos a someterse a la autoridad de la iglesia y los reyes de Castilla. Los indígenas, por supuesto, no entendían una palabra de lo que se les estaba transmitiendo.

Los conflictos ligados a la moral de los conquistadores empezó desde la etapa antillana. En 1509 el rey Fernando había legalizado la Encomienda, el sistema por el que los indios se repartían entre los colonos, quienes podían ejercer derechos sobre ellos prácticamente de por vida, aunque no fueran esclavos como tales. Ya en 1511 el fraile dominico Montesinos señalaba a los colonos: “estáis todos en un pecado mortal, y en él vivís y morís por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes victimas”[9]La primera batalla entre el Evangelio y el colonialismo se estaba forjando: una lucha que iba a marcar a la Iglesia en Hispanoamérica durante toda la etapa de conquista. La primera reacción de la corona fue aprobar las leyes de Burgos en 1512, que dieron lugar a una serie de intentos para mediar entre estos dos intereses aparentemente incompatibles. Sólo dos años más tarde, el fraile dominico Fray Bartolomé de las Casas empezó su defensa de los indios, la cual duraría hasta su muerte en 1566. Este primer escenario del colonialismo castellano en América sirvió para poner de relieve una contradicción: las bulas papales hacían de la conversión de los indígenas la justificación de la soberanía española.

En la década de 1520, el esfuerzo de conversión adquirió una mayor escala. La tarea principal de los misioneros era la de eliminar toda evidencia de paganismo y frenar el poder de los sacerdotes nativos. Luego los misioneros pusieron énfasis en los dogmas principales de la religión cristiana. Algunos elementos de la religión local, que se asemejaban a los de la cristiana, eran utilizados como base, siempre con el cuidado de no contradecirse o caer en una posible herejía. Sin embargo muchos de los trabajos de conversión resultaron en el sincretismo, desarrollándose de diferentes formas: fuera adicionando al dios cristiano al panteón prehispánico o identificándose más con los santos o la santísima trinidad, desde una visión politeísta, que con el Dios cristiano.

Las primeras tareas misionales se daban a la tarea de ir de ciudad en ciudad, trasladándose en grandes distancias. Más adelante se desarrolló un sistema episcopal y parroquial disciplinado, con un clero residente en las comunidades indígenas mayores. Los misioneros mostraban un interés especial en los hijos de las clases altas indígenas con la idea de que éstos se convertirían en una influencia sobre los demás. Para garantizar que el cristianismo de incrustara en los nuevos conversos, se implantaron severos castigos a aquéllos que decidiera adoptar alguna práctica relacionada a lo anterior o que volvieran por completo al paganismo.

A finales del siglo XVI, se permitió a otras órdenes religiosas unirse a los franciscanos, dominicos y agustinos, que habían llegado a América en 1524, 1526 y 1533 respectivamente. Pero en 1574 se estableció ciertos límites al trabajo del clero regular, incorporándolo al control episcopal, por medio de la Ordenanza del patronazgo de la Corona. Las misiones adquirieron en algunos casos un papel determinante para las comunidades indígenas, como sucedió, por ejemplo, con la misión jesuita en el Paraguay, donde se llegó a señalar la creación de un “Estado dentro del Estado”, habiendo a cierto punto, más de 96,000 indios guaraníes protegidos por su propia milicia armada. Las órdenes tejían rápidamente una gran cantidad de lazos a todos los niveles en la sociedad local.

Los servicios religiosos eran ofrecidos en edificios temporales o capillas abiertas y más adelante en iglesias de construcciones elaboradas, realizadas por los mismos indígenas. En el siglo XVI el clero funcionaba frecuentemente dentro de la institución de la encomienda. Esta circunstancia determinó la ubicación de las iglesias e influyó en el desarrollo de la cristianización. Los pueblos realengos le daban tributo a los frailes mientras los pueblos de encomienda al encomendero. Antonio del Remesal, sin embargo, señaló que los padres doctrineros se dedicaban más a cobrar tributos que a adoctrinar. Así, la reducción de pueblos había pasado de ser un método de evangelización a uno de control económico.

En el siglo XVII el cristianismo era regente en cualquier comunidad indígena a lo largo de toda la América española. La construcción de las ciudades y pueblos establecía una posición central para la iglesia, catedral o parroquia, así como para los monasterios. Si bien los indios no podían ser nombrados sacerdotes, su presencia era clave para el mantenimiento de una comunidad religiosa. Los ritos como el bautismo, matrimonios o funerales le brindaban un ritual ordenado y previsible a la vida indígena. El día del santo patrón de la localidad se celebraba con gran fiesta entre los indígenas. Algunas localidades, como la Basílica de Guadalupe en México –en honor a la venerada Virgen– y el Santuario de Copacabana en Perú, se convirtieron en centros importantes de peregrinación.

Otra institución cristiana que se volvió de gran importancia para la comunidad indígena fue la de la cofradía. Ésta no fue establecida por los primeros misioneros y durante los primeros 50 años de la colonia no fue considerada apta para los indígenas. No fue sino hasta el último cuarto del siglo XVI y principios del XVII que las cofradías se extendieron en la sociedad indígena, multiplicándose rápidamente. Las cofradías financiaban y controlaban capillas, misas, festividades, beneficencias e incluso propiedades territoriales y otros bienes de la iglesia. Los indígenas pagaban cuotas de admisión o realizaban pagos regulares para apoyar el tesoro de la cofradía. En algunos casos se podía obtener una indulgencia plenaria por ser parte de una cofradía y los fondos eran utilizados para proporcionar mortajas, ataúdes, misas, vigilias y enterramientos cuando algún miembro familiar moría, lo que garantizaba condiciones favorables para el cuerpo y el alma después de morir. Es posible que el indígena se haya sentido más identificado con este orden que con el de las ciudades. Los rasgos comunales de la cofradía reflejan el desarrollo del cristianismo, que alcanza un nivel agudo e institucionalizado para los siglos XVII y XVIII.

Para la primera mitad del siglo XVII los movimientos reformistas protagonizaron la historia de la Península Ibérica. Los Reyes católicos se disponían a reformar el episcopado por medio de un uso más estricto del patronato, así como a restaurar la convocatoria de sínodos diocesanos e inyectar de nueva vida a la práctica cristiana. Juan de Ávila va a ser uno de los principales reformistas, surgido en medio de los primeros signos del cisma luterano. Sin embargo, la reforma llegó a Hispanoamérica de forma sesgada y la provocando solamente que la Iglesia adquiriera un carácter dualista: por un lado, la herencia directa de la Iglesia peninsular, llegada con el descubrimiento y por otro la ratificación de aquéllas normas establecidas en el Concilio de Trento (1545-1563), pues muchas características de ambas corrientes se mantuvieron. La liturgia seguía siendo en latín y la vida religiosa se dejó en manos de los clérigos, “los cuales padecían en América de un complejo de superioridad racial que determinaba la vida de la mayoría de los colonos, laicos y clérigos”[10]. Por muy delicada que esta situación parezca no existe ni ha existido en la historia ninguna sociedad capaz de mantenerse sin ningún tipo de jerarquía o discriminación. Esto cumple una función importante en las sociedades: le permite a grupos con diferentes herencias históricas convivir sin la necesidad de tener que tener un lazo profundo entre sí. Generalmente, las clases dominantes en las sociedades han surgido como resultado de circunstancias accidentales, y éstas se perpetúan por generaciones. La sociedad hispanoamericana, por supuesto, no fue la excepción.

LA INFLUENCIA DE LA IGLESIA SOBRE LA SOCIEDAD COLONIAL

“Interrumpida por la conquista la obra natural y majestuosa de la civilización americana, se creó con el advenimiento de los europeos un pueblo extraño, no español, porque la savia nueva rechaza el cuerpo viejo; no indígena, porque se ha sufrido la injerencia de una civilización devastadora, dos palabras que, siendo un antagonismo, constituyen un proceso; se creó un pueblo mestizo.” (José Martí, Los Códigos Nuevos, 1877).

La vida colonial indígena, mestiza y española estaba regida por la vida religiosa ya para el siglo XVII. La distribución de obligaciones en la sociedad reflejaba las distintas manifestaciones del poder real en las Indias: administrativa, judicial, financiera y religiosa. Durante los primeros años del dominio español, los obispos tuvieron en sus manos un importante instrumento de control sobe colonos e indios por medio de sus poderes inquisidores. Mientras los virreyes, gobernadores y audiencias confirmaban el nivel superior de la administración secular en Las Indias, así como las alcaldías mayores o corregimientos en unidades más pequeñas, los diferentes mundos que convergían en la zona estaban atados principalmente por un orden religioso común. La Iglesia llegó a arraigarse en las colonias americanas en todos sus aspectos: secular y regular, clerical y laico. No se crearon nuevos obispados después de 1620 hasta 1777, respondiendo a la consigna de estabilización y consolidación. Aunado a esto, se adoptó actitudes más rigurosas con respecto a la práctica religiosa indígena, pues inevitablemente habían sobrevivido muchas tradiciones paganas entre éstos. La Inquisición, sin embargo, tan practicada en la península, no se aplicó nunca a los indígenas por ser considerados en proceso de conversión.

Para el siglo XVIII la misa se va a convertir en la actividad social más practicada por la sociedad, convirtiéndose en el lugar de convergencia e intercambio central, pero las diferentes poblaciones, supuestamente unidas por una sola convicción religiosa, se mantuvieron divididas, estableciéndose una marcada jerarquía social definida por la nueva configuración étnica, entre los cuales criollos, mestizos, indios, negros y zambos intentaban compartir una definición nacional, social y religiosa. Y aún así la religión tuvo en varias ocasiones el poder de unir a era compleja población, como sucedió en Santiago de Guatemala, cuando la comunidad lloró en conjunto la partida de la imagen de Jesús de La Merced con traslado de la ciudad tras los terremotos de 1774.

El continente americano, caracterizado por el aislamiento, y que desde la llegada de los españoles se caracterizará por su dependencia, estará inmerso durante toda la colonia en un sistema estricto donde la población, la economía, la sociedad, las instituciones y el comportamiento moral se encuentran en completo control. Esto dará lugar a sociedades en gran parte cerradas, con un sistema educativo basado en la estructura y la moral –entendida sólo desde la concepción cristiana–, donde la exclusión y la jerarquía son centrales.

Jose Antonio Móbil[11] hace referencia al sistema educativo colonial con énfasis en el sistema escolástico, caracterizado por su religiosidad y discusión de proposiciones metafísicas, teológicas y lógicas, basadas en el estudio del silogismo deductivo, guiando siempre a la conclusión de que la fe debía prevalecer sobre la razón, así como la teología sobre la filosofía. Estas mismas ideas fueron las que dieron lugar a la fundación de las universidades. El sistema educativo centroamericano, sobretodo, se mantuvo en una situación de atraso durante los siglos XVI y XVII. Dándole centralidad a la escolástica feudal y clerical, la burguesía naciente se opuso al enciclopedismo. Las influencias del pensamiento cartesiano y de la ilustración llegarán a Hispanoamérica más adelante, pero la enseñanza, manejada por la iglesia no tenderá a desarrollarse durante toda la colonia y tras esta tendrá muchas dificultades aún para hacerlo por la misma influencia.

Las costumbres cotidianas y el comportamiento social estuvieron también moldeadas por un sentimiento de orden y religiosidad. “El dominio de la mente sobre el cuerpo era la capacidad del aristócrata para mantener bajo control su propia corporeidad: no gesticula exageradamente, la pausa, mantiene la calma. En este sentido, la urbanidad o las reglas de buen comportamiento reflejaban las máximas morales que el cuerpo debía hacer concretas: la rectitud moral era también la rectitud del cuerpo en sus posturas”.[12] En numerosos textos se define también la función de la mujer colonial acomodada como ama y señora en el hogar. Siendo sus funciones la de criar a los hijos, manejar los asuntos domésticos y velar por el cumplimiento y enseñanza de los valores culturales y morales. El rol público de la mujer era acompañar al marido, realizar actividades de beneficencia e ir a Misa.

Durante el siglo XVIII, va a tener lugar en América un intenso conflicto ideológico, con profundas repercusiones políticas y eclesiásticas. Con la llegada de los borbones franceses, el regalismo[13], defendido durante el siglo XVII se reforzó considerablemente. Varios teóricos sostenían que el patronato eclesiástico era una prerrogativa inalienable de la soberanía, consecuencia del derecho divino de los reyes. Los regalistas reformadores ilustrados veían a los jesuitas como el principal obstáculo para la confirmación del poder estatal sobre la iglesia y desde mediados del siglo XVIII se va a desarrolla una campaña anti-jesuítica, dirigida por Carlos III. Las consecuencias fueron no sólo la expulsión de todos los jesuitas de territorios americanos sino de la prohibición implícita de la enseñanza y de la defensa pública de la “doctrina jesuita”. Las últimas dos décadas de gobierno colonial español se caracterizaron, así, por una Iglesia dependiente y subordinada respecto al Estado. Algunos sacerdotes apoyaron revueltas rebeldes a lo largo de Hispanoamérica más por necesidad mientras el aparato clerical identificaba su destino intuitivamente con la minoría blanca, dejándose manipular por el poder civil como instrumento de “pacificación” de los no blancos.

Cuando llega el siglo XIX, la religión sigue teniendo un papel central en la vida de todo Hispanoamericano, si bien ha sido instaurado el sistema absolutista borbón. Durante la invasión napoleónica de la Península Ibérica, las Cortes de Cádiz buscan transformar el orden monárquico desarrollando una constitución para Fernando VII. El artículo 25 de dicha constitución hace referencia por primera vez a los “ciudadanos”, estableciendo que “desde el año de 1830 deberán saber leer y escribir los que de nuevo entren en el ejercicio de los derechos de ciudadano”. Se ordena que debe haber educación primaria pero también, aún siendo esta una constitución liberal, que se debe aprender a “cantar el catecismo”. La Iglesia está, inevitablemente al centro del imaginario colectivo y con ello las decisiones que definan el rumbo que Hispanoamérica ha de seguir. Fernando VII restaura el absolutismo, derogando la constitución de Cádiz, pero las independencias están a la vuelta de la esquina. Aún así, al separarse de la corona española, los países hispanoamericanos no conciben una cultura ajena a la de aquélla y dejan la educación enteramente en las manos de la Iglesia. La Iglesia, a su vez, mantiene, hasta finales del siglo XIX en muchos casos, sus funciones, por medio de órdenes religiosas reguladas.

CONCLUSIONES

En su libro “El Espejo Enterrado”, Carlos Fuentes se pregunta: “¿Encontrará Quetzacóatl su verdadera naturaleza, tanto humana como divina, en la casa de los espejos, el templo circular del viento en la pirámide tolteca de Teotihuacan, o en el cruel espejo social de Los caprichosde Goya, donde la vanidad es ridiculizada y la sociedad no puede engañarse a sí misma cuando se mira al espejo de la verdad? Mira, en realidad eres un mico”.[14] Ese espejo en que nos miramos tiene dos caras: la española y la americana. Vivimos en un conflicto de identidad pues no parece habernos quedado claro cuál es nuestra herencia verdadera, o cómo manejar una herencia caracterizada por las diferencias. Pero las diferencias no existen. Desde el punto de vista biológico, no se podría explicar la dinámica de las diferentes sociedades a lo largo de la historia. La única manera de entender estos fenómenos es estudiando los eventos y circunstancias, así como las relaciones de poder que con el tiempo transformaron la imaginación de los protagonistas, dando lugar a estructuras palpables, usualmente siempre crueles. Incluso cuando un grupo comparte la misma realidad objetiva, las sociedades basan su orden en diferentes historias imaginadas y en las jerarquías.

La historia de Latinoamérica es en ese sentido compleja y fácilmente puede caerse en una postura de defensa ideológica, tan simplista como la de las diferencias de clases o la discriminación racial. La formación cultural de la región, es, sin embargo mucho más amplia que eso. Tampoco se pretende aquí hacer alarde de una comprensión profunda del tema pues tenerlo implicaría mucho más esfuerzo. La iglesia moldeó la política y las decisiones de un reino y éstas fueron trasladadas a un grupo de civilizaciones completamente distintas. La Iglesia estableció una serie de normas, costumbres y maraña cultural única al ser aplicada en sociedades con un entendimiento del mundo muy distinto del occidental. De allí surgió un Nuevo Mundo, y el mundo, a su vez, siguió su camino a la unificación. Una realidad imaginada, como la católica, fue una herramienta clave para llevar a cabo tal empresa.

Nuestra estructura social es una herencia clara de la colonia: desde las cofradías y gremiales, las sociedades latinoamericanas han tenido una tendencia a la organización con una mentalidad corporativa y ésta ha constituido, en las palabras de María Alba Pastor[15], “uno de los frenos más importantes al desarrollo económico autónomo (…), al desarrollo de la conciencia individual, la democracia y al uso de la libertad personal” en muchos de los países latinoamericanos. Esto porque el concepto de organización social está definido, principalmente por el sesgo religioso. Hoy es evidente un dejo cultural más bien rico en perspectivas. La historia de la conquista y la colonia pueden ser leídas en cada costumbre, en el lenguaje, en los complejos, en el intercambio, la educación, la política y la amplitud latinoamericana. La marca de la Iglesia, heredera directa del medioevo, es innegable aún en el siglo XXI.


[1] Harari, Yuval. From Animals into Gods: A Brief History of Humankind. Harvill Secker, 2011.

[2] Los herejes de Durango defendían la comunidad de bienes y de mujeres, pedían una nueva interpretación de la Biblia y predicaban contra el matrimonio. Ref.: Los Herejes de Durango: un interrogante historiográfico por responder, Iñaki Bazán, Universidad del País Vasco. Clio y Crimen no. 1 (2004) pp. 261-299

[3] Bonet Correa, Antonio: La Evangelización del Nuevo Mundo, Monasterios Iberoamericanos, Iberdrola, Madrid 2001 pp. 11

[4] Harari, Yuval. From Animals into Gods: A Brief History of Humankind. Harvill Secker, 2011.

[5] Sahagún, Fray Bernardino, Historia General de las Cosas de la Nueva España. Editorial Porrúa, México 2006

[6] de Ixtlilxóchitl, Fernando, Relación de la venida de los españoles y principio de la ley evangélica. Editorial Porrúa, México 2006

[7] El tamaño de la familia indígena comenzó a menguar: “la familia aborigen se redujo adrede”. Pedro de Córdoba escribe desde Santo Domingo: “Las mujeres, fatigadas de los trabajos, han huido de concebir y el parir, porque siendo preñadas o paridas no tuviesen trabajo sobre trabajo; es tanto que muchas, estando preñadas, han tomado cosas para mover y han movido las criaturas, y otras, después de paridas, con sus manos han muerto sus propios hijos”. Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas profesiones españolas, Vol. XI. Madrid 1869, pp. 219

[8] Barnadas, Josep M. La Iglesia Católica en la Hispanoamérica Colonial. Tomo 2, Historia de América Latina. Dirigida por Leslie Bethell. Cambridge University Press. Traducción. España 1998.

[9] P. Las Casas, Historia de la Indias, lib. 3 cap.99

[10] Barnadas, Josep M. La Iglesia Católica en la Hispanoamérica Colonial. Historia de América Latina. Vol. 2. Dirigida por Leslie Bethell, Cambridge University Press. Traducción. Madrid, 1998.

[11] Móbil, José Antonio. Guatemala: El Lado Oscuro de la Historia. Tomo 1. Guatemala, 2012. Pp. 126

[12] Araya y Espinoza, Alejandra, Gestos, actitudes e instrumentos de la dominación. Elites y subordinados. Santiago de Chile 1750 – 1850. Universidad de Chile. Santiago 1999. Pp. 104

[13] Según el Concordato Francés de 1516, rescatado interesadamente por Luis XIV, el rey podía disponer, durante la vacante de una sede episcopal, de los beneficios pertenecientes al obispado, así como de las regalías temporales de éste. http://www.artehistoria.jcyl.es/v2/contextos/1993.htm

[14] Fuentes, Carlos. El espejo enterrado. Reflexiones sobre España y América. Alfaguara, México. 2010

[15] Alba Pastor, María. La organización corporativa de la sociedad novohispanaFormaciones Religiosas en la América Colonial. Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Autónoma de México. México, 2000. Pp.133

Luisa González-Reiche

Luisa González-Reiche (Guatemala, 1982) Estudiante y profesora de historia, arte, semiótica y filosofía. Trabajo con educadores y empresarios en la creación de culturas organizacionales centradas en el pensamiento. Me gusta enseñar a otros a pensar diferente y cuestionar. La escritura es un ejercicio con las mismas intenciones.

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