Días negros

Mi situación es un poco extraña. Nací en 1983 y eso significa que estoy justo en el medio de la generación X (los chavorrucos) y la Y (los “millennials”). Lo suficientemente joven para estar familiarizado con la cultura del internet, pero lo suficientemente viejo como para recordar cuando era cool vestirse como leñador sin un ápice de ironía. Y que me pegue duro la muerte de alguien como Chris Cornell. Tengo un pie en cada lado; mi modo de vida es millennial pero mi corazón es Gen-Xer.

Todavía recuerdo el 8 de abril de 1994 como si hubiera sido ayer. Tenía casi 11 años y estaba jugando Super Nintendo en la casa de quien en ese entonces era mi mejor amigo del colegio. Entre juego y juego, llegó el hermano gemelo de David (Pronunciado deivid, nació en USA de un padre gringo y una madre guatemalteca) y agitadamente nos contó que en MTV acababan de anunciar que Kurt Cobain se había disparado en la boca con una escopeta 3 días antes. Dejamos lo que estábamos haciendo y corrimos a ver la noticia a la “tele grande.” Fue mi primera experiencia con la muerte. Ya sabía que todos nos morimos, pero nunca se había muerto alguien “cercano” a mí. Ahí estaba un ídolo mundial, un dios del rock and roll, un héroe personal, decidiendo terminar con su vida.

En ese momento no estaba en edad de comprender cosas como la depresión y la ansiedad. Para poder siquiera comenzar a tener alguna noción de eso estarían la adolescencia y la adultez. Aunque pienso que sigo sin entender casi nada, a pesar de vivirlo por momentos. A mis escasos 11 años, mi relación con el grunge era justo la que irónicamente describía Cobain en In Bloom: “He’s the one who likes all our pretty songs, and he likes to sing along, and he likes to shoot his gun, but he knows not what it means…” Cantaba y rockeaba con las canciones, sin tener una maldita idea de qué era lo que trataban de decir. Cuántas veces no habré gritado esas líneas, incluso. Mi papá me ponía a oir a Deep Purple, a Boston, a Led Zeppelin; y a esa edad Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden, Alice in Chains y Stone Temple Pilots me sonaban como el equivalente contemporáneo de aquellas legendarias bandas. Me gustaba cómo sonaban y me gustaba que no le gustaban a mi papá (cuando le puse Smells Like Teen Spirit me dijo que era un hueveo de More Than a Feeling). Bien rebelde el pisado.

Durante los próximos meses después de la muerte de Cobain, la cosa se iba a poner muy fea. Mi personalidad introvertida, mi gusto por los libros, y compartir aulas con niños y niñas de una élite a la que no pertenecía, iban a hacer que poco a poco mi vida en el colegio se convirtiera en un infierno. O lo que uno a esa edad considera que es un infierno. Le pedí a mis papás que me cambiaran y lo hicieron, sólo para caer en más de lo mismo. Ahí conocí a algunas personas a las que aún aprecio, pero no puedo decir que fue una experiencia agradable pasar por ahí. Quienes me conocen más de cerca, saben exactamente de qué estoy hablando.

Fue en esos días cuando poco a poco redescubrí el grunge; cuando lo absorbí, lo entendí y hasta cierto punto lo viví. La presión por encajar es grande, te hace odiarte a ti mismo, reclamarle al Universo por qué no naciste en una realidad similar a la de tus compañeros y a querer encerrarte en tu propio mundo —un mundo en donde nadie te pueda lastimar. En el proceso, yo también lastimé mucho a algunas de las personas que más quiero en mi vida y a otras que posiblemente estaban pasando por una situación muy similar a la mía, o incluso peor. Eso contribuye a que uno se siga odiando y a mantener abierta la espiral del daño (1). Porque como escribió Nietzsche, así es la mierda. Cuando uno mira al abismo, el abismo mira adentro de uno, y cuando uno lucha con monstruos, uno puede terminar convertido en uno también.

Sé que voy a sonar a #FirstWorldProblems, pero oír a Nirvana, a Pearl Jam, a Alice in Chains, y a Soundgarden —y luego a nine inch nails, a Stone Temple Pilots, a Smashing Pumpkins, a Tool y otros— en esos días era como refugiarme en el mundo en el que me había querido esconder todo ese tiempo. Eran personas de carne y hueso, rechazados por la sociedad como yo, y sacándole el dedo al sistema creando toda una nueva era en el proceso. No lo entendía en esos términos de “sistema” en ese tiempo, pero el mensaje fue absorbido. Me daban esperanza, me hacían creer en que no todo tenía que ser tan malo. Me estaban hablando de cosas con las que podía identificarme, que me estaban pasando, que había llorado y que venían dentro de la música más increíble que había escuchado hasta entonces. Ellos entendían el disgusto, el emputamiento con la sociedad, por lo jodida que puede llegar a sentirse la vida, por la manera injusta en la que funciona toda esta mierda. No sólo era música, era mi puta música. Cobain, Vedder, Cornell, Staley, Weiland, Corgan y Keenan eran los brothers que nunca tuve en persona. Lo que ahora la generación de nuestros papás nos cuenta sobre los 60s, pero ahora estaba pasando para mi generación (según yo).

Mis bandas favoritas variaron con el tiempo. Primero escuché a Nirvana en la época entre Nevermind e In Utero, pero mi primera obsesión fue Smashing Pumpkins. En otro lado conté la historia de cómo llegué a su música (2). Poco a poco iba a ir descubriendo más bandas y más música, y una de las que más cerca me tocó fue Soundgarden, la mejor de las 4 de Seattle. Cuando uno habla de Chris Cornell eso de larger than life no es una exageración. Lo que hacía con sus cuerdas vocales, aún a sus 52 años, era inexplicable (3) (4). Y la música que escribía, sobre la ansiedad, la angustia, las ganas de suicidarse y sentirse como mierda, la sociedad y el dogma (5) fueron el soundtrack de una buena parte de mi adolescencia (6). Especialmente Fell On Black DaysEsta canción describe bastante bien lo que a veces he sentido, que todo lo malo que me puede pasar, el peor escenario posible, me va a pasar justo en ese momento. Y que es mi culpa por ser tan mierda.

Whatsoever I’ve feared has come to life
Whatsoever I’ve fought off became my life
Just when everyday seemed to greet me with a smile
Sunspots have faded and now I’m doing time
Cause I fell on black days

Whomsoever I’ve cured I’ve sickened now
Whomsoever I’ve cradled I’ve put you down
I’m a search light soul they say
But I can’t see it in the night
I’m only faking when I get it right
Cause I fell on black days
How would I know that this could be my fate?

Dos personas me han ayudado a superar eso. Una fue mi esposa. Sé que eso no tiene sentido y que al Universo no le importan estas cosas, pero le agradezco por haber cruzado nuestros caminos. Puedo decir que nuestra relación fue la única cosa buena que me pasó en el colegio. La otra persona fue Chris Cornell. Ambos han sido mi compañía en mis días negros. Enterarse de la muerte de Cornell, sobre todo en las circunstancias tan absurdas en las que aparentemente sucedió, duele. Lo mismo con Scott Weiland y Layne Staley y con toda la mara de esa escena. Por estúpido que parezca, uno quisiera haber podido regresar el favor de alguna manera, aunque bien sabe que jamás pudo haber sucedido. Es imposible no crear esa conexión humana y que no se quede contigo el resto de tu vida. O eso quisiera creer. Significaría que hay esperanza en la humanidad y que esta ficción distópica en la que aparentemente estamos viviendo no va a ser el final de todo. Una ficción distópica que Cornell articuló de una manera tan bella como aterradora:

Alive in the superunknown
First it steals your mind
And then it steals your soul.


  1. Pocos han podido articularlo de una forma tan visceral y sónicamente genial como la de Trent Reznor en el 94. Una de las ironías más crueles de los últimos años es que a un artista tan personal lo hayan encasillado en un género llamado industrial.
  2. Y si así fue Siamese DreamMellon Collie and the Infinite Sadness iba a ser una experiencia aún más intensa. Más el disco rosado por tener casi todas las canciones que sonaron en la radio y MTV, pero también el azul.
  3. A mi gusto, mejor incluso que Mike Patton. No me malentiendan, lo que hace con su voz es endemoniado, pero no tiene el feeling que tenía Cornell. Escuchen Loud Love, por el amor de Cthulhu.
  4. Por ahí a finales de los 90 tuve un mi desliz con Orgy, pero esa es otra historia. Aunque sigo manteniendo que su cover de Blue Monday es magnífico y que Fiction (Dreams in Digital) es una excelente rola. ¡El solo de guitarra! OK, mejor me callo ya.
  5. Jesus Christ Pose es una de las canciones más brutalmente geniales sobre cómo las religiones organizadas multiplican la miseria de la humanidad: Video. Letra.
  6. Años más adelante, en mejores tiempos, solía viajar seguido a Puerto Barrios con un muy buen amigo que conocí en mi primer trabajo “formal.” A ambos nos gustaba la misma música y solíamos ir por la carretera escuchando a todas las bandas que he mencionado. Pero en especial, Superunknown Down on the Upside de Soundgarden, y Purple de Stone Temple Pilots. Él me presentó a Stabbing Westward. Yo le presenté a 30 Seconds To Mars. Al genial, al del primer disco. Ya entrando a los veintipico, los escuchaba con nuevos oídos y los disfrutaba de una manera diferente. La amistad, que fue una de las mejores que he tenido en mi vida ahora está rota, pero el aprecio aún existe. Espero de verdad que esa relación se arregle algún día.

Oscar G. Pineda

Oscar es un mamífero bípedo, de la especie Homo sapiens. Disfruta observando extrañas y repetitivas manchas en pedazos de papel, y oyendo a personas de acento raro hablar de peces con patas saliendo del mar; usando palabras raras como ‘qualia’ o números con muchos, muchos ceros. Tuvo la loca idea de dedicar su vida a hacer lo que le gusta, así que ahora está estudiando filosofía en la universidad y ciencia en su tiempo libre. Así se siente a gusto, cuestionando todo; hasta lo que “no se debe cuestionar”. Ah, y odia escribir sobre él mismo en tercera persona.

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