El odio y el orgullo: El porqué del arcoíris (I)

A lo largo de mis antecedentes textuales, que en realidad son asistemáticos y pocos, me he opuesto a cualquier forma de discriminación e injusticia (salvedad hecha, escasas dudas habrá, de cuando fui reseñador transitorio para un rotativo nacional en una encarnación más vesicante, más ingenua, más alergénica de mis teclas, hace casi década y media).

He dado voces sinceras, aunque dispersas, contra la misoginia, contra el racismo, contra el genocidio, contra la sobreexplotación ambiental, contra la pobreza… —y todo a pesar de mi categórica incongruencia: escribo desde una computadora portátil tal vez producida por manos o manitas empleadas a cambio de penuria salarial, qué quieren que les diga—.

Del mismo modo, he deplorado genuinamente la persecución de los cristianos en el Oriente Medio como la hostilidad contra los musulmanes en el mundo occidental.

Soy el primero en admitir que he hecho esto y aquello desde el prisma autoindulgente de un observador externo y en tercera persona, muy à la gauche divine, muy bourgeois-bohème.

En esta ocasión, sin embargo, ruego a ustedes excusar que las líneas siguientes las dedique yo a mí. Se trata de un asunto personal que, sin llegar a englobarme por completo, ocupa una parcela significativa de mi esencia y de mi estancia en este cosmos.

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Me sitúo: soy un hombre.

Soy un hombre cisgénero.

Soy un hombre cisgénero que, en los adentros y en las afueras de la cosa nacional, ha entregado al estudio de varios epistemes el equivalente a la infancia y la adolescencia combinadas de un/a compatriota promedio. Eso sí, sin indicio de qué maravillas hacer con el cultivo.

Soy, además, «ladino». Y esta identidad se trueca en «latino» por acción de una consonante que le cambia a usted todo el ensayo de vida en un país donde un animal seminazi pretende adquirir la presidencia, aupado por banderas confederadas, metralletas libertinas, xenofobia reverdecida y capuchas de cierto clan inicuo. Basta con que de la guitarra laríngea se le fugue a usted una nota hispanoide para que le adosen una idiosincrasia sinónima de «ilegal», con todo cuanto implica. Lo lleva clarísimo quien desee perpetuar su sistema autóctono de castas más allá del río Grande y el desierto de Sonora.

Soy asimismo capitalino y de clase media, de ese estamento poseedor de algunos acomodos, no obstante que yo ahora me coloque en la línea oficial de la pobreza sucesora de una beca en el imperio donde poso (amén de estar endeudado mil quinientos metros sobre el nivel del mar y con unos intereses deseosos de seguir los pasos de la sonda espacial Juno).

Soy también operante en todas mis posibilidades anatómicas, fuera de un trasplante de córnea —que, con lujo de ironía, ha intensificado mi astigmatismo— y fuera, igualmente, de un brazo cuya movilidad es un tanto limitada, a consecuencia de una caída sobre hielo en un invierno más bien despótico.

Soy, por último, joven. Para nada desconozco que la juventud no es un concepto absoluto, pero seamos francos: ser treintañero en un mundo donde pasar de los cuarenta reduce muchos horizontes —entre ellos, los laborales y los amatorios— es antes favorable que desventajoso. Y estoy en mi treintena.

Hombre, cisgénero, ladino, urbanita, clasemediero, letrado (o así), corporalmente capacitado y aproximadamente joven: he aquí mi privilegio, entendido este a la manera de Peggy McIntosh. Y hasta aquí mi privilegio.

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Como saben quienes han tenido la longanimidad de leerme, formo parte de un grupo de seres abominados y hechos parias desde hace unos dieciséis siglos, por no otra razón que su régimen erótico-afectivo. Me defino como gay. Podría lo mismo designarme ‘homosexual’, mas no: para mí, este vocablo es connotativamente clínico (y, por ende, medicable).

Que reserve esta columna ahora a mi entidad es, sobre todo, improcedente. Tengo demasiado claro que la Magdalena vernácula no está para terciopelos, con sangres en Pavón, con tantísimos millones monetarios en estado fantasmal y con tanta villanía destapada en tribunales.

Pero no puedo —no debo— ser indiferente ante una atrocidad que me ha herido y sigue hiriendo en lo más obnoxio de mis fibras. Sobre todo, en vista de la insolidaria o apática opinio(¿ó?)sfera coterránea. Al menos la mainstream. Al menos la impresa.

Muy por supuesto: Estambul, Daca, Bagdad y Niza acaban de colocar en nuestros ojos una reimpresión pomposa y tremendista del tomo del terrorismo. Y quiero hacer en ella aguas menores. Y la quiero embarrar con excrementos. Y la quiero calcinar hasta que de ella no quede ni tizne.

(Confesión: cada vez que ocurren bestialidades semejantes, me pongo en posición fetal y vuelvo a la literatura).

Sin menoscabo de lo anterior, el acto de violencia barbárica cometido hace poco más de un mes directamente en contra de la comunidad LGBT, esta vez en Orlando —y que además ha sido la peor matanza en suelo estadounidense desde el 11-S—, vuelve a desnudar el aborrecimiento atávico y rabioso que aún, ¡aún!, se profesa contra lo diferente. Contra lo incomprendido. Contra lo otro. Contra el Otro que, en este caso, tiene carne de sodomita. Incluso en el llamado «primer mundo».

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Han convergido, cómo no, varios factores en la perpetración de esa masacre. Uno: que adquirir armas de guerra (pienso en rifles AR-15) por parte de civiles sea más fácil que la tabla del cero en un país donde los fusiles se ayuntan con la Biblia. Dos: una yihad llevada a cabo por un «lobo solitario», que es la moda alternativa de aterrar. Tres: un sentimiento antigay elevado al paroxismo.

Se llegó a manejar la hipótesis de que el infame ejecutor, Omar Mateen, ciudadano estadounidense nacido y criado en esta Norteamérica, fuese homosexual él mismo, solo que reprimido por una homofobia internalizada y sorbida en el seno doméstico, con un padre afgano y musulmán que confesó sin ambages el único error de su hijo: haber tomado la justicia por mano propia, pues a los aberrados los mata el mismísimo Dios/Alá.

Casado dos veces, acusado de violencia machista por su primera esposa, padre de un hijo, vigilado anteriormente por el FBI… Es el FBI el que anuncia la inexistencia de pruebas que sustenten la conjetural homosexualidad de Mateen.

Lo cierto: el nefario criminal masacró a 49 personas e hirió a otras 53 en una discoteca de clientela queer, el 12 de junio último. Había jurado lealtad a Abú Bakr al Bagdadí, cabecilla del Dáesh (Estado Islámico), grupo terrorista que reclamó para sí el «mérito» de haberse deshecho de medio centenar de repugnantes pervertidos.

Terrorismo, a no dudar. Pero también un crimen de odio. De todos los lugares posibles para cometer su matanza en Orlando, la capital mundial de los parques temáticos, Mateen eligió con precisión un club nocturno para «locas» en una noche latina.

La derecha tiende a omitir de la ecuación la parte gay como blanco concreto del ataque, mientras la izquierda le resta importancia a la parte musulmana del verdugo. Me apena incordiar, pero ¿de qué es esto indicador?

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Si esta masacre es responsabilidad directa del Dáesh, o bien, solamente de inspiración islamista, en nada cambia las cosas. El alevoso asesino actuó sobre la base de un vicioso discurso de inquina vomitado por la facción más cavernaria de su fe, la cual bebe de la venerable tinta de sus aleyas.

Cerca de 80 países penalizan hoy por hoy la homosexualidad, muchos de ellos con cárcel. En 10 de ellos me aplicarían por ejemplo a mí la pena de muerte. Nueve de ellos son de mayoría mahometana. En todos florece la retórica de un odio como el que recorrió cual pólvora la mente de Mateen al ver a dos hombres besarse, meses antes de su «proeza».

Una retórica de odio que manda matar a los infieles y aniquilar a los hijos del «pueblo de Lot», léase Sodoma. En lugares de Irak y Siria, esto se consigue cuando nos empujan al aire desde los edificios más altos, con los ojos vendados y las manos atadas, para que la turba se arranque flemas y nos las arroje por la boca y nos remate a ladrillazos después de la caída. Y todo en nombre de Alá, «el Clemente, el Misericordioso».

Una retórica de odio no distinta de la cristiana de otros siglos, cuando los hallados culpables de cometer el «pecado nefando» eran quemados vivos en la hoguera; o bien, eran colgados de los pies y enseguida emasculados para luego amarrarles los testículos al cuello, como en los gloriosos tiempos de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, católicos por excelencia. (Pérez, Joseph. Breve historia de la Inquisición española. Barcelona: Crítica, 2012, pp. 87-88).

Una retórica de odio que juzgó y envió a degradante encerramiento con trabajos forzados en la rueda de molino del sistema penal inglés al grandísimo Oscar Wilde, por haberse atrevido él a amar con el amor que no osa decir su nombre bajo el imperial y puritano cetro de Victoria, «defensora de la fe».

Una retórica de odio como la que hizo al cristiano Hitler arrear a judíos y otras minorías, homosexuales incluidos, a los campos de concentración, que en realidad lo eran de muerte. Es solo que a los judíos se les dio ulteriormente un Estado, mientras a los homosexuales de aquel tiempo se les dio el premio de la cárcel. Cárcel después de la liberación, dado que la homosexualidad siguió siendo ilegal en Alemania tras haberse concluido la guerra.

Una retórica de odio como la que, con rotundo desagradecimiento, castró químicamente a Alan Turing, genio matemático británico sin cuyo desciframiento de las claves nazis no se habría derrotado a las esvásticas. Ser homosexual lo convertía en enfermo en la Inglaterra de Churchill, así que Turing se quitó la vida después de habérsele administrado fármacos que pretendían negarle una parte constitutiva de sí.

Una retórica de odio como la que llevó a un esbirro falangista a asestarle un tiro de gracia en el recto al inmenso Federico García Lorca, «por republicano y maricón», luego de haberlo asesinado, como relata Ian Gibson (el biógrafo más reconocido del poeta granadino).

Una retórica de odio en cuyo seno, bajo el nacionalcatolicismo del dictador español Francisco Franco, se criminalizaba a los homosexuales bajo la «Ley de vagos y maleantes», no derogada sino hasta 1979.

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Una retórica de odio como la que provocó, en marzo de 2012, el feroz ataque y la posterior muerte de Daniel Zamudio, aquel adolescente chileno a quien embistió un grupo de neonazis que le arrancaron un trozo de oreja; le rompieron una pierna; le marcaron el cuerpo con quemaduras de cigarrillo; le grabaron en el pecho y la espalda, con el cuello de una botella quebrada, sendas cruces gamadas; además de herirlo en la cabeza con un golpe de una piedra bastante voluminosa. Todo, después de molerlo a puños y puntapiés por el simple hecho de ser gay.

Una retórica de odio como la que hizo a los evangélicos padres de Leelah Alcorn —una joven trans de 17 años y cuyo nombre de pila era Joshua— rechazar su identidad de género y hacer de su vida un martirio, a tal punto que ella, a fines de diciembre de 2014 y en Ohio, decidió suicidarse poniéndose enfrente de un camión en marcha en plena carretera. Vejamen posterior: la noticia de su fallecimiento fue difundida con el uso de pronombres masculinos para referirse a ella, en entero ninguneo de lo más íntimo de su propia persona.

Una retórica de odio originada en el horrendo libro bíblico de Levítico, cuyas reverberaciones se patentan incluso en nuestros días. Es el caso del energúmeno Yishai Schlissel, un judío ultraortodoxo que se dio a la tarea de perseguir a los asistentes a la Marcha del Orgullo Gay de Jerusalén, el año recién pasado, a fin de apuñalarlos. El cuchillo de aquel malnacido cobró la vida de Shira Banki, una inocente chica de 16 años que tuvo la mala fortuna de encontrarse allí, en ese momento, como gesto de apoyo a sus amigos LGBT. Su simple amistad la puso tres metros bajo tierra por acto de un psicópata fanatizado en su religión.

Una retórica de odio como la que infligió quemaduras de segundo y tercer grados en las pieles de Marquez Tolbert (sic) y su pareja, Anthony Gooden Jr., después de que el novio de la madre del primero tuviera a bien verterles agua hirviente en el cuerpo mientras dormían, sencillamente porque le pareció buena idea separarlos como a dos bestias en celo. No estoy hablando de antiguallas: hablo de mediados de marzo del año en curso. Y no estoy hablando de ruralidades: hablo de Atlanta, centro neurálgico del Estado norteamericano de Georgia.

Una retórica de odio como la que inspiró el asesinato de René Martínez, dirigente de la comunidad LGBT de San Pedro Sula, Honduras, a quien el 3 de junio último se encontró con el rostro desfigurado y con señales de estrangulamiento.

Una retórica de odio como la que impelió a la Policía turca, el 18 de junio recién pasado, a golpear y disparar gases contra los participantes del desfile del orgullo trans en la antigua Bizancio; o sea, ciudadanas y ciudadanos inermes fueron víctimas de brutalidad por parte de la institución de orden público que está para proteger de esa misma brutalidad a la ciudadanía.

Una retórica de odio como la que en Rusia, con el teórico pretexto de proteger a la niñez, prohíbe cualquier mensaje de aceptación y respeto a la comunidad LGBT bajo una insensata y draconiana norma contra la «propaganda gay», ley responsable de un aumento indiscutible en los niveles de violencia homofóbica —hecho corroborado por Human Rights Watch—, mientras Vladímir Putin le lame la raja del culo al patriarca ortodoxo de Moscú.

Y me quedo muy corto. Esto es diáfano odio. Es odio en peso de oro.

(Continuará)

Ramón Urzúa-Navas

Soberanía orgánica con alguna conciencia de sí misma. Habita Sobrevive de momento en Nueva York Chicago, Subsiste indefinidamente en Guatemala (y desempleado). en una de cuyas universidades persigue la obtención de un doctorado donde se plantea seriamente el abandono de la academia. Tiene claro que lo emborrachan la poética, la retórica, la gramática, la filología, la estética, la metafísica, la historiografía, las ciencias, las culturas, los vinos, usted y otros asuntos misteriosos. Ha sido corrector intransigente, catedrático inexperto, traductor plurilingüe, barman ocasional y a veces bohemio, para menor gloria de dios. Aspira a articular alguna coherencia posmoderna mientras cree en un planeta menos bestial. Todo lo demás carece de importancia.

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