La privatización de la salud (una pequeña reflexión sobre el IGSS, la milicia y el poder)

Cuando se habla de privatización, creo yo, hay que usar el lenguaje apropiadamente. Cuando a mí me hablan de privatizar lo que mis oídos escuchan es exactamente eso: privar, despojar. Se encienden las alarmas de un desgaste institucional perverso que quiere echar mano de una tajada presupuestal que, en el caso del IGSS, funciona con penurias. Se alude al sentimiento que despierta en la gente el ser tratado por las manos burocráticas de la seguridad social. ¿Pero será ese el problema de fondo? ¿Una cuestión meramente de funcionarios irritados y procesos dantescos para ser atendido?

Ésta gente, la del poder, pretende que yo me crea su fantasía que ponerle un alto costo a la salud es una solución para la crisis hospitalaria. Como si la crisis fuera de salud y no una crisis ética, de modelo económico errado y estructural, producto de procesos de corrupción del Estado por manos ávidas de poder y dinero sino además ávidas de exterminio y control por medio de prácticas excluyentes y nocivas en conjunto para toda la sociedad.

Esa gente dónde ve que hay necesidad de buenos y mejores servicios lo que observa realmente es una mina que se puede explotar a cielo abierto, limpiándose así la dignidad humana como si se tratara porquería, una especie de lodo envenenado. Algo que nadie quiere. Ellos no usan arsénico para separar el oro de la tierra sino que usan la ley, articulada por supuesto desde el poder y no desde la justicia, y ejecutan las decisiones perversas de exterminio. ¿Parece que exagero?

Pienso que negar el acceso a la salud de parte del Estado, no puede ser otra cosa que genocidio estructural. Los que quedan fuera son una especie de aliens, cada vez se figuran menos humanos. Si el Otro deja de ser percibido, si el Otro no se ve o se esconde su sufrimiento de los medios, comienza a ser un paria, un indeseable, hasta tal punto que no lo reconocemos como un semejante.

Al ser despojados de la dignidad y humanidad es mucho más fácil ser tratados como insectos, como una plaga que escala los barrancos en busca de supervivencia. Esos productores de veneno criollista pretenden usar en spray sus ideales rancios de codicia para quitarnos el derecho constitucional y humano a la salud y algo quizá peor, ya nos han convencido de que eso es lo que nos conviene. Si tenemos las dignidades recortadas, el espacio en los medios emponzoñando la ya desgastada imagen del IGSS, se prepara el camino para que se borre de un plumazo lo conseguido por el primer gobierno de la revolución.

Esa gente quiere perpetuar su modelo criollista modernizando los métodos de esclavismo, y una de las formas de conseguirlo es controlar la salud en manos de quien lo que quiere es efectivo en toneladas métricas. El monstruo del poder come carne humana molida. La privatización de la salud es en realidad la privación de la vida.

Por otro lado, sigue latente en mi cabeza ese enorme desperdicio de recursos en la milicia. En el más ingenuo panorama, cualquiera reconoce que un médico es socialmente valioso, sin embargo, en este país a los militares no se les toca, al glorioso nadie objeta, porque con seguridad son el mal necesario de sus patrones, que ejecutan las acciones para postergar el poder. Decir que no hay presupuesto para salud cuando se compran balas es un insulto perverso a la dignidad humana y una prueba más de que los que mueven los hilos fueron humanos pero son ahora monstruos.

Los guatemaltecos debemos preferir la vida y no la muerte. Poner en la pira al IGSS no es más que la confirmación de que ya somos aliens que debemos ser exterminados.
Comparando la delincuencia rampante en las calles, y la falta de acceso a la salud, intuyo que los que mueren por la segunda razón son muchísimos más que los de la primera. El genocidio estructural, creo, mata más personas de manera silenciada, sobre todo ante los medios, que cualquier pistola cargada de balas y es mucho peor, porque la carnicería no reconoce como suyos a los que debió salvar como parte de la comunidad humana a la que pertenecen.

Aquello que está detrás de estos modelos sigue siendo el mal llamado libre mercado (fundamentalismo de mercado) que convierte en mercancía a todo. Es imprescindible entender la mecánica del modelo de la economía neoclásica para develar sus falacias, entender cómo se pervierte la ética que permite quitarle el rostro y la dignidad a las personas, entender como se usa la ley en función del poder, para que luego se pueda construir, una comunidad en dónde las personas sean una categoría distinta que la de un recurso humano.

Jaime R. C. Letona

Hormiga curiosa que estudió Ingeniería Electrónica, pero al no hacerlo feliz se decidió por la Filosofía. Actualmente se desempeña como informático de Redes y Comunicaciones y eventualmente publica en Revista Universidad de San Carlos. Interesado en divulgación científica, filosófica e histórica como una manera de destruir ídolos y contruir ideales, basados en—qué mejor que—en la realidad concreta.

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