Nacimientos

Regresar en el tiempo no es fácil. Es un ejercicio doloroso la mayoría de las veces. Otras veces es simplemente inútil. Con el paso del tiempo, como suele suceder, el pasado se fue haciendo más y más difuso, llegando a caber en la categoría del olvido. Aún así siempre quedan pistas –evidencia–, que tras un riguroso estudio, dan la posibilidad de reconstruir una historia. Las huellas de tu historia se encuentran principalmente en tu piel. Mapas trazados en las muñecas y los antebrazos, en los muslos, el abdomen y los pechos que, como sucederá con los tatuajes, se volvieron parte de ti –en algún punto olvidaste que no venían contigo: que no habían sido parte de tu primer nacimiento–. Aún así, si te detienes a contemplar esos mapas puedes leer en ellos, en forma de narrativa y también en forma de imágenes –más bien flashazos–, e incluso con soundtrack, una colección de momentos que determinaron lo que sos hoy, por dentro. ¿Pero, qué sos?

Tu primer nacimiento no habrá sido –como ninguno– nada fácil. El ambiente era de ansiedad y de nervios, y no era el mejor momento para tu aparición. Aún así llegaste y se agradecía tu presencia… “Tu belleza, tu ternura, tu delicadeza”. Creciste como si nada, jugando con tierra, coleccionando lombrices, robándote la comida de los canarios… Solitaria y retraída –aspectos de tu inteligencia, decían–, fuiste buscando y encontrando maneras para esconderte, para lidiar con las llamadas de atención, para escapar de las niñas, que siempre te hastiaron. Preferías jugar a la guerra y armar castillos con lodo. Aún eras pequeña cuando tu cuerpo empezó a traicionarte. En forma de flash cards vienen a tu imagen las escenas del bus escolar en el que intentabas distraerte contando en otro idioma hasta donde pudieras para ignorar el miedo y las hemorragias de nariz que cada mañana teñían de rojo las mangas de tu suéter. Querías hacer tanto y sentías que podías hacer tan poco. Se sumaron otros síntomas… Tus muñecas se mantenían vendadas por las fáciles torceduras que hacer cualquier cosa te provocaban, tu pies también se mantenían vendados: tenías la piel desgastada y tus huellas eran sangre. No es fácil recordarlo. Hay que hacer un esfuerzo –no es un ejercicio sencillo–. Es curioso, lo habías olvidado todo. Hace apenas un tiempo que empezaste a encontrar en tus mapas el camino hasta esos patrones profundos, resguardados en tu mente nebulosa.

Tu segundo nacimiento fue a los 20 años. Llevabas poco tiempo y parecía que habías vivido tanto. El dolor era incalculable –así lo parecía–. Desde que entraste a la adolescencia tu cuerpo se había vuelto un cubo: así se sentía pues tu interior no casaba en él y se lastimaba con sus esquinas, luchaba por salir de allí inútilmente asumiendo  que el mito de la mente y el cuerpo como entes separados de pronto y podía ser cierto… Eras aún muy pequeña cuando se te ocurrió empezar a trazar tus mapas y descubriste con ello que el acto de ir delineándolo traía consigo también una sensación inigualable de alivio. Cada corte era un respiro profundo. Era como liberar un poco el adentro de los ángulos aprisionantes del cuerpo. No parecía haber explicación para la tristeza profunda que te invadía cada mañana al abrir los ojos ni para el pánico que te atacaba al salir de casa. Sudabas frío, tu estómago se retorcía, una miríada de luces blancas cegaba tu vista. Querías hacer tanto, y sentías que no podías hacer nada. Aún así lo intentabas. Intentabas acoplarte a la normalidad aparente con que todo a tu alrededor se movía. Intentabas ignorar las voces que adentro de ti gritaban desesperadas y el ahogo que cada noche te abrazaba… Hasta el trazo siguiente del mapa.

Para cuando tenías 20 tu afuera y tu adentro se conectaban por medio de múltiples heridas y errores por defecto. Habías llegado a otro país a los 18 para estudiar, para encontrarte, para esconderte… No lo tenías claro. Los días se pasaban entre trenes y salones de clase. Las calles sólo existían con música de fondo –sonando en el viejo discman– y la sensación predominante era el hambre, que ayudaba a reducir la ansiedad de alguna manera. Los meses lejos de casa se habían ido haciendo pesados y el miedo se había profundizado. Las voces gritaban cada vez más fuerte. No te iba mal en los estudios pero por ratos no recordabas siquiera qué estabas haciendo allí. Entonces llegó él. Había llegado hacía unos meses con la intención de… No sabes de qué. Llegó y se instaló en tu interior como una gran piedra, aplastante y pesada, de la que no podías librarte. Decidiste llamarle amor a esa sensación y bautizar como felicidad a la desesperación que su ausencia te provocaba. Casi tan joven como vos, él tampoco sabía nada: pensaba que quería hacer cosas, pero no podía hacerlas. Te recordaba las novelas que habías leído, las canciones que te gustaban, la imagen “romántica” de la pareja que buscaba salir adelante manteniendo unos estudios pagados por una familia engañada, por medio de trabajos de medio tiempo y jugando a tener un hogar juntos… Un hogar que no tenía ni paredes, que no tenía por dónde sostenerse, y que con cada golpe se le caían más pedazos. Te robaba dinero, te gritaba e insultaba, te apretaba el cuello, te lanzaba cosas o te lanzaba a vos contra el suelo. Para vos, que vivías en una especie de hipnotismo, todo era sólo un mal sueño. Seguías trazando tus mapas para agarrar un poco de aire. No era el mejor momento para un hijo. Vos lo sabías y pronto lo supo él, que intentó sacártelo a golpes. Lo último que harías sería llamar a casa. La vergüenza era casi tan pesada como la idea del reproche. Habías perdido tu trabajo unos días antes y tu familia, enterada de la vida que “estabas llevando” había decidido dejar de pagar tus estudios y había anunciado: “no queremos volver a saber de vos”.

Ese día te levantaste temprano. Aún había nieve en las calles –los mapas de alguna manera tienen pistas sobre eso– y caminaste casi maquinalmente, con una tarjeta en la mano, buscando la dirección. La clínica se encontraba en los últimos pisos de un viejo edificio. En la sala de espera había otras dos mujeres, mayores que tú, con cara de miedo y muertas de nervios –o de culpa–. La anestesia fue local (y leve) y el procedimiento duró sólo unos minutos. Sentiste un jalón adentro: como si te hubiesen arrancado un pedazo. Lo habían hecho. Te hicieron salir caminando inmediatamente. Te dieron una toalla para no manchar el suelo de sangre, mientras caminabas semi-desnuda a la sala de al lado. Te vestiste. Te fuiste. Tomaste un avión a los pocos días. Aún recuerdas con claridad el atardecer que, a través de la ventana, parecía anunciar un nuevo nacimiento: el tuyo.

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